viernes, 26 de mayo de 2017

“Las personas del verbo. Contra Jaime Gil de Biedma”, de Joan Ollé.



Entre la devoción, la mitomanía y el cabaret poético: Gil de Biedma se parte por tres -yo, tú, él-, en un desnudo integral coreografiado por Joan Ollé.


Después de pasar, sin éxito, por Amposta para despedirnos de Tortosa con un arroz como la zona manda, y encontrárnosla en animado y masificado siglo XIX, seguimos camino para evitar colas en la autopista y llegar a tiempo para el espectáculo de Joan Ollé sobre la vida y la obra de Jaime Gil de Biedma, una suerte de homenaje en el que se quiere pasar revista a la obra humana y literaria del poeta desde sus propios poemas, sus declaraciones y sus Diarios, el último de los cuales se ha publicado recientemente. El “montaje” o la “propuesta escénica” -conceptos que sustituyen el anticuado de “obra teatral”, un género al que, desde el propio mundo teatral, parecen empeñarse en sentenciar a muerte- es simple y no tan efectiva como hubiera sido mejor para el espectáculo, aunque tiene una estructura que será del agrado de cuanto profesorado de literatura vaya a verla, porque se ajusta, como un guante, a esos espectáculos de consumo estudiantil sobre lecturas obligatorias para el bachillerato que han llegado a crear incluso un circuito teatral propio. Este espectáculo, desde esa perspectiva, sería todo un lujo. Hay una suerte de estética cutre, de pobreza de golfería, que, casando bien con algunas facetas humanas del biografiado, no cubren la total complejidad de su persona. Los textos están bien seleccionados, pero la innovación: tres actores encarnando al mismo personaje, sin que ninguno de ellos se adjudique, en principio, a una etapa biográfica, a pesar de las dispares edades de los tres, funciona en ciertos momentos y en otros se revela un obstáculo para el objetivo perseguido: que el público empatice con el poeta y comparta con él su aventura biográfica. Ahí las diferencias de nivel entre unos y otros intérpretes crean cierta disonancia, cierta falta de homogeneidad que afecta a la creación del clímax que se pretende. La exigencia de la impostación elocutiva le quita intimidad a la representación, sobre todo en el impetuoso, aunque escrupuloso Iván Benet; y solo en la voz de Mario Gas se recupera, para desgracia el público mayor que sordea, el tono de confidencia íntima que debería de haber sido la norma en toda la representación. El uso de la filmación, la grabación de voz y el añadido de dos canciones, una de Paco Ibáñez, bien adaptada a su voz por Judit Farrés, aunque se echaba de menos la poderosa voz grave del vasco, sobre un texto de José Agustín Goytisolo, al que le dedicó un álbum realmente imprescindible, y otra de Joan Manuel Serrat, contribuyeron, en algunos momentos, a convertir la escena en una suerte de “cabaret poético” por el que, sin embargo, no se insistió lo que acaso se debería de haber insistido, porque manifestaron no poca gracia los intérpretes en esos momentos y mostraban un lado frívolo del poeta que también existió.  Cada cual, supongo, si lector del poeta, esperaría los poemas que lleva grabados en la memoria. Pensé, durante la representación, que el De vita beata sería el broche de oro de la representación pero  no fue así, y se escogió un apagamiento naturalista en un entorno hospitalario que, francamente, constituyó un anticlímax excesivo. Nada nuevo se aportó, sobre la vida o la obra del autor; ningún poema poco conocido se destacó como olvidada pieza significativa; y se magnificó, a mi entender, la posición política del poeta y su significación ante la represión franquista con un tono excesivamente triunfalista. En conjunto, y a pesar de un movimiento en escena que no siempre respondía a una concepción dramático clara, sino a la necesidad de “mover” a los intérpretes para huir del estatismo parlante, la obra consigue cierta agilidad cinematográfica que permite pasar de unos textos a otros, de unas etapas vitales a otras, con cierto ritmo, sin demorarse ni apresurarse en exceso. Leyendo la nómina del equipo técnico, me ha llamado la atención la presencia en él de un “asesor de dicción en lengua castellana”, tarea para la que, naturalmente…, se ha escogido a un licenciado en Filología Catalana , profesor en la URV. Choca, ¿o no? En fin, supongo que el asesoramiento de un castellanoparlante de soca-rel acaso se hubiera visto como una “intromisión” imperdonable… En todo caso, los tres intérpretes en ningún momento desmerecen fonéticamente del castellano un si es no es aguardentoso de Jaime Gil de Biedma, aunque la impetuosa claridad elocutiva de Ivan Benet marcaba una distancia excesiva con el recuerdo que guardamos del poeta, de su voz y de su recitación. Había algo en la representación de propuesta televisiva, porque en todo momento tuve la impresión de estar viendo una entrega de aquella magnífica L’illa del tresor que Ollé hacía mano a mano con Joan Barril en una televisión catalana que no se si hoy estaría dispuesta a permitírselo.

jueves, 25 de mayo de 2017

Parar en Tortosa: un descubrimiento.


Una ciudad bimilenaria, ceñida al Ebro, o el multiculturalismo de antaño renovado hogaño sin el viejo esplendor.

Si la calle principal está dedicada a Cervantes, y ni se les ha pasado por la imaginación cambiarle el nombre, ello quiere decir que estamos en “territorio amigo”. El Parador, donde nos alojamos, es una antigua fortaleza árabe construida ya sobre una fortificación romana, el castillo de la Suda, que significa pozo. Llegamos tarde y comemos en el Parador, aunque escueza el precio. Yo me echo entre pecho y espalda un potaje de garbanzos, espinacas y bacalao que quita el aliento, y de segundo una lubina al horno, con patatas a la “panadera” que quitado ya el aliento, te hace el vacío…

Un paseo de contacto y nos sale al paso el Museo de Tortosa, instalado en el edificio modernista del antiguo matadero, lo que parece, a primera e intensa vista, increíble, a juzgar por la belleza civil y monumental del edificio, obra de Pau Monguió, como nos explicó el guía de la catedral en la mañana del sábado, un arquitecto que también lo fue de la casa Greco, modernista, situada frente a la Catedral.
Entramos en la oficina de turismo que está abierta y un guía al que cuesta entender lo suyo el cerrado acento tortosí, en parte por alguna pereza enunciativa y acaso también por cierta timidez de carácter, nos marca el único recorrido turístico posible en la ciudad. Seguimos caminando y llegamos a un parque donde se exponen los gigantes y cabezudos de cuya historia no nos enteraremos sino al día siguiente cuando el magnífico guía de la catedral nos cuente la leyenda de la cucafera en que se inspiraron, aunque una de las cabezudas parece haber inspirado el disparate de la Grossa, la lotería independentista catalana.
Atravesamos el parque González y nos acercamos a la orilla del río, junto al que pasear ensancha el espíritu. El antiguo puente del ferrocarril, lleno de rojo colorido, se recorta sobre el río manso, y poco acaudalado, y es, ahora, el inicio de una vía verde para caminantes y ciclistas, por la que al día siguiente nos proponemos pasear un rato. Llama la atención el hecho de que, al margen de la cubanyera gigante instalada en la rotonda de entrada a la ciudad, supongo que por el ayuntamiento, gobernado por la extinta CiU, bajo tolerancia de DRC y con un 40% de abstención, en el largo paseo por la ciudad no he contabilizado sino dos cubanyeres en los balcones, y una de ella bastante “xacrosa”, la verdad. De igual manera, es muy notable la presencia de inmigrantes en la ciudad, tanto árabes como subsaharianos, aunque estos en menor medida. La vocación agrícola de la comarca así debe de justificarlo, me imagino.  Lo curioso es, como pasa en otras ciudades, que la inmigración ocupa el centro de la ciudad donde tantos edificios en mal estado sobreviven a la piqueta que, en zonas aledañas al castillo entró, sin embargo, a saco. Por la noche, en el Parador, después de cenar un poco de fruta y una cuajada, leo en La Vanguardia -que compro de tanto en tanto y exclusivamente por el crucigrama de Fortuny, y por leer la “prensa del régimen”-, que el alcalde de Tortosa, ¡vaya por Maquiavelo, qué coincidencia!, ha mediado entre Gobierno, estibadores, pedecat y el sursum corda para que se aprobara el decreto-ley sobre la reforma del sector de la estiba, por imperativo legal de la UE, aunque en las bambalinas se sospecha un acuerdo para no acusar a CDC en el llamado “cas Palau”, algo así como volver a la vieja política del “peix al cove”. Postre, algo insípido, del día, es el deseo de mi Conjunta de echarle un vistazo en la televisión, como remate de la visita a la Cataluña profunda, que se revela bastante más cosmopolita y pluricultural que el monolitismo supremacista de los defensores de la Catalunya is different, a la película 8 apellidos catalanes, y, aunque engolfado yo en las Elegías de Propercio, y ella en pacífico sueño al cabo de nada, no deja de llenarme de vergüenza ajena un bodrio que hace “aigües” por los cuatro costados y gracia por ninguno.  Habíamos dejado pendiente la visita de la catedral y, camino de ella, reparamos en los Reales Colegios, nos acercamos y volvemos a encontrarnos con el amable guía de la Oficina de Turismo, quien, gentilmente, nos cobra un euro por entrar a visitar el patio del Real Colegio dedicado por los reyes a la integración de moriscos y judíos, un edificio construido por el mismo arquitecto del palacio de Carlos V de la Alhambra de Granada, Pedro Machuca -nos dijo el guía de Turismo, aunque no he encontrado ninguna referencia a ello en internet- y que constituye, con la universidad de los dominicos construida a su lado, el mejor conjunto renacentista de arquitectura civil en Cataluña. El patio, con representación en bajorrelieve de los reyes de la Corona de Aragón y con unos graciosos perfiles moriscos bajo ellos, bien merecía una visita que, por la hora de la mañana, hicimos solos.
Al lado de los Reales Colegios, en una iglesia, ya secularizada, hallamos uno de esos tesoros que no sé si se valora como se debe, me refiero al archivo municipal, un hermosísimo mueble en madera labrada y policromada que parece diseñado para una película sobre el Renacimiento dirigida por Visconti. Quienes hemos sido funcionarios de la Administración, concretamente de Hacienda, estamos en disposición de apreciar como nadie el valor de una obra de arte "funcional" como la que tenemos el privilegio de contemplar. Retiramos con cuidado unas sillas dispuestas para un acto que se celebrará en breve y luego las retornamos a su sitio, de tal modo que la fotografía haga justicia a la belleza de un archivo como no creo haber visto otro igual en mi vida y que, por sí mismo, ya justificaría la visita al recinto.
El guía nos dijo que a las 11 se realizaba una visita guiada a la Catedral y el barrio antiguo que merecía mucho la pena. Y no se equivocó. La hicimos en compañía de un grupo de Castellón curiosamente dividido: las mujeres se apuntaron a la visita guiada, los hombres, salvo dos, prefirieron sentarse en una terraza… Y empezamos una visita llena de explicaciones que el guía iba desgranando con afición y sutil sentido del humor, quizás animado por el hecho de que, al menos uno, mi menda escribenda, tomara notas casi compulsivamente de sus explicaciones prolijas. Muchas, e interesantes, fueron las revelaciones hechas a lo largo de una visita que recomiendo fervientemente a quienes quieran descubrir parte de la historia bimilenaria de Tortosa, antigüedad de la que se ufanaba orgulloso el guía, como si hubiera contribuido poderosamente a ella. Lo importante es que Tortosa fue una ciudad de frontera, un puerto fluvial importantísimo que generó enormes riquezas y que tenía uno de los obispados más deseados de España, que se extendía hasta Valencia. Ramón Berenguer IV la reconquistó a los árabes mediante la estrategia del asedio, que duró seis meses, hasta la capitulación de los moradores. Tengamos en cuenta que la plaza fuerte de Tortosa se distingue por ser la edificación defensiva con más quilómetros de muralla de España, doce, de los cuales aún se pueden visitar no pocos tramos en la parte de atrás del castillo y un tramo que se adentraba hacia el Ebro en los Jardines del Príncipe, que visitamos al día siguiente, el domingo. Mucho tuvieron que ver los judíos, como mediadores para lograr la capitulación de los árabes, pues se inclinaron hacia los cristianos, de lo que sacaron como botín la asignación de un barrio de la ciudad del que hoy no queda más rastro que la estrechez de algunas calles.
Las piedras, traídas de Flix, para la construcción de la catedral incluían también la muy enorme de seis toneladas sobre la que se esculpió la muy hermosa “clau de volta” que cerraba el crucero del altar mayor, una obra tan espectacular como debió de ser la colocación de la misma, tras lo cual ya se consagró al culto esa parte de la catedral. Lo más singular, sin embargo, de la catedral de Tortosa, majestuosa por dentro, es que haya permanecido inacabada, porque, por razones defensivas, los cañones situados por encima en el castillo, cualquier edificación de las torres hubiera sido un obstáculo para la línea de tiro. Así pues, a medias por la falta de fondos, a medias por las exigencias defensivas, la planta de la catedral no está rematada en su fachada por las dos torres diseñadas, con la estatua del Ángel Custodio entre ellas, auténtico patrón de la ciudad, del mismo modo que la Virgen de la Cinta es la patrona. En el interior de la catedral, en el que hay otra capilla que parece otra catedral a escala, nuestras compañeras de visita descubren, en una de las pinturas murales, a un conocido: el párroco de su iglesia que sirvió de modelo, un tan don Salvador, que ejerció, antes de venir a Tortosa, en Alquerías del Niño perdido, un pueblo segregado del de Villarreal tras una larga lucha judicial por su independencia, iniciada en 1929 y acabada en 1985. Todas fotografían al mossén con indudable alegría. La imagen de la titular de la Seo se fabricó en Barcelona, en plata y se duda de si se la representa embarazada o no. Se trata de una capilla que vimos casi de milagro, porque se esperaba a la Consejera portavoz del Gobierno de la Generalidad y a punto estuvimos de tener que dejarlo para otra ocasión, por esa primacía de los cargos políticos a quienes se les abren todas las puertas después de desalojar al “pueblo” de adonde ellos vayan… De salida, volvimos a pasar por la escalera principal de la fachada y, alzando la cabeza, ¡en mala hora!, tropezó la vista indiscreta con los refajos y adiposidades interiores de la mendaz Consejera demagógica, para horror contemplativo donde los haya. A punto estuve de recordarle, con horrísona voz destemplada, y maquillada, una cita de Unamuno, ni venceréis ni convenceréis, pero opté por el piadoso silencio, del que me arrepentí en cuanto, hecha la fotografía de rigor, el grupo del Régimen se adentró en la Catedral. Al fin y al cabo, manifesté el respeto por sus ideas que ellos no tienen a quienes discrepan de su delirio totalitario, aunque mi consuelo sea que, de persistir en él, lo purgarán donde otros delitos, de diferente naturaleza, se purgan: en la cárcel. Un paseo después de comer, el “menjar blanc”, una variante del arroz con leche, nos dejó buen sabor de boca, nos lleva a descubrir una excelente librería, la Viladrich e incluso a poder comprar la prensa del día que acompaño, esta vez, de un semanario de la tierra L’Ebre, porque siempre me gusta leer la prensa local de allá donde voy. Se trata, por lo general, de un periodismo “apegado al terreno” que no desperdicia el espacio para embutir noticias breves que lo convierten en lo más parecido a aquellos antiguos “Diarios de avisos” de los tiempos heroicos de la aparición de los primeros periódicos. Es tal la mezcla de noticias, que resulta difícil distinguir entre lo fundamental y lo anecdótico. Entre las disputas en torno al monumento franquista del río, cuya demolición o traslado evitó el pueblo en un referéndum, y el posible ascenso a “Primera” del equipo local, lo que en páginas interiores uno identifica con la antigua Cuarta División , hoy Primera Regional. Del paseo por la ciudad rescatamos algunos edificios notables y uno, de inspiración egipcia, que nos llama poderosamente la atención.
Se trata de la antigua Clínica Sabaté, obra del maestro de obras Josep Maria Vaquer y construida desde 1914 hasta 1916, aunque algunos la atribuyen a Francesc Escudé, quien no llegó a acabar la carrera de arquitecto. La mañana del domingo la dedicamos a darnos un paseo por los Jardines del Príncipe, así llamados por los que inauguró, su rehabilitación, el entonces príncipe Felipe, acompañado, como reza la placa, por un Molt Honorable Jordi Pujol cuyo título habría de sufrir una rectificación urgente, o sea, un reset que actualice la dimensión histórica del expresidente. Volvemos a encontrarnos en la recepción con el guía “único” y ubicuo, al parecer, de Turismo, con quien cruzamos una sonrisa casi ya de camaradería, aunque nos cobra los tres eurazos de rigor para una visita que propiamente no los vale, pero, bueno, tampoco alegamos la condición de jubilados para reducir el precio a dos, que conste. Los jardines pertenecían al antiguo balneario de Porcar, que tuvo teatro y casino en el siglo XIX y fue lugar de descanso de las élites de toda España. El lugar alberga un museo de esculturas al aire libre del autor abulense Santiago de Santiago sobre las que cualquier juicio estético levantaría polémica. Como son muchas, digamos el piadoso “hay de todo” y, como está dedicada, la exposición, a la aventura del ser humano, destaquemos la primera escultura que he visto de un parto, con motivo de la protesta del autor contra la bomba de Hiroshima.
Acabada la visita, volvimos, no deprisa y corriendo, pero sí con cierta celeridad, porque teníamos entradas para ir a ver el espectáculo de Joan Ollé sobre Jaime Gil de Biedma en el Teatre Lliure de Gràcia. Pero de esto hablaré otro día. Fuimos a Tortosa sin saber nada y volvimos habiendo pasado dos días excelentes en los que si algo destaca, con mucho, de todo lo demás, ello sería la excelente explicación histórica del guía de la catedral. Reiteramos nuestra complacencia y agradecimiento. La ciudad, con todo, ceñida al Ebro y tan reducida, no es extraño que genere una cierta asfixia, si se atiende a la perspectiva de vivir en ella permanentemente, dada, además, la relativamente pobre vida cultural e incluso, y en mi caso particular es algo decisivo, la ausencia de salas de cine. Sí es ciudad, sin embargo, donde pasar una breve temporada con un fin determinado, pongamos una investigación histórica, sociológica o artística, porque el ritmo slow motion de la vida ciudadana lo permite, y, ¡por supuesto, y muy recomendado!, un fin de semana en el que “descubrirla”. Su punto de romanticismo lo puso el escaso caudal del río y la suave ondulación de las algas como si fueran los cabellos de Ofelia:






martes, 16 de mayo de 2017

Un debate de bate y tente tieso...


Un  retrato cruel de la vulgaridad política o la falsación del axioma clásico: "es lo que hay".

Ayer seguí, cuaderno en mano, el debate de los tres aspirantes a ser aupados por los militantes al cargo de Secretario o Secretaria General del PsoE. Se ha de agradecer que la moderadora quedara eclipsada, a lo que contribuyó, además de su buen hacer profesional, que, a pesar de las pullas, los tres debatientes rehuyeran, salvo escasísimas excepciones, el cuerpo a cuerpo, conscientes de que la imagen de contienda callejera que podrían dar redundaría en el desprestigio del partido al que los tres quieren representar como máxima autoridad electa. Un debate es, en principio, una confrontación de ideas, de proyectos, de una visión de la realidad y de sus problemas y de las soluciones que se ofrecen para resolverlos. Nadie puede ignorar que un debate tiene varios contextos y que deriva en una u otra dirección en función de cuál de ellos privilegien los oradores. Sumemos a ello el carácter inequívoco de acto electoralista, que era la razón de ser de la celebración del mismo, y tendremos una visión de la complejidad  del acontecimiento que, sin embargo, ha defraudado las expectativas legítimas de quienes buscábamos en él una explicación razonada de por qué cada uno de los tres "merece" el voto de los militantes socialistas. No me perderé en la digresión de si han de ser solo los militantes quienes elijan al Secretario General, sin la posibilidad de que los "votantes" puedan, con ciertas condiciones, participar también, porque ese debate de si el Partido es de los militantes o de estos y los votantes ni siquiera se planteó ayer en el debate. Tampoco quiero hacer un resumen de las posiciones de los tres candidatos, que hoy están en la prensa o en la grabación del debate que seguro que se encuentra en internet. Lo que pretendo, como viejo seguidor de debates políticos de todo tipo -maratonianas sesiones parlamentarias incluidas-  desde que se instauró la democracia en España, es acercarme a una visión sin prejuicios de las tres intervenciones. Empezaré por decir que me sorprendió la tranquilidad elocutiva de Susana Díaz, cuya versión mitinera siempre me ha parecido degradante y muy lejos de la altura política que se ha de exigir a quien pretende convertirse nada menos que en la primera presidenta de Gobierno de España. Como suele decirse, ganó en la distancia corta, e incluso exhibió un capacidad de crítica despiadada que "tocó" al candidato Sánchez, quien adoptó una estrategia "a la defensiva" y victimista -esto último quizás se le ha contagiado de sus buenas relaciones con las fuerzas nacionalistas- más centrada en la reivindicación de su figura como Secretario General que en la comunicación de las razones por las que se le debería volver a elegir. Díaz llevó el enfrentamiento a un terreno personal que no estaba contraindicado en el debate, porque, como pudo advertirse, ideológicamente -si es que el concepto de idea cabe ser usado para caracterizar sus propuestas sin que se resiente la propiedad lingüistica  en este caso- estaban muy cerca los tres, tanto que son imperceptibles las diferencias de matiz que pudiera haber entre ellos; se trataba, en consecuencia, de marcar las diferencias "personales" a la hora de gestionar el partido. La única diferencia "real", evaluable objetivamente, que apareció en el debate fue la promesa solemne de Díaz de dimitir, si no superaba los resultados electorales de Sánchez, y marcharse a su casa. Ninguno de los otros dos la secundó, curiosamente. También hubo otra diferencia, esta de tipo organizativo, entre los tres candidatos, porque entre el concepto asambleario del PsoE que defendió Sánchez y el concepto tradicional representativo de Díaz, y también de López, hay algo más que un abismo, hay lo que señalaron Díaz y López: convertir el PsoE en un Podemos bis, algo, a todas luces, incongruente, y por ahí flaqueo mucho Sánchez. La otra gran pulla del debate, sobre la que se habla poco, nada en la SER, por ejemplo, y nada en la crónica del debate de Anabel Díaz, en El País, fue la arbitrariedad de Sánchez en la elaboración de las listas y en el abuso de autoridad que supuso la disolución de la ejecutiva de Tomás Gómez. Susana Díaz, con gran habilidad dialéctica, cifró en un nombre: Irene Lozano, antigua diputada de UPyD, quien se significó por haber despreciado pública y notoriamente al PsoE, y a quien Sánchez, obviando la labor de tantas y tantas mujeres socialistas con acreditada solvencia política, escogió para los primeros puestos de la lista de Madrid. El debate era un debate intrapartidario, y quienes viven la vida interna de los partidos saben, perfectamente,  el valor que tiene la denuncia que hizo Díaz de ese comportamiento frívolo de Sánchez en la elaboración de las listas, premiando la política de escaparate por encima de la lógica interna del partido.Por esa vía comenzó el declive político, por cierto de Felipe González, cuando "fichó" a un juez estrella, Garzón, cuyas ambiciones iban bastante más allá de para lo que González lo había fichado. Si añadimos el recuerdo grotesco de la urna tras la cortina para la votación del Comité Federal que acabó votando contra las tesis del Secretario General, lo que provocó su dimisión, el retrato que trazó Díaz de Sánchez por fuerza habrá hecho reflexionar a muchos de los votantes que no han avalado a nadie, que ascienden, al parecer, a 70.000. Sería gracioso que esa masa "indecisa" se decantara por el fiel de la balanza que acabó representando Patxi López, fiel al modelo de Javier Fernández, cuya franqueza y claridad de exposición imitó con notable provecho. López quiso representar al socialista "de toda la vida" -y en eso luchaba contra Díaz, y con alguna ventaja, porque Díaz recurrió al hilo histórico de los barones, mientras que López a los militantes de base de las casas del pueblo- con un espíritu confraternizador que, me imagino, habrá llegado nítidamente a sus destinatarios, porque también nos llegó a los espectadores sin derecho a voto, pero no imparciales. Me llamó la atención que de los tres candidatos el único que sacó información gráfica para corroborar sus posiciones fue Sánchez, mientras que los otros dos confiaron plenamente en el poder de sus razones dichas, sin apoyo visual de ningún tipo. Como las propuestas sociales eran todas de una vaguedad tan descorazonadora como descalificadora, enseguida se advirtió que todo el juego dialéctico se reduciría a una cuestión meritocrática. Y ahí es donde el debate se hundió estrepitosamente, porque la falta de pudor a la hora de destacar los méritos propios y de ningunear los ajenos provoca siempre en cualquier espectador la sensación de las luchas de corral, de vuelo tan corto. Sánchez cometió el error de "anexionarse" a López y dar por hecha una unión "natural" que enfrentaría al PsoE de izquierdas, ellos, con el PsoE de la derecha, ella. Fue un error de mucho bulto y es elocuente para afinar el juicio político que merece un candidato bien intencionado que se ha ido escorando hacia una posición esencialista que, como bien definió mi querido Juan Poz, "pretende convencer a sus votantes de que son la vida que no llevan". Si a eso le añadimos el sesgo victimista de quien no supo "leer" los resultados electorales de dos elecciones consecutivas y estaba dispuesto a que se celebraran las terceras, con la consiguiente pasokización del PsoE, lo que el comité Federal, con oportuno sentido de la realidad, impidió, la imagen resultante de Sánchez en el debate se completa, y no a su favor.  No sé si el alarmismo de López sobre la posible fractura del PsoE tiene suficiente base real para que los votantes del PsoE lo tengan en cuenta antes de emitir su voto, pero quedó claro, esa fue una de las grandes virtudes del debate, que este no giraba en torno a las dos opciones maniqueas de Sánchez: El PsoE de la abstención a Rajoy o el PsoE del "no es no" al mismo Rajoy -maniqueísmo que desmontó Díaz con su apelación a las contundentes derrotas contra el peor PP, lastrado por la corrupción-, sino a la supervivencia del antiguo PSOE, hoy en declive y en viaje a ninguna parte, si no son capaces de encontrar su lugar en estos tiempos políticos de la volatilidad, el capricho, la indignación y la incongruencia. Me extrañó que no hubiera ninguna referencia ni análisis a y de las recientes elecciones francesas, de las que tanto podemos aprender, y sobre las que las posiciones de los candidatos tanto nos hubieran ilustrado sobre su propio pensamiento. De hecho, la "fraternidad" que repitió Díaz hasta cuatro veces, fue lo único "francés" que apareció en el debate. La guinda del debate la puso López, quien, con esa campechanía de imitación "asturiana", detuvo el flujo del mismo con una pregunta incisiva sobre si Sánchez sabía lo que era una nación, y allí fue el buenote de Pedro a caerse con todo el equipo de su superficialidad, de su trivialidad y de su inconsistencia política. La trampa era evidente, y no supo esquivarla. Hoy es trending topic -se dice así, ¿no?- en Twitter y otras plataformas. Quiso desquitarse cuando reprochó a López que no hubiera dimitido como él, cuando la Gestora cambió el no por la abstencion, pero ni en esa oportunidad le salieron bien las cosas, porque López, perro viejo y bregado, le dio una lección de lo que es el comportamiento democrático que permite la existencia misma de los partidos, poniendo de relieve las veleidades egoístas de a quien se acusa de estar casado políticamente con el yo, mi, me, conmigo. Recordemos que la pulla contra la Susana Díaz preferida por la derecha, también se volvió en su contra, cuando esta le recordó que acaso el PP se sienta mucho más cómodo con quien pierde ante ellos elección tras elección. En fin, como se advierte, emplearon todos el bate en el guiñol del debate y, al final, quienes hemos salido perdiendo somos los votantes no militantes, a quienes muchas razones en el futuro se nos habrán de dar para poder volver a confiar en que el PSOE sea una alternativa real al gobierno del PP. De momento, y a pesar de que ninguno de los candidatos estuvo a la altura de lo que debe esperarse de un futuro,o futura, Secretario General del PsoE, me inclino a sugerir que el voto oculto de esos 70.000 militantes expectantes debería ir a Patxi López para que, como quería Platón en El político, tejiera una red de alianzas que permitiera recomponer el partido y, guiados por el principio de realidad, no pierdan de vista los problemas, algunos dramáticos, de sus conciudadanos. Ya veremos.

sábado, 13 de mayo de 2017

Sólfilos o Sólfobos...



El calor o la destrucción: Tiempo de encendido sufrimiento.


                   Las divisiones binarias atraviesan el espectro social como paralelos y meridianos que nos permiten ubicarnos en el mundo. Parece que poco seamos  si no dividimos por dos y nos alistamos en uno de los campos. A veces la propia sociedad lo propicia y no nos queda más remedio que encuadrarnos, aun a riesgo de perder mucho en la cuadratura: de Letras o de Ciencias; de mar o de montaña; del Madrid o del Barça; de derechas o de izquierdas (si a estas alturas de siglo acaso esta división, como muchas otras de las consignadas, sigue teniendo sentido); de ciudad o de campo; de armas o de Letras; de iglesia o del siglo; de bar o de casa; de música clásica o moderna; de novela o de poesía; de verano o de invierno (porque las transiciones de primavera y de otoño le sientan mal a todo el mundo, la primavera a los hipotensos y ambas a los alérgicos), y, la que tiene más sentido de todas: de calor o de frío, o, más al aire de los tiempos; sólfilos sólfobosYo odio el calor, vaya por delante. El frío, sin embargo, me parece la encarnación de la vida plena. No es de extrañar que agostar lo hayamos escogido para la ruina del cuerpo y que los meses del frío contemplen nuestra mayor cota de actividad febril y apasionada (¡febrerillo loco!). El frío nos estimula, nos impulsa, nos arrastra al hacer, al ir, al venir, al atrevimiento, en suma; el calor nos machaca, inmisericorde, como el hombre del mazo pericodelgado y nos deja lastrados de galvana y flaqueza, casi sin respiración e inundados de transpiración, aptos apenas para la raspa tendida o la inmersión en la bañera on the rocks.  Es conversación lacónica y jadeante del hora a hora del moroso pasar agobiante del calor: "In-so-por-ta-ble", nos cruzamos unos con otros, hartos de llevarlo encima; "in-su-fri-ble", constatamos con un hilo de voz sudada; "esto-no-hay-quien-lo-aguante", convenimos de consuno, sabedores de que no es un decir, sino un tenue grito de socorro hacia los fríos septentrionales, que se hacen de rogar.  Hay sólfilos, sin embargo, que se ríen inmisericordes de los sólfobos. Son secta. Se les identifica por la piel de color cuero viejo y arrugada. Aguantan la inclemencia del sol más que los lagartos en invierno y la reciben con el ignorante agradecimiento de quienes desprecian el cáncer futuro por el bronce del presente. Son seres que ríen, aunque se les llenen de sudor las encías, y se burlan de quienes huimos hacia las sombras, las sombrillas y los sombrajos. Son extraños vampiros de los rayos mordientes que parecen quejarse de que algunos sólfobos les robemos, aun sin querer, parte de ellos, simplemente por atrevernos a cruzar la calle, atravesar una plaza dura o, mal de males, esperar un autobús a techo descubierto... Sí, esta división entre sólfilos sólfobos la tengo por la única ajustada al plano de lo real: dos territorios, dos ideologías, dos actitudes vitales, dos lenguas distintas, dos orientaciones: fotofilia y fotofobia, cada una de ellas con sus artes y sus letras, con sus músicas y sus recogimientos, con sus enemistados caracteres y sus opuestas aspiraciones. Anticiclónicos y meridionales, los sólfilos; borrascosos y septentrionales, los sólfobos¡Y, desgraciadamente, no hay justo medio! ¡No tiene la Ilustración poder sobre el clima! ¡Ni la religión! 

miércoles, 10 de mayo de 2017

Aló 3


La voz de sus amos.

         Lo de las televisiones regionales ha sido uno de los grandes escándalos de la política de despilfarro y de nacionalismo de aldea que en algunas regiones aún se mantiene, a costa de políticas de empleo y de bienestar social. A eso se suma, en nuestros días, que desde que el PP ha laminado el loable esfuerzo de conseguir una RTVE pública independiente que levó a cabo el PSOE, y ha vuelto al viejo modelo de partido, que ya les llevó a la derrota, RTVE se ha convertido en una especie de macrotelevisión regional de partido de la que los oyentes y espectadores huyen a cada nueva entrega del Estudio general de medios, porque, aunque los toparcas taiferos crean lo contrario,  no somos tontos y sabemos cuándo hemos de emigrar de esos medios en busca de espacios de mayor libertad, sea en cadenas privadas, sea en medios digitales, sea renunciando a dejarse mediatizar por las informaciones sesgadas e interesadas. Al fin y al cabo, está perfectamente comprobado que el exceso de información no ha generado ciudadanos ni más libres ni mejor informados ni más independientes, sino todo lo contrario. Las televisiones regionales, como es el caso de Aló3 (antigua TV3), la televisión de partido del nacionalismo secesionista y gerracivilista catalán, son un escándalo de intervencionismo y sectarismo al que debería ponerse fin mediante una ley que prohibiera a las instituciones públicas tener medios de alienación  de masas. Para esta propuesta me baso en el modelo inglés de la BBC: quien quiere verla, ha de pagarla, subscribiéndose, lo cual permite una financiación adecuada, además de tener garantizada por ley la independencia total del poder político de turno o de tuno, porque muchos tunantes, como en Tele Madrid o en Aló3, son los que han querido tener un altavoz propagandístico gratuito, sufragado con el dinero de todos. Esta modesta propuesta aclararía no poco el espacio herziano y, sobre todo, le permitiría al contribuyente tener la certeza de que sus impuestos no estaban siendo usados para que ciertos partidos de espíritu totalitario quieran agredirlos, como pasa con Aló3, dedicada en cuerpo y alma a la causa secesionista y a la propagación de la Cataluña independentista contra otras visiones de Catalunya, como la que la considera como parte de España, menospreciándolas, estigmatizándolas y creando un ambiente enrarecido en el que esas otras legítimas opciones políticas se presentan, paranoicamente, como "el enemigo interior", con el consiguiente deterioro de la vida social. Hemos pasado del antiguo "oasis" al "cenagal". Desactivar la subvención política a las televisiones locales (y a los diarios y a las radios y a los grupos de presión ideológicamente afines, etc.) y dejar que la sociedad libremente ofrezca sus iniciativas a los ciudadanos, para que estos escojan -y contribuyan económicamente a su mantenimiento- me parece una necesidad imperiosa. Quien quiera imperios "a lo Berlusconi", que invierta su dinero, no el de los contribuyentes. Aló3 la definió Calviño en su momento, cuando era poco más que una entelequia, como una "televisión antropológica". ¡Menudo chaparrón de descalificaciones sufrió el inefable Calviño! Hoy, sin embargo, es comparable a cualquier televisión de un país dictatorial, pongamos por caso Venezuela o, exagerando, cierta e irónicamente, Corea del Norte. En cualquier caso, el discurso chovinista de la superioridad de todo "lo catalán" y el racista del menosprecio hacia quienes "ellos" deciden que no son catalanes son los ejes de su política comunicativa, como lo puede comprobar cualquiera que la sintonice y tenga la santa paciencia de escuchar el etnicismo soberbio que destila.

viernes, 5 de mayo de 2017

Juan Marsé (e Ignacio Echevarría) on tour: presentación del libro de Juan Marsé “Colección Particular”.



La excepcional oportunidad de celebrar el fino y socarrón humor menestral de Juan Marsé en su propia voz: Colección Particular , la cuentística reunida del autor que debería editarse, en próximas ediciones, con un CD con la grabación del acto de ayer en la biblioteca Jaume Fuster.





Mi Conjunta me dijo que iría a una “conferencia” de Marsé, y me presté enseguida a acompañarla. La biblioteca Jaume Fuster, además, donde se celebraba el acto -un joven hubiera dicho evento…- se ha fusionado con el entorno confuso de la Plaza de Lesseps y se ha convertido en un centro ciudadano de primera magnitud, con una vida exuberante y una cálida sensación de cultura en movimiento, inquietud lectora y sosiego anímico que constituyen una invitación permanente a frecuentarla. Fuimos con mucha antelación, tanta que hasta tuve tiempo de hacerme el carnet de la red de bibliotecas, no tanto por el fondo bibliográfico cuanto por el filmográfico, porque pueden conseguirse películas descatalogadas. Leímos durante un rato, tomamos un café -preceptivamente descafeinado- y a la que nos volvimos hacia la entrada al acto, ya se había formado una cola que, después de añadirnos nosotros a ella, fue creciendo vigorosamente, anuncio de la expectativa que, ¡afortunadamente!, aún es capaz, en estos tiempos desleídos, de levantar Juan Marsé en su propia ciudad. Comenzó el acto, con los habituales problemas de ajustes de sonido y audición, y enseguida Ignacio Echevarría -el gran divo de la crítica, represaliado por el País por su impagable recensión de la novela de Atxaga, El hijo del acordeonista- nos puso al corriente del tipo de acto en el que estábamos: la presentación del libro que Echevarría ha prologado y del que es antólogo, adelantándose a la presentación formal del funcionario de la biblioteca quien precisó que la cola de dedicatorias se hiciera a la izquierda de la sala para favorecer la salida de quienes no buscaran la firma. Echevarría relató su experiencia como “lector de Marsé con una antigüedad de 40 años  y “comprador” de sus libros, concepto en el que hizo varias veces énfasis a lo largo de la presentación, algo impensable en un acto de esta naturaleza veinte años atrás. Detallo el contenido de la obra publicada, sin que en ningún momento se hiciera mención de la coincidencia del título con el de la edición de la poesía completa de Gil de Biedma, lo que no dejó de extrañarme. Se trata de un libro que recoge la cuentística de Marsé, que incluye un inédito, Conócete a ti mismo, Fritz, escrito a petición de Trueba como guion y que ahora se recoge en esta antología como cuento; guion, ha confesado Marsé, que Trueba no llegó a leer porque tras decirle Marsé que no le había gustado nada su película sobre El embrujo de Shanghai, el director dio por rota la amistad con el novelista, tan maltratado siempre cinematográficamente, a pesar de su reconocida cinefilia. La presentación comenzó con la evocación de la anécdota “de mili” que dio pie a la transformación en cuento escrito, Teniente Bravo, que Marsé, antes de escribirlo, contaba casi “a petición”. Cuando lo leí recuerdo que se me saltaron las lágrimas de la risa, ayer, en la presentación , Marsé, con su gracejo socarrón consiguió que volviéramos a reír de la misma manera, por el modo como nos recreó, de nuevo, ¡y como si fuera la primera vez que la contaba!, la anécdota del capitán y el potro, ya inmortal. Echevarría le fue dando pie para que Marsé  marcara, con una gracia fresca y deliciosa, las distancias con el “novelista obrero” que los señoritos catalanes de la revolución creían haber encontrado en él: “les decepcioné mucho, en efecto”. Como añadió: “He sido siempre un apasionado de la ficción”, por más que esta se desarrolle, en sus novelas, en tiempo y circunstancias muy concretos. A medida que avanzaba la presentación, Marsé fue sintiéndose cómodo -hay que agradecerle a Echevarría la parte alícuota que le corresponde- e hizo revelaciones sobre Si te dicen que caí, un “magma de historias”, dijo,  que solo comenzaron a ordenarse para él como un libro orgánico a partir de la inserción de las aventis, aunque la primer versión tenía una estructura tan compleja que , sin hacerla ilegible, complicaba mucho la correcta recepción de la novela, y de ahí la revisión que hizo de ella años más tarde (Mi buen amigo Dimas Mas se tomó la molestia de cotejar ambas versiones en un extenso artículo para el suplemento literario de El Diari de Barcelona, La Il·lustració). Marsé se complace en presentarse como un autor “artesano”, un “orfebre” -él que lo fue, literalmente, al comienzo de su vida laboral- del idioma, con el que lucha a brazo partido para tratar de sacar partido de sus limitaciones. Echevarría, descreído, casi le reprochaba que eso fuera una pose, porque, a su parecer, el de Echevarría, detrás de la obra de Marsé hay un edificio conceptual brillante y exquisito. Marsé, con una cazurrería muy de Josep Pla -a quien me recordó en no pocas ocasiones- se lo rebatía al interlocutor y antólogo. Echevarría le pregunto si no le había tentado nunca escribir en catalán, y Marsé reveló que tenía el título, Sentiments i cèntims, pero que la novela no había manera de que le saliera… Y entonces fue cuando, en uno de esos momentos mágicos que a veces se producen en estos actos, Marsé echó mano de otra anécdota que incluso Echevarría parecía desconocer, a juzgar por cómo la celebró, de cuando lo entrevistaron para Televisa, en México. Una entrevista que discurría dentro de lo habitual  hasta que apareció la pregunta tópica entre las tópicas: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” Después de unos segundos tratando de no defraudar a la joven presentadora, porque una reflexión de ese tipo “no me interesaba lo más mínimo”, dije que el fondo, “porque qué es una novela sin una buena historia, etc.” Cuando Marsé se iba “por uno de esos pasillos interminables de Televisa”, le alcanzó el técnico de sonido y le dijo que  habían tenido un problema al registrar la entrevista y que el audio había fallado por completo, que tenían que volver a repetir la entrevista. Pues nada, “si se ha de repetir, se repite” y volvió Marsé a contestar a las mismas preguntas hasta que llegó la fatídica del fondo y la forma: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” “De la forma, contesté inmediatamente, ante el pasmo de la entrevistadora.  ¿De qué sirve una buena historia si…?” Y ahí ya nuestras risas, la de los asistentes, volvieron inaudible una continuación que Marsé, por su parte, ya había detenido, porque la anécdota se había acabado, no nuestro regocijo.  Como el antólogo iba repasando los cuentos que integraban el volumen, más los textos que escribió en el El País y que dan título al volumen, desembocamos, a propósito de El fantasma del cine Roxy, en su maldita relación con el cine. De ahí salió una afirmación curiosa: “El guion que escribió Erice sobre El embrujo de Shanghai es mejor que mi novela” -Erice fue la primera opción para dirigir la adaptación de la novela, lo que no acabó siendo, para desazón de Marsé, y ya dijimos antes cómo acabó su relación con Trueba… Habló, sin embargo, del único guion que escribió, por encargo, para el cine, para el director Germán Lorente, quien solo les indicó que había de aparecer un piano, un pianista negro y la siguiente frase: Chico Lionel hizo más intensa la nostalgia de Scott Fitzgerald, y aquello sí que fue un devanarse los sesos sobre dónde, cómo y cuándo él y un colega con quien escribía el guion -"trabajos alimenticios, bien pagados", dijo-, podían meter la frasecita de marras…, casi como si fuera el famoso “austrohúngaro” que aparece impepinablemente en todas las películas de Luis Berlanga…Cerró la anécdota con el recuerdo de que Lorente abandonaría pronto el cine español, ¡afortunadamente”, para irse a Italia a dirigir pornos…Reveló, así mismo, que existe un corto alemán erótico, o pornográfico, no recordaba, sobre su relato erótico La liga roja en el muslo moreno, pero que él no lo había visto (yo lo he buscado en internet, pero me ha sido imposible dar con él, y supongo que la traducción del traductor de Google Rote Strumpfband auf den Oberschenkel moreno tampoco me ha ayudado mucho…). Por razones de horario y cuando se nos pasó al público la oportunidad de hacer preguntas, el turno quedó reducido a una pregunta intrascendente que cerró anodinamente un acto tan magnífico y divertido. Reconozco que me quedé con las ganas de coger el micrófono y decirle: Señor Marsé, muchísimas gracias por haber escrito Teniente Bravo, mis costillas flotantes no piensan lo mismo.

martes, 2 de mayo de 2017

La cubanyera de mi vecino


Del tiempo y sus símbolos...

Va para dos años que uno de mis vecinos del edificio de enfrente, sobre la calle S., colgó con un entusiasmo sin límites una bandera estelada que lucía con la arrogancia propia del dueño. Sus vivos colores alegraban un balcón hasta entonces tirando a siniestro y casposo, sin plantas ni casi vida doméstica que sugiriera que en esa casa la higiene es un valor reputado. Cada mañana, al airear mi dormitorio mis ojos chocaban con la bandera del secesionismo catalán que ha arrasado con la bandera institucional propia de las franjas rojigualdas sin adherencias cubanas, que ese es el origen de la estrella, azul para los carcas conservadores, roja para los carcas pseudoprogresistas: la lucha de Cuba contra el imperialismo español, con resultados tan deprimentes, a largo plazo, que mejor nos ahorramos la crónica de la derrota eterna. El caso es que durante todo este tiempo, además de estudiar con calma los signos distintivos que nos separan a mi vecino y a mí, morfológicos, claro está, porque no he cruzado con él ni una palabra, para entender la predicada supremacía nacional catalana frente a mi evidente charneguismo, de lo que he levantado acta minuciosa es del deterioro constante e irreparable del símbolo atado a los barrotes de hierro oxidado del balcón. Como si fuera una alegoría, el paño de origen chino (los bazares orientales han hecho su agosto vendiendo a los nativos cualquier cacharro con la cubanyera -pongámosle ya su verdadero nombre-, desde fundas para móviles hasta zapatillas de dormir, balones -sin reglamento-, tazas para el zumo de tomate -sin pan-, boinas, camisetas -sin algodón-, bragas, bufandas, mecheros..., cualquier baratija como las que Colón usó para engatusar a aquellos sufridos indianos que no intuyeron la que se les venía encima...) ha ido destiñéndose progresivamente hacia un triste sepia fotográfico, o mejor, hacia una pátina sucísima, que lo ha envejecido como si todos los ideales que representa hubieran caído al fondo del olvido y la bandera fuera, realmente, una bandera de las guerras -perdidas- de nuestros antepasados... La cuerda tensa que la mantenía tersa también se ha aflojado y ahora, como un viejo cargado de años, la cubanyera se ha llenado de arrugas que incluso ocultan la estrella que hace casi dos años orientaba la entusiasta navegación hacia el nuevo estado independiente de la Comunidad Europea y alineable con Andorra, Kosovo y Kirguizistán, entre otras grandes naciones y principados. Hoy  he sentido como una herida incicatrizable el paso del tiempo. Hoy he asistido a la muerte por decrepitud de un estado antes de que nazca. En el fondo, la vida es puro romanticismo: todos acabamos siendo ruinas...

sábado, 15 de abril de 2017

Viernes Santo en el tubo resonante...



El ataúd de las fotografías íntimas.


A las 7'30 de la mañana de un viernes santo, sin un alma por la calle, salvo la perdida mía, con el 59 que inicia su perezosa andadura a las 8'45, me llego a titubeante pie ayuno hasta el Hospital Clínico para someterme a la tortura de una resonancia magnética de la próstata, como manda la edad y, sobre todo, el 28 de PSA que tiene a mi urólogo entre desconcertado, alarmado y desconsolado, no sé si a partes iguales. Me citan por la entrada de Córcega, pero, como es festivo, está cerrada. He de entrar por Villarroel. Pido información de la ubicación del sótano al de seguridad y me remite al mostrador de información. De camino, un médico me dirige hacia “entre las escaleras 3, 5 y 7”, indicándome que baje por ahí al sótano, que no hay pérdida. Pero la hay. A través de pasillos vacíos, excepción hecha de mi alma perdida, llego a lo que parece la sala de espera principal. Paso la tarjeta por el código de barras del dispensador de citas y me sale el papelito por el que me citarán. Me siento a leer. Con Platón entre las manos, la aparición de una cucaracha -segunda alma en la sala- gigantesca que se dirige a mí con la velocidad de quien aún no ha desayunado, aunque no creo que haya sido paciente del tubo de resonancias- consigue que me desvíe del mundo ideal hacia el material para percartarme de que mi presencia no la intimida, antes al contrario, va lanzada, como si pretendiera remontar vuelo al llegar a mis zapatos y deslizarse por el interior de mi pantalón. Antes de que tal cosa suceda, me levanto de un salto grotesco y me sitúo a espaldas de la invasora en un espacio en el que se supone que no debería estar. En vez de pisarla, la debilidad compasiva del ayuna me mueve a espantarla, aunque casi he de llegar a tocarla para que la cucaracha rubia, pero poco seductora, agite rítmicamente los élitros coriáceos y acelere su paso hacia el zócalo por el que se desliza hacia el final de la amplia sala de espera. Después aparecen dos mujeres arregladísimas que se acomodan unos asientos más allá de donde estoy. Como me ven leyendo, y después de cruzar un saludo breve, hablan con voz de iglesia. No tardan en avisarme. Primer pasillo, la enfermera que me abre una vía en la vena. Vuelvo a la sala. No tardan en volver a avisarme. Segundo pasillo. Entro en la sala de la resonancia, pero aparece, ignoro por dónde, la enfermera con un chute de Buscapina Compositum que me va a fastidiar el día, porque ya sé que me provoca reacción alérgica, como el Nolotil o el Ibuprofeno, entre centenas de medicamentos más. Me desnudo, me pongo la bata y me hacen pasar al ataúd cilíndrico. Me atan a la altura de la cintura el dispositivo que me fotografiará laminarmente la próstata para saber si ha hecho nido o no algún tumor cancerígeno, que es el temor del urólogo y el mío propio, claro está. De paso, los brazos, que caen dentro del dispositivo, han de restar inmóviles. El joven técnico, amable y sonriente, a pesar del día y de la hora, me pone en la mano izquierda una pera que he de apretar con insitencia si “la cosa” va mal, me veo imposibilitado de “soportarlo” y quiero que me saque de “allí”, lo que él hará “inmediatamente” -¡qué consoladora una palabra acabada en mente, con lo que afean y degradan las narraciones, aun a pesar de que, a veces, sean inexcusables!-. “Media horita y listo”, me dice para animarme. “¿Todo bien? ¿Vamos allá?” El enérgico “Allá” no es una dirección, como todo el mundo sabe, sino el espacio adverso de un túnel en el que apenas se cabe y cuyo techo dista milímetros de la punta del apéndice nasal. La imagen recurrente es la del enterrado en vida que despierta del estado cataléptico y descubre, para su horror, que no solo está vivo en el féretro de la muerte, sino que, detrás de la tapa que no va a poder abrir, hay su buen quintal métrico de tierra, por lo menos. Mi suerte fue que, al centrar el aparato en la próstata, la cabeza estaba tan cerca del final de túnel que mirando hacia arriba distinguía no solo la luz sino algo del resto de la habitación. Con todo, hube de recurrir al poder de concentración más intenso de que soy capaz para relajarme, cerrar los ojos y apartar el pensamiento del tiempo, de mi incomodidad, de los conatos de comezón que me aparecían por todo el cuerpo, etc., y respirar acompasadamente. Eran las 8’30h de la mañana y no había dormido ni medio bien, una hora y media en vela, haciendo un crucigrama, pero el ruido de la máquina -contra cuya agresión me instalaron unos auriculares protectores- era tan intenso que no había manera de “caer dormido”, ¡con lo que lo hubiera yo agradecido!  El peor momento fue cuando, apartándome de mi intención inicial, me dio por calcular a qué altura de la media hora me encontraba. Desentendido como estaba, hice cálculos hacia atrás y trataba de recordar cuántos “turnos” de inyección de sonidos estridentes había sufrido para, tomándolos como base, deducir algo.  Abandoné el intento y procuré distraerme de la tentación fortísima que me temblaba en los dedos para alertar al encargado, haciéndole evidente que mi serenidad había tocado techo… y que “necesitaba” urgentemente ser sacado del cilindro tétrico en el que se me había consumido la serenidad y la esperanza de cumplir. En ese momento, sin embargo, oí su voz fresca y juvenil: “¿Cómo va eso?” “Va”, respondí, por si captaba la ironía del absurdo e imposible movimiento, pero no. “Tres minutos y ya estamos”, añadió. Y ahí sí que desaparecieron todas las inquietudes. ¿Cómo no iba yo a poder sumar tres minutos más al tormento vivido? Después vinieron los elogios por mi capacidad de resistencia, pero salí, como siempre que me *ataúdan, con flojera de piernas, la incipiente urticaria por la Buscapina que ya se abría camino, y un vacío de estómago que me llevó hasta el 59 sobre nubes de algodón, sin azúcar.

domingo, 2 de abril de 2017

Días de Radio...



La radio: donde la palabra reina en la república de las voces.


Es curiosa la supervivencia e incluso el auge, me atrevería a decir, de un medio de comunicación como la radio, diríase que, tras la invención de la televisión, poco menos que llamado a desaparecer. Sin embargo, no solo no es una reliquia del pasado, sino una pujante realidad del presente. Ignoro qué relación tienen los demás con la radio, pero la mía es que oigo más horas de radio al día que horas veo de televisión, sin que tampoco, dada mi afición a la lectura y  otras manifestaciones artísticas o sociales, puedan considerarse excesivas. Pero cuantas horas paso en la cocina, y ese sí que es mi reino, ha de contarse que son horas de radio. De un tiempo a esta parte, sin embargo, y eso es lo que quiero contar, tengo más que serios problemas para sintonizar la SER. Me explico. Al modo de aquella película, La Trampa, con Catherine Zeta-Jones y Seann Conery, en la que la actriz había de atravesar un espacio cuajadito de células fotoeléctricas que tendían una red que permitían atrapar a cualquier ladrón que intentara acceder a la codiciada pieza tras la que andan, en mi cocina pasa lo mismo. Tengo el transistor en la repisa de la campana, pero a la que me muevo hacia izquierda, para trabajar sobre la mesa de mármol, atravieso una de esas señales e inmediatamente la emisora se me cambia a una sudamericana cuya potencia eclipsa la de la SER apenas me muevo. Procedo, entonces a retirar el aparato y lo coloca, debajo de los armarios, sobre la tostadora, donde se defiende mejor de las agresiones de esas emisoras que no sé siquiera si son piratas o legales. A la que vuelvo hacia la fregadera, por donde quien cocina no puede dejar de pasar a cada rato, vuelve a saltar la emisora y, entonces, he de trasladarla  a la estantería que hay sobre la mesa, etc. ¡Un tormento! No se acaba ahí, porque, una vez perdida mi emisora de referencia, me las veo y deseo para entre Radio Taxi, radio Vaughan, y las radios latinas antedichas volver a sintonizar la SER, la que, cuando logro fijarla, casi me da un vuelco de alegría el oído. No soy radiodependiente, pero advierto, no sin cierto orgullo, que he acabado inculcando la afición a mis hijos, quienes, cada dos por tres, me "secuestran" el transistor para realizar diferentes menesteres, desde ducharse hasta afeitarse pasando por ordenar la habitación o cualquier otra labor para la que la radio es siempre una grata compañía. Supongo que en otra ocasión aludí a mi afición a cocinar en compañía de Radio Olé, y así es. Del mismo modo que no desayuno o como sin los informativos de la SER, tampoco cocina sin Radio Olé. Inexplicable, con todo, pero es lo que escucho, y quienes se zampan mis "creaciones" culinarias -el último invento La perla negra: un arroz de verduras con morcilla de Burgos...- no se quejan en absoluto. De cuando la crianza de los hijos -pasa ya de los 20 años- se me quedó, por cierto, la costumbre de oír las retransmisiones de los partidos de fútbol, de tal manera que, desde entonces, ya me ha sido imposible, salvo casos excepcionales, asistir a la retransmisión televisiva de un partido sin tener la enojosa sensación de estar "perdiendo y desaprovechando" el tiempo, algo que se extiende, salvo por la parte cinematográfica, al resto de la programación. La radio tiene la virtud indiscutible de ser un medio en el que la palabra lo es todo, porque con ella se construye y deforma la realidad. Se conoce mejor a las personas simplemente oyéndolas que viéndolas. Y la palabra hablada permite tener un conocimiento de la sociedad que les es imposible de conseguir a los medios escritos o a los audiovisuales. Esta afición la traslado al automóvil, sobre todo desde que se me estropeó el cargador de CDs y me negué a gastarme un dineral para reponerlo. Ahí, sin embargo, me ocurre lo mismo que en la cocina: la lucha de emisoras en el espacio abierto radioeléctrico deja chiquita La matanza de Texas, la verdad..., y la primera víctima, ¿no se adivina?, es siempre la SER. En los 600 km de un trayecto habitual Barcelona-Madrid, no son menos de 6 o 7 las emisoras que voy ganando y perdiendo, lo que me permite tener un conocimiento bastante preciso del estilo de radio que se gastan por esas comarcas de nuestra piel de toro, algo así como la divertida sección de la prensa comarcal en el programa de Javier del Pino, A vivir que son dos días. Ignoro si las generaciones jóvenes -al margen de las combativas emisoras de barrio- mantienen con la radio una relación tan afectiva como la mía, pero para quienes nacimos antes de la llegada de la televisión a España, qué duda cabe de que la relación con la radio tiene un vínculo difícil de perder y acaso de explicar, porque la imantación de la radio en la niñez de ayer quizás solo sea comparable a la de los videojuegos para los niños de hoy. No se trata de echar el oído atrás y rescatar, melancólicamente, aquellos espacios de humor con Pepe Iglesias, El Zorro, zorrito para mayores y pequeñitos..., -de donde me vendrá la querencia de la SER, me imagino...-o la gravedad con que mi padre oía "el parte" o nuestra asistenta, mientras planchaba y yo la acompaña, el serial de sobremesa; sino de reconocer cómo la vida de tantos y tantos ha estado marcada, a lo largo del tiempo, por ese culto a la palabra hablada que es complemento indispensable de la palabra escrita. Lo de la lucha en el espacio radioeléctrico que vivo en mi cocina es signo inevitable de estos tiempos tan competitivos que vivimos, en los que, sin embargo, las nuevas tendencias políticas quieren erradicar la lucha por la supervivencia que ha marcado a generaciones de seres humanos desde que o el azar o la necesidad nos hizo parecer en el planeta.

jueves, 23 de marzo de 2017

"Tío Vania", en el pomposo Teatre Nacional, o el empecinamiento en las polillas.


Muestrario anticuado de las miserias de la institución familiar: Tío Vania o la anacronía de cierto realismo.

No todos los clásicos salen indemnes del paso del tiempo, aun siendo clásicos para los programadores y retos para actores y actrices que siempre creen poder añadir un inconfundible "toque personal" a la encarnación de personajes una y mil veces representados con éxito y con fracaso. El montaje de Tío Vania que he visto en el Teatre Nacional, a cargo del Moma Teatre, con dirección de Carles Alfaro y en una traducción de la obra al valenciano por parte de Rodolf Sirera, aun habiéndose representado en una de las salas pequeñas del complejo teatral, en un formato "íntimo", podríamos decir, supone un loable intento de extraer del clásico de Chejov la precisa descripción de las miserias familiares que son más que propias de la institución, algo así como la condición sine qua non de su existencia, de ahí que, en principio, y salvo extraordinarias, por raras, células beatíficas de la misma, todos nos podamos sentir identificados con lo que se nos representa en escena. Lo primero que llama la atención del espectador, sin embargo, es lo archidifícil que resulta representar sobre las tablas la realidad con la naturalidad con que solemos vivirla cotidianamente, enseguida detectamos mil y una imposturas que nos distancian de lo que en ellas se representa, y que introducen no tanto la famosa distancia brechtiana, porque no hay sátira en Tío Vania, sino imagen especular de lo real pura y dura, mímesis a raudales, cuanto la desconfianza en lo auténticamente humano de lo que se representa: pasa todo, como por arte de birlibirloque, de la realidad a la ficción, en lo que esta tiene de artificio, y por ahí se abre una brecha de escepticismo respecto a lo representado que bien puede hacernos algo dura de llevar la representación. Me refiero, como no puede ser de otra manera, a un sinfín  de tics interpretativos que forman un catálogo del peor y más manido repertorio de la actuación teatral: los  súbitos cambios de tono, la tonta carrerita sin sentido hacia el mutis, el silencio roto por una voz en penumbra que no traspasa el umbral auditivo de la tercera fila del patio de butacas, la necesidad constante de recurrir al utillaje para "justificar" una acción inexistente  en un decorado único, el comedor de la casa de campo familiar, o el uso excesivo de algún recurso escenográfico "estrella", en este caso una hamaca en la que, cuando dos intérpretes se sientan juntos, nos llega más la incomodidad que sufren en postura tan forzada que la supuesta intimidad que deberían compartir, porque los vemos sufrir en el escorzo y como con ganas de soltar un "¡échate para allá, hombre, que me atosigas!"... o el piano cuya música en directo tanto perturba la correcta audición de los parlamentos de los actores.Con mucho, sin embargo, lo menos atractivo de la representación fue el tono uniforme de la representación, átono, que ni de lejos captaba el realismo de tono menor de los conflictos de la obra de Chejov, cuya virulencia se presenta camuflada bajo un barniz de cotidianidad que tiende a sofocarla, hasta que estalla....discretamente: se trata de algo así como de grandes pasiones sotto voce. En esos momentos del desenlace es cuando la obra, hasta entonces demasiado gris se anima un poco y logra emerger con algo de vivacidad el terrible mensaje que se ha ido desgranando a través de la representación: la impostura del saber, la vida desperdiciada en aras del genio ajeno, los amores imposibles, el de la hija del intelectual bastardo por el joven médico ecologista avant la lettre, el del tío Vania por la segunda mujer de su cuñado, y la sumisión laboral en aras del intelectual que, como un "señorito", aunque consorte, vive a todo tren de los réditos de la finca que administran, gracias a su austeridad, su hija y su cuñado. Aunque el nivel de la representación permite "salvar los muebles" de la misma, e incluso hay alguna escena sobresaliente, como la de la atracción erótica entre el médico y la cuñada de Vania, que nos lleva camino del desenlace cuando éste advierte que jamás va a lograr que su cuñada se interese por él, hay una tibieza de la estimación que fatalmente impone  su dominio, al menos sobre este espectador, y del que ni siquiera el desenlace, con un anticlímax de resignación  que aún ensombrece más la mísera realidad de los personajes, logra rescatarlo. En todas las familias hay personajes como los de Tío Vania y relaciones de poder que lo envenenan todo, de ahí que semejante constatación no tenga poder suficiente, por si misma, como para renovar la cita con una obra cuya reescritura constante por parte de Chéjov quizás buscaba paliar una insatisfacción, acaso con el diseño de los personajes o en la propia situación de partida, que se advierte enseguida. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

¿Qué fue de la tópica y virtuosa "serietat" catalana?


Los antropólogos catalanes asisten, descolocados, y entre asombrados y ensombrecidos, a cambios sociales nunca antes vistos.

Los tópicos nacionales y regionales tienen una tradición que se remonta, acaso, a la escisión de la horda primigenia. De entonces acá, las caracterizaciones de las colectividades con fuertes afinidades entre sus miembros, retratos con frecuencia interesados..., y muy a menudo rigurosamente objetivos..., han alimentado singularidades, desprecios, envidias, compasiones y emulaciones que han llenado páginas y páginas de antropología barata, de psicología de baratillo y de nacionalismo de andar por casa. Baste saber, para tener una idea de la insustancialidad de todos estos tópicos, que, en el siglo XVI, los castellanos (sí, sí, los de Castilla) tenían fama en Europa de "graciosos", lo que equivaldría en nuestra España de hoy a la fama de los andaluces. La visión romántica ensalzó lo "genuino" de cada comunidad, lo peculiar, los "rasgos diferenciales", como la esencia de todos y cada uno de los habitantes de ciertos territorios, sean estados, regiones o comarcas. Para complicar el asunto, claro, nunca deja de tener vigencia la división norte-sur que afecta a extremos como los países nórdicos y los ribereños del Mediterráneo y a cada uno de esos países, el Véneto y Sicilia, sin ir más lejos. Queda claro, pues, que sobre ciertos tópicos lo mejor es enfrentarse a ellos con respeto y una distancia entre crítica y humorística que permita, sin ofender, desmitificar; sin faltar, desnudar; sin pontificar, relativizar, y, sin llama viva, cauterizar...  Hoy he querido prestar atención a un rasgo constitutivo de eso que algunos podrían entender como "personalidad" catalana  (asociación sintagmática que, sin llegar a oxímoron, claro, sí que toma el rábano por las hojas, dada la inequívoca absurdidad de enjuiciar a una colectividad como a una persona, quizás a imitación del concepto religioso "cuerpo místico", usado por el cristianismo para su Iglesia): me refiero a la tradicional serietat, "seriedad", que hasta hace muy pocos años bien podía tenerse como una "marca" colectiva de la que prácticamente todos los catalanes sin excepción nos enorgullecíamos, fueran cuales fueran nuestra ideología, nuestras creencias, nuestra profesión o nuestras aficiones. Parangón de ella sería la "puntualidad británica", por ejemplo. Es evidente que no somos una comunidad en la que no falten facinerosos, lladres, desvergonyits, mandrosos, penques i corruptes, pero nuestra seriedad había pasado todas las pruebas del algodón de los tópicos y brillaba lustrosa, impecable, magnífica, terne como la aguja que señala al norte. Distinguíamos, perfectamente, entre los somiatruites y los assenyats, entre quienes viven de falòrnies ("mentiras", "quimeras", "desatinos") y quienes se ajustan al principio de realidad más estricta. Desde que un falso Mesías, sin embargo, confundió la realidad con el deseo y embarcó en el escuálido catamarán de la secesión a cuantos se dejaron engañar por tan atípico sirénido, me parece evidente que ese fundamento básico de nuestra comunidad, la seriedad incuestionable, ha pasado a mejor vida bien lejos de aquí, porque a nadie se le oculta, y es doloroso reconocerlo, que poco queda de ella en pie que pueda aguantar los sotracs, las sacudidas del vendaval de enajenación política que la ha barrido de nuestra sociedad en poco menos de cinco años. Sí, seamos justos, hay muchos que intentamos mantener, y hasta con porfía, ese tópico dentro de los límites que le garanticen la pervivencia; pero es harto doloroso contemplar cómo buena parte de nuestros conciudadanos han escogido, como en una Saturnalia, tirar pel dret de la locura política aun a riesgo de desfigurar por completo ciertos rasgos de identidad que todos compartíamos y que a todos nos enorgullecían. De enorgullecernos todos hemos pasado a verlos a ellos energumenecerse con todo tipo de arcaicos ritos tribales, disfrazados de pseudomodernidad contestataria, que los han ido reduciendo a la estrecha cárcel del fanatismo, el odio al prójimo a quien rechazan por razones tan diversas como el origen de nacimiento, la lengua o la ideología y, lo peor de todo, me atrevería a decir, el nulo respeto a las leyes que rigen nuestra convivencia. Nos creíamos, como colectividad, al margen de las derivas colectivas hacia la intolerancia y el totalitarismo, pero desde hace cinco años observamos con no poca preocupación la cantidad enorme de puentes convivenciales que esas derivas han ido rompiendo sin escrúpulo alguno e incluso con rufianesca celebración ebria de una identidad forjada en el odio al otro que va a dejar unas cicatrices de larga y costosa reabsorción por un cuerpo social maltrecho. Son muchos los términos que describen la chirigotería carnavalesca en que llevamos viviendo desde hace cinco años, cuando se despertaron los más bajos instintos colectivos por chamanes que no han tenido empacho, para asegurar sus fortunas personales y sus situaciones de privilegio, en engañar a cuantos ilusos se han creído esas ilusiones que el tiempo acabará diluyendo como la gota horada la piedra; y no pocos los embaucamientos de todo tipo, históricos, sentimentales, raciales -ahí está ese ADN catalán genéticamente más cerca del francés que de cualquier otro, en labios del señor Junqueras- que no han trabajado sino en pro de una sola idea remachada día y noche a través de unos medios de comunicación públicos secuestrados por una minoría política en votos y solo mayoritaria en diputados de un Parlamento en que los votos "de aldea" están hiperprimados sobre los votos "ciudadanos", y por unos medios privados que viven de la subvención pública arbitrariamente concedida por quienes tienen secuestrados los medios públicos: el supremacismo, de honda raigambre totalitaria. Es frecuente hablar del Movimiento Secesionista en términos teatrales: el sainete, el vodevil, la farsa, el esperpento..., y es evidente que no pocos de los actores que salen a escena día sí y al otro también acreditan que así se haga: un presidente elegido a dedo casi con nocturnidad y alevosía; un Ministro de Asuntos Exteriores, a quien solo recibe la extrema derecha de Finlandia o de Usamérica, y que ni tiene asuntos ni sale apenas de su Consejería para no acumular más ridículos; un juez aficionado a "dictar" constituciones en sus ratos libres, que son todos, porque desde que le pagaron para no hacer nada, lo bien que ha vivido el revelador de los hechos ocultos y delictivos de los conjurados del Movimiento; un partido que fue el pal de paller, primero, luego la Gran Casa, se supone que del Gran Timonel..., y que ahora, disminuido a la insignificancia, hamletea si será o no será en las elecciones por venir, por más que las quieran plebiscitar y cuyas fuerzas para la desconexión menguan a la misma velocidad que emigran sus últimos votantes; un gobierno de derechas sostenido parlamentariamente por un grupúsculo antisistema, etc. Sí, es evidente que hoy somos el hazmerreír de España, de Europa y del mundo mundial, y que aquella seriedad que nos caracterizaba está en riesgo de desaparecer para siempre, de ahí que esos antropólogos a los que me referían no dejen de maravillarse ante lo que sucede, ante lo-que-es, que no es más que-lo-que-hay: un festival de despropósitos que nos está arruinando una reputación trabajosamente conseguida, porque, desde que en la nueva República Onfalocrática Catalana se atan los perros con butifarras, se hartan de hacérnosla desde todos los sitios, desde donde reina una seriedad equivalente a la nuestra y, ¡ay!, también desde donde somos, actualmente, su más sombrío y riguroso espejo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Elogio terco y sentimental de la carta: entre el panegírico y el epicedio.

Jean Raoux, Mujer joven leyendo una carta, 1719

Esa extraña y feérica burbuja extramuros de todo que es la relación epistolar.


Quien haya vivido sentimentalmente pendiente de recibir las cartas manuscritas que le aliviaban la soledad, le confirmaban la promesa del amor o le consolaban del tedio de la soledad en el internado o en la vida de pensión entenderán que, en las postrimerías de esa institución a punto de desaparecer, como algunas hermosas especies animales, alguien pierda un rato de tiempo para entonar un panegírico con aires inequívocos de epicedio de la carta postal manuscrita y enviada con el franqueo correspondiente a través de un servicio de correos sin cuya creación muy otra hubiera sido la Historia del mundo, la pública y la privada, la íntima. Quien haya escrito cartas, con amor y primores de letra con pretensiones de inteligibilidad -no siempre conseguida- desde el acceso al uso de la razón no ignorará la poderosa carga sentimental que hay en el rito de situarse ante la cuartilla -en mi caso un folio doblado para escribir sobre sus cuatro caras- y, en el mejor de los casos, dar continuación a un diálogo iniciado tiempo atrás, con el cruce de las primeras cartas de correspondencias que se alargaban quizás años, mediante la fórmula conveniente, a veces el simple nombre propio sin otra expansión que ya se daba por supuesta. No es inusual escribir cartas teniendo delante la recibida, y menos aún, dejar de mirar la ajena y la propia y perder la vista en la ensoñación de la figura del o de la ausente y representarse la vida en movimiento para ajustar a la realidad de la presencia el mensaje que le queremos hacer llegar, como si en vez de escribirlo, se lo confidenciáramos al oído y estuviéramos pendientes de su reacción física, la única verdadera. La carta, cuando lo es de verdad, tiene mucho de comunión física, y cuando sostenemos el papel en nuestras manos, entramos en contacto físico con la persona que nos escribe, y no pocas veces hasta se llega a besar esas cartas de poderes taumatúrgicos. Hablo de un mundo poco menos que desaparecido, lo sé, pero también de millones de biografías en las que capítulos fundamentales de las mismas se han escrito en forma epistolar. Mientras que el Diario o el Dietario es género que acaso nunca se pierda, y ciertos Blogs o Bitácoras no son sino una metamorfosis ajustada a los tiempos cibernéticos, la epístola está en un tris de poder darse por finiquitada. Hace unos días murió Juan Soto Viñolo, a quien un conocido mía ayudó a dar forma editorial a las cartas a la imaginaria señora Francis, y si hoy nos parecen de hace dos siglos aquellas manifestaciones confidenciales: espero que al recibo de la presente…;  sin otro particular se despide de Vd…;  el propio hecho de recibir una en nuestros buzones junto a las únicas cartas que aparecen ya en ellos, las del banco y las suministradoras de energía -si uno no se ha pasado a la factura electrónica-, nos alarma y nos preguntamos con recelo: ¿pero quién me escribe a mí?, y aun hasta nos sentimos incluso algo ofendidos, como si  hubieran violado la intimidad de nuestro buzón a través de una manifestación “personal” por cauces no controlados, porque mientras un correo electrónico uno puede lanzarlo a la papelera con total indiferencia, ¿seríamos capaces de no abrir una carta postal que viene a nuestro nombre? Hay algo mágico en la comunicación epistolar postal que no ha logrado preservarse en los medios actuales de envío y recepción de mensajes, y de esa pérdida es de la que he venido hoy aquí a lamentarme sin aspavientos pero con profundo dolor, sobre todo cuando, como ha sido mi caso, desde los 14 hasta los 20, viví literalmente “pendiente” de ese modo más que humano de comunicación. Ahora, a la vejez viruelas, lo uso con mi hija, aun viviendo ambos en la misma casa. Mantenemos una relación epistolar que, al menos a mí, me hace sentirme coherente con mi propia historia individual. Las cartas constituyen un rito, y parte fundamental de él es que no se leen nunca nada más llegar a nuestras manos. Las cartas siempre han de someterse a un proceso de sedimentación en el espíritu en el que se desarrolle la intuición sobre su contenido, y, al tiempo, el temor o la esperanza que nos generará. Tener sobre la mesa una carta sin abrir durante al menos un par de días prolonga la excitación cordial con que la hemos recogido del buzón y nos permite disfrutar con mayor intensidad de su hipotético contenido. Claro que las excepciones de rigor implican, en según qué proceso de amores o desamores, rasgar el sobre de cualquier manera y precipitarse, como el sediento en el oasis, a las aguas claras o turbias de las nuevas que se quieren ingerir de golpe, enteras, como la medicina que cura o palía o como el veneno que aciagamente condena. Cuando la serenidad y la circunstancia se alían para “entregarnos” en el clásico “cuerpo y alma” a la lectura de la carta, ¡qué majestuosidad, entonces, la de los movimientos precisos que abren el sobre con la daga inofensiva del cortaplumas!, ¡qué leve temblor de emoción en los dedos que entran en el recinto inviolable y extraen las nuevas de incierto signo! Cómodamente sentados, habiendo buscado la calma y, sobre todo, no ser molestados o interrumpidos; habiendo creado, pues, un espacio de intimidad extramuros la cotidianeidad, estamos en condiciones inmejorables de proceder a la lectura demorada de la carta para, una vez leída, volver a leerla inmediatamente, y así tantas veces como exija la ansiedad o el placer con que se ha seguido la caligrafía rebelde, endemoniada, transparente o bordada de nuestros corresponsales. Las palabras de una carta son voces perfectamente encarnadas en el remitente, y constituye, esta, un género de escritura incomparable, único, en el que emisor y receptor son, además de esa función, contexto inequívoco de lo escrito y leído a un nivel difícil de calibrar desde fuera. La relación íntima entre los corresponsales, su grado de proximidad física y espiritual no es fácilmente deducible de las cadenas de palabras que forman las cartas, y ni siquiera de su semántica, porque los corresponsales, como los amantes, utilizan códigos privados de los que solo ellos tienen conocimiento. A menudo se publican correspondencias de personas famosas creyendo que su lectura nos va a deparar la revelación de algunos secretos de sus vidas o nos van a permitir entenderlos cabalmente, pero es casi imposible llegar a tales conocimientos, porque la prevalencia de esos códigos indescifrables nos lo impide. La carta, pues, ha de ser considerada, hoy, como una reliquia de tiempos lejanos, casi arcaicos, a juzgar por la distancia que embute en el tiempo la revolución tecnológica y la sensación de lejanía que provoca en nuestro sistema de percepción de la realidad. Supongo que los coleccionistas de sellos seguirán existiendo -y algunos ha habido con la suficiente ingenuidad como para creer que, como el valor oro, su rentabilidad escapa a las leyes del mercado y es fuente de jugosos dividendos, pero mucho me temo que también llegará el día en que el sello desaparecerá y el coleccionismo pasará a serlo de “antigüedades” más o menos venerables. Mientras todo eso se desarrolla ante nuestros pávidos ojos, no advierto que haya ningún movimiento social de recuperación de la carta postal, escrita a mano por unas manos que, hartas de teclear, acaso, más allá de la firma, sean incapaces ni siquiera de escribir con decoro algo tan personal como una carta. Pedro Salinas, perdóneseme la referencia y que haya tardado tanto en ofrecerla, porque hubieran salido ganando leyéndola, en vez de haber leído este torpe homenaje, escribió un elogio de la carta a propósito de un texto “bárbaro” que leyó en una oficina de correos usamericana, la USPS: Wire, don’t write! Lo tienen en los ensayos de  El defensor y es un prodigio de gracia e imaginación, amén de una declaración de amor incondicional a lo que de más humano hay en nosotros: la carta.

lunes, 20 de febrero de 2017

“1000m2 de deseo” en el CCCB o una abstracción elitista sin visitantes.


 
Adolf Loos. Casa de Josephine Baker

Arquitectura y sexualidad o el abismo entre la carne y el dibujo…

Con la misma curiosidad de siempre y el ánimo abierto para dejarme instruir, subí a la encumbrada exposición del CCCB -todas lo son, y quienes acceden por la empinadísima escalera mecánica lo saben- que tiene por titulo ¡nada menos que 100m2 deseo. Aruitectura y sexualidad. Lo anticipo: deseo, menos del deseable, y propiamente ninguno; metros, muchos, sí, y tan mal iluminados que se convertía en un tormento la lectura de los paneles y las fichas identificadoras de las piezas; arquitectura, mucha y excelente, tanto la clásica como la dieciochesca como la actual; y sexualidad, pues… la representación más común, y en parte muy cutre, de lo que entendemos por tal. ¿Visitantes? Un grupo compacto de 20 unidades que seguían con frialdad glacial las tópicas explicaciones del guía, tres mujeres que entraron delante de nosotros, y mi Conjunta, mi hija y yo. Y ahí se acabó lo que se daba, aunque, a mitad de visita advertí la presencia de otra mujer y un hombre, solos. El silencio, solo roto por el guía, de tono homilético y poco congruente con el tema de la exposición, hablaba de la sexualidad y del espacio y uno, yo, creía que hablaba del proceso de confección de las velas de cera o de la cría del gusano de seda. En cualquier caso, una exposición muy moderna, propia del museo que la acoge,  pero que se quiebra de sutil. He de reconocer que la muestra contenía no pocos vídeos de interés documental, y como del Panóptico de Bentham se ha de hablar cuando se habla de arquitectura y poder, y ya advierto que ahí se incluye la sexualidad, me atrajo mucho una secuencia que se proyectaba de Call Northside 777 (Yo creo en ti), en el interior de una prisión, lugar por excelencia de aplicación de la arquitectura panóptica. De uno de los paneles explicativos recogí un fragmento que ilustrará elocuentemente esa fría abstracción desde la que está concebida una muestra en la que la palabra sexualidad adquiere connotaciones tan gélidas como la impotencia de los eunucos: Los proyectos expuestos muestran el papel de la arquitectura como experiencia sensorial en las estrategias de seducción y cómo la sofisticación en el diseño de artilugios constructivos y mecánicos disparan la imaginación erótica. ¡Ay, lo que va de la realidad al deseo, y viceversa! Es cierto que la Maison de plaisir, de Claude-Nicolas Ledoux, un burdel, tiene una graciosa disposición fálica, y que el edificio que Adolf Loos, el arquitecto de Hitler, proyectó como casa para Josephine Baker es de una modernidad tipo Bauhaus, con techo plano, que resulta muy atractivo, pero he de reconocer que algunas “instalaciones” en el interior de la exposición, supuestamente evocadoras de la relación entre espacio, construcción y sexualidad, me parecieron propiamente una tomadura de pelo, o lo que en los años de la adolescencia denostábamos con la etiqueta más que sexualizada de “paja mental”. Es cierto que hay una reproducción de la cama redonda del creador de Play Boy, e incluso una secuencia de la lucha de James Bond contra dos marciales muchachas, que evocan un mundo de sexualidad tópica y machista que ha dominado nuestra sociedad durante mucho tiempo. De todo el material expuesto, me quedé con una referencia que promete: L’art de joüir, de Julien Offray de La Mettrie, un ejemplar del cual se exponía en una vitrina que no facilitaba en verdad la lectura de su primera página. Mientras iba caminando por tan siniestra exposición, en una penumbra vaga, en silencio de claustro monacal, iba pensando en todos esos lugares donde las relaciones sexuales han buscado cobijo o discreción, y de mi adolescencia llegaba lo que aún conocí: la fila de las pajilleras del cine, y me extrañó que no hubiera entre tantos espacios alusivos al sexo, una fila de butacas expuesta, por ejemplo; y pensé, entre tanta arquitectura, en el edificio Agbar, un falo potente y descomunal levantado junto a la amenaza de una grapadora en una plaza que se llama de las Glorias (le quito el apellido porque me jode el relato); y luego me dije que no necesariamente el espacio condiciona la aparición del deseo y que, a menudo, ni siquiera lo potencia, y menos aún un edificio. Está claro que los lupanares -de lupa, loba- han existido siempre, que el descubrimiento de Pompeya revivió el culto fálico, y que el acondicionamiento de los espacios dedicados exclusivamente al sexo ha buscado una iconografía que, supuestamente, favoreciera esos intercambios de fluidos. Otra cosa es que, en ese terreno, los hortera se haya maridado con lo kitsch y que lo supuestamente excitante lo sea menos que un alioli sin ajo, como el interior de locales no necesariamente dedicados a la burdelería, aunque sí a la seducción.  En fin, que entré con curiosidad y salí totalmente enervado. Amante como soy de todo lo relacionado con la sexualidad, me pareció que esa exposición homilética en la que la teoría se divorcia de la sensación y de la excitación es un fracaso monumental. Con todo, para el adicto a las visitas museísticas, siempre hay, incluso en lo errado, mucho material de interés, como el teatrillo de William Kentridge, titulado  Right Into Her Arms , relacionado con su puesta en escena de la Lulú, de Alban Berg, esa otra estilización abstracta del deseo.