jueves, 29 de junio de 2017

De "Tanguy" a Platón...



O la independencia no entra en mis planes..., de momento.

Es experiencia ajena y la vivo como propia por excusadas razones. Una pareja amiga vio con su hijo una película francesa que debería tener más seguidores de los que tengo entendido que tiene, a juzgar, al menos, por el pobre eco que tuvo entre los críticos populares de FilmAffinity: Tanguy, de Étienne Chatiliez, el reconocido autor de La vida es un largo río tranquilo. La historia es sencilla y los frecuentadores de esta Provincia mayores de 50 años pueden entenderla a las mil maravillas: una pareja se harta de las excusas de su hijo para no independizarse, y, habiendo llegado al convencimiento de que se merecen una vida de intimidad sin la presencia intrusa de su propio hijo, que ronda la treintena, se conjuran para hacerle la vida imposible con la loable intención de animarlo a independizarse de ellos. Tiempo después, la vimos mi Conjunta y yo con nuestro primogénito y mientras ella y yo nos escacharramos de la risa, a él maldita la gracia que le hizo. El caso es que la situación se va complicando por momentos e incluso llegan padres e hijo a un pleito judicial por iniciativa del hijo, que les acusa de querer dejarlo literalmente "en la calle", y con lo puesto. La película no es una comedia redonda, está claro, pero la situación me parece no solo excelente, y propicia a los magníficos gags que tiene, sino, sobre todo, actual y casi de película de denuncia social: la inmensa comodidad con que afrontan ciertos hijos el momento de independizarse de sus padres y el resto de la familia. En Usamérica ese momento está claramente delimitado por la graduación en la universidad. Volver a casa después de graduarse, en vez de instalarse por cuenta propia, se considera un fracaso existencial de primera magnitud. Nada que ver con lo que ocurre en este país, en el que la independencia de los hijos no llega, por norma general, hasta los treinta e incluso más allá de ellos. Es perfectamente comprensible que, en muchos casos, fuera de casa, el nivel económico de los hijos puede caer a niveles que linden casi con la pobreza, pues los sueldos de prácticas o de empleos submileuristas no son, por supuesto, una perspectiva halagüeña: en muchos casos, esos sueldos se convierten en un pretexto para tener dos: el que se cobra, y el que se deja de pagar por los gastos a los que no se contribuye en la casa familiar. Y aquí es donde leyendo Las leyes, de Platón, mi buen amigo Juan Poz descubrió un texto platónico que viene que ni pintado para este asunto y acredita, además, las lejanas raíces históricas del mismo: El recién casado debe considerar una de las casas de su patrimonio como el lugar en que nacerán y se desarrollarán sus hijos, y debe separarse de su padre y de su madre para celebrar allí sus nupcias, constituir allí su vivienda y alimentarse allí él mismo y su prole. Pues cuando, en efecto, a los afectos se une algo de nostalgia, esta aglutina y liga todos los sentimientos, mientras que una convivencia fastidiosa y desprovista de esta nostalgia que nace con el tiempo separa los corazones debido al exceso de la saciedad. Esta es la razón por la que hay que dejar su casa a los propios padres de su mujer, y de la misma manera que si uno se hubiera marchado a colonias debe vivir visitándoles y recibiendo sus visitas, ocupado en la procreación y educación de los hijos, transmitiendo de una generación a otra la llama de la vida, sin dejar de servir a los dioses de conformidad con la ley. Se advierte, pues, que no es de hoy este "problema" que resolvió el refranero con su habitual laconismo: el casado casa quiere, sino de siempre. Es inútil que los padres se empeñen en recordarles a sus vástagos que ellos se abrieron (léase en jerga cheli) hacia la vida como la Ferrusola... dixit sed non fecit -en latín macarrónico sin "misales"-: "con una mano delante y otra detrás", en un piso de 43 metros cuadrados, con un sueldo corsé, de pura estrechez, sin coche, cultivando los reestrenos en las salas de doble sesión..., y con una televisión de tercera mano en blanco y negro... No están los tiempos, parece, para heroicidades que no sean la indignación y el antiestablishment a ultranza, sobre todo si la política se hace desde el salón comedor dd la casa donde a uno le ponen la sopa boba, con ínfulas de delicatessen, y disfruta de un apartamento con todas las comodidades, conexión por cable a la red incluida... Sí, aunque dicho hoy en una reunión de jóvenes causase un comprensible estupor e incluso un conato de incredulidad, hubo un tiempo en que la máxima aspiración de los jóvenes era "irse de la casa familiar", ¡en las condiciones que fuera! -habitualmente eran de las que compungían y horrorizaban a aquellos padres de los que se huía, ¡y cuanto antes! La vida és rara i és absurd el món, canta Sisa en La verbena dels desamparats -de un disco que se títula Visca la llibertat!-, uno de cuyos versos bien puede considerarse, hoy, desde el punto de vista de esos hijos apalancados una prueba eximia del cantado absurdo: Ui que feliç que em sento aquí, tot sol...



El pacto.


Amanecer...

Decimos amanecer y, salvo que se sea animal de noche que llega a esas horas disociado por la estupefacción, nos perdemos en un vago referente del que perdemos memoria salvo, acaso, en las terribles noches incendiadas de verano, cuando el sudor, la incomodidad y el hastío nos empujan del lecho a la terraza e incluso a la propia calle, donde descubrimos, si el mal humor nos deja, lo que realmente significa amanecer, más allá de la literatura, el cine y algunas mitificadas experiencias de la adolescencia o la primera juventud. La lentísima graduación del negro al gris paloma contra la que se recortan las calles y los árboles, entre cuyas copas de hojas renovadas se instalan los destellos mortecinos de las amarillentas farolas, en modo alguno sugiere una lucha, porque todo transcurre como un pacto de no agresión: yo me retiro, tú te instalas. Como cada día. Hay una sutil armonía de colores a esas horas de semipenumbra: el rojo brillante de los frenos de los coches, la mole gris galena instalada en el punto de fuga de nuestra contemplación, los oscuros edificios que desperezan su negror de sueños colectivos, las líneas blancas del asfalto, el gris perla de las primeras palomas y algún destello blanco de las gaviotas afónicas que extienden su perímetro de caza a las calles de la ciudad. Desde el coche, entrar en Barcelona cuando amanece es hacerlo en una ciudad extrañamente silenciosa y ordenada. Pocos transeúntes, salvo los noctívagos, los nocherniegos, almas apegadas a embrujos de guardarropía. Aún las mangueras no trazan su arco gris de aljez sobre las aceras dormidas, pero el quiosco de prensa abre, sin embargo, su hueco de ventana impresa, abierta al mundo. Qué lenta transición del azul oscuro casi negro a los colores deslucidos del día nublado. Y sigo el vuelo amplísimo de una gaviota  y me asalta el recuerdo del azul de la piscina Picornell reflejado en su pecho poco antes de posarse en un borde del inmenso pilón para calmar la sed. Ni siquiera hay perros cuyos dueños dormidos se dejen llevar por la necesidad de los canes. Amanecer es una palabra hermosa. Y en su mejor momento, un claroscuro de medias tintas y una serenidad pactada. Es hora de excursionista que sueña con cimas elevadas y trochas endemoniadas. El amanecer es un ecosistema breve, forzosamente transitorio. Moverse por él es descubrir el juego sutil de las transiciones, una invitación a la tregua y al entendimiento, al abandono de la nitidez y el rigor. En el amanecer uno mismo va despertándose a sí propio con una suavidad a menudo olvidada, con un mimo merecido, con una esperanza convincente y un deseo sinuoso. No hay dos amaneceres iguales, ciertamente, de ahí el espíritu cinegético con que compiten con los amantes del crepúsculo. Ambos son breves lenguas, de media luz y de brasa herida, extendidas en el horizonte por  el que se pierde una mirada que vaga, atenta al contacto, que encuentra, que no busca. Sí, Amanecer es una palabra confusa, dubitativa, y a veces nos sorprende que su referente sea como es, como somos: una sinfonía muda de grises.

lunes, 19 de junio de 2017

¿"Nuevo" PSOE o "de nuevo" el PSOE?


Aún se esgrimen los bates, con nombramientos y votos, tras el debate y el Congreso. Una crisis cerrada en falso o ¡cuánto bueno que me equivocara de medio a medio!

Tengo, como saben los frecuentadores de esta Provincia, raras costumbres, desde seguir -completos- debates de investiduras, mociones de censura, discursos de clausura de congresos o lectura de propuestas políticas farragosas como la declaración de Granada, de todo lo cual voy dando liviana cuenta en este territorio más quevediano que ambicioso. Y no es cosa de hombre ocioso y despreocupado, sino tradición que se remonta a los primerísimos años de nuestra democracia, como aquella mágica moción de censura de González, por ejemplo. Téngase en cuenta que los debates políticos de campaña son cosa de hace muy poco y que, en consecuencia, quien quería saber de la acción política de los diferentes partidos con representación parlamentaria tenía que oírlos in situ, y ninguna ocasión mejor que esas investiduras o ciertos plenos que se anunciaban casi como el día D y la hora H, una engañifa política que aún sigue vigente, aunque no creo que tenga tanta capacidad, actualmente, para engañar a los votantes. En política, si algo se aprende pronto, ello es que nunca hay ni día D ni hora H, del mismo modo que en las elecciones, casi hasta la dimisión de Almunia, nunca hubo vencidos. Tras el texto dedicado al debate, me he tomado la molestia, relativa, de ver y oír el discurso de asunción de responsabilidades de Pedro Sánchez al frente, en su segunda etapa, del PSOE, aunque él se presente poco menos que llovido del cielo y sin pasado a sus espaldas, acaso porque dos elecciones perdidas, y consecutivas, no son bagaje de buen agüero, pudiéramos decir..., retorciendo el dicho popular. Lo que más me inquietaba de la figura política de Sánchez sigue haciéndolo: la inconsistencia de un mensaje modernizador que tiene en los tópicos y en las generalidades su asiento. Aunque a él le parezca mentira, ha hecho un discurso del que un 50% lo firmarían no pocos en el PP y, por supuesto, todos en Ciudadanos, algo que hicieron con anterioridad en el intento de gobierno de coalición frustrado por la pinza de Podemos y el PP, porque es evidente,¡apodíctico!, que Podemos es hijo del PP y de sus esfuerzos por ningunear al PSOE para evitar que la descolocada izquierda descolorida de la rosa llegara al poder: mucho mejor, ¡dónde va a parar!, tener enfrente una pseudoizquierda maximalista y utópica -pero de la utopía barata de la corrección política-. Y eso es lo que hemos visto recientemente en la moción conjunta de censura entre ambos, aunque tengo para mí que tanto compadreo les ha acabado pasando factura a ambos, sobre todo porque el discurso de Ábalos, con hechuras de socialista "a la antigua", muy "de casa del pueblo", supo marcar el territorio entre ambos y reivindicarlo, un poco al estilo de Jorge Lorenzo clavando su bandera en los circuitos cuando gana. Recordemos el resultado del debate: Irene María, dantesca; Pablo Manuel pedantesco, y Rajoy más farfullador que nunca. El discurso de clausura del Congreso del PSOE ha sido una suerte de ensayo de mitin electoral en el que ha habido más flojedades que fortalezas, salvo el eslogan al que auguro tiempos mejores: La izquierda de gobierno, frente a la utópica de los círculos. No sé si Sánchez, que anda algo sobrado, se lo había preparado lo suficiente, pero ciertas indecisiones, ciertas torpezas elocutivas, un "digresiones", un "no resulta de ser curioso" y algunos patadones dialécticos más no le han permitido cuajar una buena actuación. Ha sobreactuado en la pintura fraguiana de la situación aunque no garbancee, y se ha despachado con una ristra de tópicos de adoquines del infierno que ha encadenado sin rubor y sin vergüenza por caer en ellos. Me ha parecido que había una contradicción que puede acabar convirtiéndose en un cul-de-sac: la insistencia en "girar a la izquierda" y la revindicación de la socialdemocracia. En Francia esa socialdemocracia ha sido barrida, y la ola centrista se ha llevado también por delante a los insumisos de Mélenchon. Ha insistido Pedro Sánchez en reivindicar el PSOE "de siempre" y, al mismo tiempo en presentarse como el portador de la semilla del "cambio", que no se sabe, haciendo un facilón juego de palabras, si será un auténtico cambiazo, como le reprochan ya quienes, desde los compañeros de viaje de Podemos, señalan sus incoherencias ideológicas, como la defensa de los artículos 1 y 2 de la Constitución frente a la eclosión utopista de soberanías múltiples y nacionales, y, sobre todo, el rechazo a ir de la mano -¡menos mal!. de a quienes tan progresistas les parecen a los de Podemos: Derecha Republicana de Cataluña y los proetarras de Bildu. La moción de censura, que estaba pensada como arma arrojadiza contra Susana Díaz para desalojarla del espacio de "izquierda" -o lo que los de Podemos entienden por tal- se ha acabado convirtiendo en una declaración de guerra a Ciudadanos para evitar, desde ese día en adelante, que les pueden volver a poner en el compromiso de tener que defender el gobierno de Rajoy frente al de Sánchez con Rivera. La ingenuidad más llamativa de Sánchez es creer que aún puede volver a reeditar los acuerdos con Ciudadanos y que Podemos se pueda sumar  a ellos. Ha hecho bien en pretender "recuperar" los socialistas que le birló el izquierdismo de salón de Podemos, pero eso es incompatible, al menos a mi torpe entender, con ocupar el centro que Ciudadanos esta cultivando -y ahora con el referente de Macron. con cierta habilidad. Es cierto que Rivera ha escorado su partido hacia el centro-derecha, y lo que no se sabe es si aún existe ese centro-izquierda al que apela Sánchez con una etiqueta, socialdemocracia, que parece hacer aguas en Europa. Lo de Corbyn ha sido una carambola que no responde a los esquemas del continente y sí mucho al desencanto del Brexit.  La permanente "demonización" del PP, en vez de una inteligente apelación a que tomen las riendas del partido gentes que se planten inequívocamente contra la corrupción y quieran regenerar un partido que, guste o no, sigue siendo el más votado en el hemiciclo, no parece el mejor camino para un objetivo, reformar la Constitución, para el que la colaboración y el entendimiento con el PP no solo es obligado, sino necesario. ¿Con quién cree Sánchez que va a contar para ese cambio constitucional? ¿O le ha subido la fiebre y cree que van a "barrer" al PP del Congreso y que tendrán la mayoría suficiente para hacerlo? Las "recetas" de Sánchez para sacar a los españoles de la crisis y a España de la amenaza de quiebra, a poco que los tenedores de deuda decidan no renovar la confianza en nuestro país, son, en términos generales, de una superficialidad exaltada que asusta. He tenido la sensación que ya tuve durante la larga campaña de primarias: allá donde iba prometía algo cuyo cumplimiento no dependía enteramente de su acción política, en un ejercicio de chovinismo visitante vergonzoso. ¿No lo es, vergonzoso, que hable de crear más y mejor empleo, como si, de la noche a la mañana, nos fuera a plantar en los presupuestos el plan quinquenal correspondiente, que prometa a los "exiliados económicos" que "se los va a traer de nuevo a casa" con todos los honores, esto es, con trabajos de jauja, y otras promesas por el estilo, incluida la supervivencia de la minería del carbón, por ejemplo...?  Finalmente, lo del "problema territorial", que solo es tal en quienes se empeñan en considerar los nacionalismos como la expresión inequívoca de mayorías populares que no existen más que en la propaganda y en la imaginación calenturienta de quienes independizarse mediante un golpe de estado, lo ha tratado con esa superficialidad con que ha construido todo su discurso, tan viejo, en todo caso, como los propios de González, pero sin aquella vieja convicción de quienes querían "modernizar" un país que aún estaba más cerca del XIX que del XX, cuando acabó imponiéndose la transición a la democracia. La plurinacionalidad es una suerte de brindis al sol cuando hay fuerzas, como el nacionalismo catalán identitario, retrógrado y secesionista, que aspira a dar un golpe de estado para quebrar la unidad de la nación recogida en la Constitución. Si la política que nos propone Sánchez es un juego de filigranas nominales en vez de la defensa de conceptos claros y compartidos por todos, le auguro que su entusiasmo acabará estrellándose contra la realidad implacable de las urnas. Y esta es la última reflexión que quisiera hacer.Tras haber perdido dos veces consecutivas contra el PP, intentar "desalojar" a Rajoy por la puerta de atrás de una coalición inverosímil, no solo no tiene sentido, sino que, ¡afortunadamente!, los "actores" ya han dicho con rotundidad que no están dispuestos a prestarse a los intereses electorales de Sánchez. Asi pues, Sánchez se ha citado con las urnas para el más difícil todavía: ganar al PP en ellas, ser el partido más votado de España. Todo lo que no sea eso, mucho me temo que tendría que implicar la renuncia inmediata de Sánchez a la dirección del partido y la convocatoria de un Congreso extraordinario para elegir un nuevo Secretario General, una nueva ejecutiva y, sobre todo, un programa ajustado a los deseos y las necesidades de los españoles. Ya veremos en qué acaba todo. Digamos que este Congreso ha sido la primera vuelta de un proceso que aún no ha terminado. Por ahí cerca se perfila ya, según y cómo sea su oposición a la mayoría actual, unas elecciones anticipadas para las que de poco van a valer discursos tan inespecíficos, tópicos y superficiales, lindando en algunos momentos con la demagogia, como el que ha endilgado a sus seguidores en la clausura del Congreso, seguidores que se merecían un mayor esmero, más altura retórica y principios más sólidos que las arengas de conveniencia. 
Sigo atento el desarrollo de los acontecimientos.

jueves, 15 de junio de 2017

La cultura como hecho cotidiano. Presentación de "Regreso a Twin Peaks", de errata naturae.


Las series como fenómeno social y objeto de atención cutural: Enric Ros, Raquel Crisóstomo e  Iván Pintor teorizan en La central del Raval con lucidez y entusiasmo sobre Twin Peaks y David Lynch.

Ayer por la tarde, un hombre de barrio como yo, se desplazó no más de quinientos metros y asistió, en La central del Raval, a la presentación de un libro que no va a convertirse en best-seller, aunque lo merezca, y que convocó a un público heterogéneo pero muy interesado en el tema del mismo: el análisis de la nueva entrega de Twin Peaks que ha filmado David Lynch, así como de la trayectoria del director, de su mundo cinematográfico y, por supuesto, de las dos primeras temporadas de la serie que, en su momento, supuso un ante y un después para el mundo de las series, tan antiguo como la existencia de la propia televisión, por supuesto. En aquel tiempo yo la seguí, como todos los aficionados a la televisión de calidad, por supuesto, pero he de reconocer que la deriva paranormal y espiritista de la serie me defraudó no poco, no así, por supuesto, la puesta en escena ni la capacidad de crear imágenes de Lynch, un arte en el que solo es comparable a maestros como Fellini, por ejemplo. Lo primero que ha de decirse de la presentacion es que es un placer inigualable el hecho de oír a quienes saben de qué hablan y tienen no solo una capacidad analítica demostrada, sino un sentido del humor, una naturalidad en la expresión y una sensibilidad que conectaron enseguida con el auditorio, o al menos así me lo pareció a mí. La editorial tiene un fondo magnífico y, repasándolo, compraría no menos de 20 libros para cuya lectura no sé si dispongo de suficiente tiempo, teniendo en cuenta los compromisos previos. Que tengan una colección dedicada al mundo de las series no es tanto una extravagancia cuanto lo contrario: una señal inequívoca de buen olfato editorial, porque pocas personas pueden presumir hoy de no haberse enganchado a alguna de las magníficas series que se están produciendo.  Mi estrategia particular al respecto es antifriky, porque hasta que no acaba una temporada y puedo verla "seguida" no me meto en ellas. Mad Men, cuyo libro es el que yo aproveché para comprar,  me ha hecho esperar no poco a que salieran los vídeos de la última temporada, por ejemplo, con el consiguiente sufrimiento. Pero Dos metros bajo tierra o Breaking Bad, sin embargo, las vimos mi Conjunta y yo, a razón de tres y a veces cuatro capítulos de un tirón, día tras día. Por eso a Juan Poz se le ocurrió titular su crítica de Breaking BadUna película de 46 horas y 30 minutos o la atracción magnética de una obra de arte aristotélica. Los tres presentadores elucubraron un buen rato acerca de los valores de la obra de Lynch y, aun a riesgo de espoilear lo suyo, hicieron jugosas comparaciones entre el carácter hiperabstracto de la nueva Twin Peaks y el valor "local" de las primeras entregas. Fueron muchas y muy curiosas las noticias acerca de la obra y la persona de Lynch, sobre todo esa anécdota sobre la "fase preverbal" del director en su relacion con su primera esposa, con quien, al parecer, se comunicaba con gestos y sonidos inarticulados... Más allá de las anécdotas, a este espectador de la presentación le quedó el riguroso análisis del mundo de Lynch y la constante sensación de ser llevados por él al límite de la representación y de la deconstrucción de los códigos narrativos y fílmicos, una permanente transgresión vanguardista de todo sin tener un nexo directo con aquellas vanguardias, aunque compartiendo con ellas buena parte de su necesidad de evasión de lo que Ros etiquetó como la "lógica aristotélica". Me lo pasé muy bien, lo reconozco, pero ¿a quién no le ocurriría lo mismo si se hallara ante tres "fieras" de lo cinematográfico como ayer me hallé yo? A lo largo de este año he asistido a un curso de Historia del Cine, impartido por uno de los presentadores de ayer, Enric Ros, quien nos invitó a asistir a la presentación, lo que, ahora a posteriori, no puedo sino agradecerle mucho, porque, al margen de haber descubierto esta "biblioteca de las series", tan interesante, me permitió pasar una hora y media que contrató poderosamente con la alienación política que me ha supuesto seguir durante dos días interminables, castrianos, una moción de impostura que ha ido de la nada a la más alta cumbre de la miseria... En fin, pequeños actos como el de ayer marcan el pulso de la cultura viva de una sociedad, bastante más allá de sus estructuras políticas, que tienden a anquilosarlo todo con sus discursos demagógicos del odio, la revancha y la imposición. Aprendí mucho, disfruté más y ahora solo me queda leer el libro que me compré, claro, el de Mad Men.

lunes, 5 de junio de 2017

Artroscopia de rodilla para un menisco roto y un cartílago desmelenado…


La rutina hospitalaria de un enamorado de las intervenciones quirúrgicas o la factura de una vida maratoniana.
A cinco días vista de la operación de artroscopia de rodilla para sanear un menisco roto y un cartílago deshilachado, y sin ningún dolor que me quite las ganas de pasearme narrativamente por tal suceso, asomémonos a esos rituales tan comunes a todos los españoles que, un buen día, para nuestro alborozo, recibimos la noticia deseada, tras largos meses de espera: de aquí a tres días le operamos, el día antes le volvemos a llamar para darle instrucciones… Además de rasurar la rodilla desde un palmo por arriba hasta un palmo por debajo, de tomar las pastillas que conservaba desde el preoperatorio a punto de caducar y de enfatizar las rigurosas 6 horas de ayuno total, ¡ni agua, oiga!, me presento en el garaje, me estacionan en un box y dos gentiles enfermeras me “preparan” para bajar a quirófano, adonde llego para ser estacionado su buen rato en la unidad de reanimación antes de entrar en ese reducto subterráneo donde pronto caes en manos del anestesista que te hacer repetir la larga lista de incompatibilidades farmacéuticas que, al menos a mí, me caracterizan. “Sé lo que tengo que hacer”, enfatiza, con acento sudamericano. Y a mí me da poca confianza, claro, porque que te repitan una obviedad así cuando estás a punto de que te taladren la rodilla para ver qué hay ahí dentro y reparar lo que se pueda, te intranquiliza. En cualquier caso, me administra una intradural, ojo, no epidural. Y en menos de un cuarto de hora la sensación es la de estar atado, de cintura para abajo, a la izquierda, a un bloque de mármol de algunas toneladas. Me ponen una barrera entre el cirujano y mi campo visual, pero descubro a mi derecha, parcialmente, el monitor por el que se guía el cirujano para operar y bajo la barrera con la mano, ante el estupor de los presentes, quienes me lo recolocan para que pueda observar las maniobras del cirujano con el instrumental en el interior de la rodilla. Me extrae un trozo de menisco, limpia la cavidad y luego me muestra un cartílago deshilachado y en pésimas condiciones. Me lo “afeita”, dice que tiene poco grosor y firmeza y me anuncia que la única solución consiste en infiltrar ácido hialurónico y a ver cómo va y que, si no funciona, soy candidato a una prótesis. No son noticias agradables para quien, como yo, esperaba salir de la operación con alas mercuriales en los pies que me permitieran renovar mi vida maratoniana. Las imágenes no engañan, desde luego, y la genética menos: todos mis hermanos andan aquejados de artrosis por parte de madre. La pierna derecha se ha ido durmiendo poco a poco, pero no con la pesada intensidad de la izquierda, que sigue siendo ese bloque de mármol o esa maceta de hormigón armado en el que los mafiosos plantaban los cadáveres de sus ajustes de cuentas. Del quirófano me llevan a la sala de reanimación: una hilera de siete camillas con personas con distintos niveles de conciencia y, en general, con pinta de haber sufrido un buen “meneo” quirúrgico. Pido que me incorporen la espalda y domino totalmente la sala. El mármol sigue dormido, la derecha se despierta. Así sentado, casi desafiante, casi me da por imitar a Homer y largar un “¡Me aburro!” que, sin embargo, se me nota en la cara, al parecer, porque las enfermeras, muy amables, como todas las del hospital, insisten en que aún no es tiempo de subir a boxes para acabar de despertarme y marcharme a casa. En un acto heroico muevo el mármol hacia dentro casi dos centímetros. Intento el desplazamiento contrario hacia fuera y la inmovilidad silenciosa del esfuerzo inútil me asusta: me digo que estoy experimentando por primera vez en mi vida lo que es la amputación, del mismo modo que el recuerdo de mi primera anestesia general lo tengo asociado a la muerte súbita. ¡No hay como animarse en situaciones así…! Finalmente, me llega la absolución: me transfieren al piso primero a los boxes donde me recibieron para acabar de despertarme e iniciar la maniobra de salida definitiva. Entré a las 15’30 y voy a salir, si todo va bien, a las 20’30… No, no se me ha pasado “volando”, pero el despertar de la mole en modo alguno ha sido traumático ni doloroso, que es lo que más me sorprende. Me piden una exhibición de movimiento para asegurarse de que “controlo” las extremidades inferiores y no voy a acabar dando un traspiés y con los morros en el suelo. Por suerte, reparo en que, con el desentumecimiento, el vendaje compresivo que me han puesto me va a provocar, como ya lo hizo el del talón en la operación del espolón, una alergia de contacto que me va a llevar a la desesperación y a cortar por lo sabe, rompiéndolo con la tijera y poniéndome la crema Lexxema que me alivia las crisis alérgicas. La enfermera advierte mi determinación, se asusta, consulta con el equipo que me ha operado y, acompañada de una ayudanta, me cambian el vendaje por otro de algodón puro, menos compresivo, pero igualmente aparatoso. Ya veremos, me digo, aunque ha resultado mano de santo el cambio, pues cuatro días después de la intervención, aún no me ha dado ningún ataque alérgico que me desespere, aunque aún me quedan siete días por delante hasta volver a ver al cirujano para que me infiltre el ácido hialurónico, una dosis, he comprobado en internet, que se va los escocedores 300€ que voy a tener que “reunir” con motivo de mi próximo aniversario. Cojo un taxi, me planto en casa, y nada más entrar por el portal con las muletas un vecino nos dice que el ascensor está estropeado. O sea, que, con las mejores trazas alpinistas de Kilian Jornet, en modo cámara lenta, inicio la ascensión al cadalso, porque, para mi mal, no logro conciliar el sueño, no sé hacerlo boca arriba. Me levanto y comienzo ya el compromiso que había adquirido: durante este mes de inmovilidad, más o menos, me leeré, en su integridad, los Episodios nacionales de Galdós. Volver a Galdós, por quien siento devoción, ha sido la mejor decisión que podía haber tomado. Desde el primer volumen vuelvo a sentir la misma cordialidad narrativa que cuando me engolfé en las novelas contemporáneas y, con especial emoción, en Fortunata y Jacinta, El amigo Manso, La desheredada, La de Bringas, Nazarín, Miau y tantas y tantas como me han alegrado la vida lectora. Consciente de que quiero hacer una “buena recuperación” leo hasta diez horas diarias y me muevo lo justo, y con las muletas. Me echan la bronca constantemente, a la que recupero, siquiera sea brevemente, la vertical, y tratan de impedirme que colabore, a mi manera, en ciertas faenas domésticas. El hecho de no sentir ningún dolor y de que a los cinco días pueda ir doblando levemente la rodilla me anima a ciertas veleidades, pero dentro de lo razonable. Todas las horas de lectura son buenas, pero las de 6 a 8 por la mañana, con ese suave fresquito de amanecida, en una galería en la que me siento como el protagonista de La ventana indiscreta, no tienen parangón… Aficionado al Real Madrid, he de decir que el gol del desempate provisional, el de Casemiro, me llevó a encoger la pierna operada para dar el bote pertinente -ignorando cómo sin el auxilio de las muletas…- y ahí sí que el dolor se me agarró como solo esos dolores postquirúrgicos saben hacerlo, pero, ¡por suerte!, no llegué -¡no pude!- a encoger completamente la pierna y continué sentado, aplaudiendo, eso sí, el alivio de ponerse por delante el equipo y garantizar la eventual prórroga que, al final, no fue necesaria. En fin, aún me quedan días de inmovilidad, pero ya voy pudiendo entrar en el ordenador para, como ahora, dejar constancia de esta diminuta aventura quirúrgica a la que seguirá un tratamiento posterior en el que no me queda más remedio que confiar: el asfalto me espera…