jueves, 18 de enero de 2018

Dos viejos amigos viejos hacen camino al andar...


El delta del Llobregat o la naturaleza encajonada...
Coincidimos, Jose(lu) y yo, en las oposiciones a Secundaria en el 82 y acabamos compartiendo destino en Berga, donde nos conocimos y donde iniciamos una amistad que aún hoy dura. Él es un caminante nato, yo un corredor de fondo. Son dos especialidades muy distintas, y, tras nuestra excursión hoy de cuatro horas y media al fallecimiento y desaparición del Llobregat, más que a su desembocadura, porque propiamente no acaba de "entrar" el río en el mar, he podido comprobarlo al llegar a casa: ¡estoy muerto!, con tensiones en el sóleo de la columna derecha, y un dolor difuso en el talón de la izquierda, donde, en su tiempo, hubo un espolón del que me tuve que operar porque se había vuelto en exceso agresivo.  Repuesto con una ensalada y dos filetillos de gallo, bruixa en catalán, que ya son distancias léxicas, me he quedado dormido ante un horripilante film de Donen, Al diablo con el diablo, y heme aquí dispuesto a confesar una cierta decepción caminera por el resultado de la misma y un gozo enorme por haber podido compartir la caminata -viajata...acabo de leer en Galdós- con un viajero excepcional como Jose, quien con sus anécdotas de viaje y sus experiencias lectoras, Vida y destino, de Grossman, ha sido la última, ha conseguido no solo que la caminata haya sido amena y provechosa, sino que se haya hecho corta, a pesar de la distancia que hemos recorrido. Después de dejar atrás el campo del RCD Espanyol -edificio del que aún se oían los ecos festivos de la victoria ayer sobre el eterno rival, el FC Barcelona, hemos cruzado autopistas y la vía férrea para pasar a la orilla derecha del río, mirando hacia el mar, y adentrarnos en ese sorprendente espacio agrícola donde se cultivan las sabrosas alcachofas del Prat, que no sé si son denominación de origen, pero deberían serlo, si no lo son ya. Por una senda bien marcada, hemos ido dejando atrás la zona industrial de Cornellà y, aunque aún hemos tenido que pasar por debajo de dos autovías enormes, la última la de Castelldefels, que es la salida natural de la ciudad hacia las terminales 1 y 2 del aeropuerto de El Prat, la sensación de estar integrados en un ecosistema agrario que nada tenía que ver con la gran metrópolis no nos ha abandonado nunca. El día ha sido luminoso, pero frío. La buena marcha que llevábamos nos ha guarecido perfectamente de cualquier atisbo de pasar frío. El río, después de sortear un terreno lleno de islotes poblados de cañaverales, se ha como concentrado en sí mismo, en su destino de río, pronto a fenecer en el mar y ha adquirido una fisonomía de río mediano, que es a lo que el aprovechamiento de su caudal lo reduce. A medida que nos acercábamos al mar, han ido desapareciendo las pocas fábricas que aún jalonan su lecho, prestas a competir con el agro para el aprovechamiento de sus aguas. Muy cerca ya de la desembocadura, el vuelo algo más que rasante de los aviones que aterrizaban centenares de metros más allá, como si lo fueran a hacer en los campos de lechugas y alcachofas, imponía su presencia sonora y visual, siempre capaz de impresionar a quienes tan de cerca los ven como nosotros los hemos visto. Diríase que alargando el brazo pudiéramos sentir el roce frío de su duro y brillante buche metálico... Nos hemos asomado a un mirador, antes de llegar a la playa, y hemos visto unos caballos en la orilla, lo que me ha traído a la memoria la excursión por Doñana que hicimos el verano pasado, y que el pobre Jose ha tenido que soportar con su probado estoicismo, aunque he tratado de ser tan lacónico como la frecuentación de Gorjeolandia me ha permitido. Habría aves, sin duda, pero no llevábamos prismáticos y hemos decidido seguir nuestro camino. Al poco hemos llegado al mirador elevado que se abre a lo que propiamente yo esperaba como desembocadura "solemne" del Lobregat: ese momento en que las aguas diversas se reúnen en un abrazo de líquida solidaridad, pero no ha habido tal: una playa virgen, eso sí, donde está prohibido el paso a las personas, bajo multa de 100€, pero ni rastro del torrente (mi imaginación añadía "impetuoso") que imaginaba reuniéndose con el mar. Mi imaginación -¡qué mala compañera para según qué viajatas, y aun hasta viajes!- volaba constantemente a ese dato espectacular de la desembocadura del Amazonas: el río se adentra, allí, con su caudal dulce, durante casi 100 km en el mar...
He tenido que torcerle el cuello al recuerdo y traer en su lugar el de la desembocadura del Besós, a la que llegamos corriendo Josep y yo, desde Santa Coloma por la urbanizada orilla izquierda del río. Y allá se iban una y la presente, desde luego..., en cuanto a desdoro mortuorio. Después nos hemos acercado a las ruinas del edificio de carabineros, una suerte de vigilancia costera creada en el XIX, para múltiples usos, y, finalmente, al mirador del Semáfor, también en ruinas, como nos gusta a quienes, como Jose y yo, vemos en ellas, herencia del Romanticismo, mucho más de lo que veríamos si estuvieran en activo.
El recorrido, insisto, por campos donde algunas masías daban a entender que nos hallábamos en un paisaje interior de la Cataluña agrícola, ha sido placentero y relajante para unos urbanitas confesos.
Entre películas y novelas, entre anécdotas íntimas, confidencias propias de la amistad profunda, y recuerdos profesionales, hemos desandado el camino no sin antes hacer la parada obligatoria para un tentempié, el suyo sólido, el mío líquido, que nos ha permitido llegar, cansados pero enteros, al origen de nuestra modestísima aventura. Ha sido curioso y atractivo, entre esas agresivas heridas que las autovías infligen al territorio, ir descubriendo paisajes, tan de mañana casi en soledad, porque han sido pocos los excursionistas con quienes nos hemos cruzado, y descubrir, hacia el final, por ejemplo, un pastor con su rebaño de ovejas, como si  siguiera una antigua vía pecuaria..., ajeno al entorno hostil del incesante tráfico rodado, las chimeneas infatigables de las fábricas y el estrés de la vida urbana en general, del que huíamos quienes, corriendo, en bicicleta o andando, disfrutábamos de una luz espléndida, un sol tibio y un cierto gris que corría...

Y, de vuelta, siempre, a lo lejos, Montserrat, envuelta en niebla y ficción....

4 comentarios:

  1. Algo me olía cuando me he adentrado en tu blog, y el instinto no me ha engañado. Habías hecho la crónica de un recorrido y desenlace -el del río Llobregat- que es más misterioso que otra cosa. Lástima no haber localizado la zona de marismas que yo recordaba de otras incursiones y que era el objetivo de este recorrido. No sé qué desajuste o decalaje hay entre mis recuerdos y la realidad para que no se haya revelado la zona de aiguamolls llenos de aves.

    Por lo demás, una jornada de amistad compartida que he recogido en mis notas de diario en el dominio íntimo. Tu crónica es viva y luminosa como la mañana, me ha hecho revivir el recorrido entre urbano y agrícola del mismo. Las palabras, bien utilizadas, son como los pinceles -o aun mejor que ellos- para dar cuenta de las sensaciones vividas en grata compañía vertebrada de conversaciones sobre cine y literatura, como no podía ser menos, en que hemos dialogado gozosamente como viejos compañeros de viaje. Gracias por esta mañana, amigo.

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    1. Las gracias debo dártelas yo a ti, Jose, que has tenido la amabilidad de convertirte en mi Virgilio particular. Tan satisfecho he quedado de la experiencia, que ya ando dándole vueltas a esa travesía por el Garraf que intuyo entre mística y caprina...

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    2. El Garraf es para mí Territori Metafísic, como tuve una ocasión de escribir en un cartel viario. Si quisieras hacer la excursión a Sitges, dímelo, para mí sería un placer enorme compartirla contigo. Son una diez u once horas, pero son muy variadas e interesantes. Creo que te serían altamente significativas.

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    3. ¡10 u 11 horas! Para eso sí que cuadra un ¡Dios me valga!, y más en territorio metafísico... A ver si mejora la rodilla lo suficiente para esa heroicidad...divina.

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