lunes, 18 de septiembre de 2017

La "fallida" secesionista...



Un conflicto entre la democracia española y el totalitarismo del Movimiento Nacional catalán

Vivimos ahora mismo un curioso tiempo de interregno parlamentario que coincide con el apogeo del movimiento totalitario que aspira a instaurar una dictadura nacionalista de pensamiento único en Cataluña, tierra plural donde las haya, aunque sometida a una dictadura mediática de lo políticamente correcto que, a lo largo de casi 30 años de ocupación del poder, ha sido hecho coincidir con las aspiraciones identitarias de carácter xenófobo que avergüenzan a cualquiera que comparta mínimamente los rudimentos de la democracia tal y como se entiende en la propia España constitucional y en  los países de nuestro entorno. Desde hace ya cinco años la escalada secesionista ha ido preparando un asalto al Estado que, a mi modo de ver, ha hecho perder a sus impulsores el sentido de la realidad, porque andan, esos activistas a sueldo de los presupuestos públicos -los dineros de todos-, confiados en su famoso "ara sí" que acabará seguramente en un buen puñado de oraciones ante las aras de los templos pidiendo que llegue esa independencia que de estar "a tocar" se convertirá en un cometa como el Haley, de espaciadísimas apariciones ante los ojos de los terrícolas. Tras el bochornoso espectáculo vivido en el Parlamento catalán por parte de una mayoría de escaños que no refleja, paradójicamente, la minoría de votos a la que representan -gracias a la ley electoral española a la que se acogen de mil amores, porque una ley propia (Cataluña es la única comunidad autónoma del estado español que no tiene ley electoral propia, como es bien sabido...) les dejaría sin esa mayoría de la que tanto se ufanan-, esa mayoría parlamentaria ha decidido cerrar a cal y canto el Parlamento a la espera de lo que ocurra el pregonado 1O en el que habrá, al decir de los secesionistas totalitarios, un supuesto choque de legalidades, y, al decir de los constitucionalistas, la prohibición de ese intento de referéndum que incumple todos los requisitos que, para ser considerado como tal, establecen los más reputados organismos internacionales, como la Comisión de Venecia, por ejemplo. Así pues, y a pesar de que las leyes españolas están más que vigentes, y con arreglo a ellas se juzgará a quienes las están violando y ultrajando, los golpistas secesionistas creen que vivimos en la legalidad de una ley de Transitoriedad que nos llevaría a los catalanes, con un puñado de síes que surjan en esas urnas de cuya presencia en los colegios electorales aún se duda con bastante credibilidad, nada menos que a establecer de facto e ipso facto una República Catalana.  Esta situación reverdece en la memoria aquel interregno que significó la Guerra Civil en los pueblos de Aragón en los que los anarquistas establecieron su ideal de la sociedad sin estado, algo que reflejó, para vergüenza fílmica ajena, Ken Loach en Tierra y libertad, en la que las discusiones de los anarcosindicalistas, tan sonrojantes, están a la altura de lo que hoy oímos a activistas de la supuesta ultraizquierda, diseminados por un abanico de entidades políticas que más forman un  guirigay que un frente popular. Quiere pues, el gobierno de un Presidente de la Generalidad no escogida por los ciudadanos en las urnas, que nos sintamos cómodos en este interregno autoritario y delictivo, porque va a ser, nos dicen, el trampolín para la DUI y la convocatoria de las futuras elecciones constituyentes de la nueva república. Como se advierte, por la descripción, nos movemos en la política-ficción vendida con la garantía de hecho consumado, y ahí es cuando comienzan a suscitarse todo tipo de interrogantes acerca de la viabilidad de este tercer conato, desde 1934, de proclamación de una república independiente catalana en España. La imprudencia y el populismo de honda raigambre fascista de los dirigentes que nos han puesto en esta situación es posible que se traduzca en un apartamiento judicial de la vida política de esos dirigentes y que todo acabe en la convocatoria de unas nuevas elecciones autonómicas a las que ninguno de ellos, probablemente inhabilitados, se podrá presentar. El gobierno hará bien en garantizar, sobre todo, el orden público, cuya degradación fue causa de tantos males en la Segunda República, al decir de Payne. Y la política de paños calientes seguida por el indolente Presidente del Gobierno Central, Mariano Rajoy, una vergüenza democrática en el poder, por cierto, es probable que solo consiga enconar la situación. Se ha de pasar por ello y se ha de dejar claro que frente a las amenazas golpistas ha de prevalecer la ley, igual para todos. Si el inefable Homs, tan dicharachero antes, tan callado ahora, nos amenazó con el hundimiento de la democracia española si el salía condenado, ¿cómo tomar en serio esas supuestas y bobaliconas amenazas de que "Europa no permitirá que..." tan en boga en boca de delincuentes que han perpetrado un golpe de Estatuto y un golpe de Estado en dos sesiones que han quedado para el archivo de las infamias contra la democracia. Vivimos, pues, tiempos de tensa espera y de cruce de declaraciones, amenazas, juramentos, chulerías, desplantes y ni se sabe cuántas escenificaciones de la impotencia de unos y el temor de los otros a activar el victimismo que condicione negativamente la única salida posible: las elecciones autonómicas. En fin, que estamos entretenidos, es cierto; pero, a decir verdad, es posible que estuviéramos más tranquilos si, además, hubiera, ya, algunos detenidos. 

martes, 5 de septiembre de 2017

El turismo, el rutismo…


La toponimia o el hontanar popular de la lírica. Los nombres del lugar y el lugar de los nombres.


El turismo es una forma de rutismo, no lo olvidemos. La mejora en los medios de transporte a veces nos hace olvidar que el turista es, por definición, “el que se echa a los caminos a la buena de dios”, con indudable afán de descubrir realidades desconocidas, y a veces incluso rutas nunca antes transitadas, aunque esto es más propio de los aventureros, de los que los turistas son bastante menos que el pálido reflejo Curiosamente, en el siglo XXI, a diferencia del XIX, cuando nace, con los viajeros románticos ingleses, no hay turista en nuestros días que no sepa “exactamente” a dónde va. De hecho, el quijotesco salir a los caminos puede considerarse la antítesis del turisteo. No solo se escogen destinos de los que prácticamente se conoce todo de antemano, sino que es frecuente “estudiar” con antelación recorridos y objetos de interés, naturales o artísticos, para “no perderse nada” de aquello que, según sea el destino, se pagará “a precio de oro”. Se quiere reducir al mínimo la posibilidad de los imprevistos y garantizar al máximo el rendimiento de la inversión en conocimiento de países, ciudades, espacios naturales privilegiados, etc. “Conocer” es una palabra cuya polisemia, aplicada al turismo, incluye incluso el antónimo, y de ahí que tantos turistas prefieran el verbo “hacer” al verbo “conocer”: “hemos hecho el Machu Pichu”; “hemos hecho las islas griegas”; “hemos hecho Islandia”, etc. El conocimiento, al menos en la forma tradicional del mismo, se revela como un imposible, en el caso del turismo, como sucede en Corea del Norte, pongamos por caso un extremo, cuyos turistas, ¡que haylos!,  apenas entran en contacto sino con lo que el Régimen -allí sí que puede hablarse del Régimen con toda propiedad secuestrativa, no del del 78 nuestro, como hacen algunos con cierta ligereza… de cascos- decide que entren. Durante muchos años -ahora hace tiempo que me he “retirado” de esas veladas…- viajé intensa  y gratuitamente a través de las amistades que te invitaban a una cena-encerrona de la que no salías sin que te hubieran vaciado el cargador de veinte carros de diapositivas (ahora con las cámaras digitales la proporción debe de ser propia de la física de los grandes números…). ¡Menudo repertorio de asombros léxicos fui capaz de desarrollar en aquellas veladas! ¡Lo que ha contribuido mi afición a la lectura de diccionarios para mantener mis amistades! En mi casa somos de los de decidir “a última hora”, lo cual significa que una semana antes de salir por la puerta sufrimos un par de días locos tratando de “atar” el alojamiento para ir, al menos, con la única seguridad de dormir bajo techado, en vez de vernos obligados a hacerlo bajo capota. No por ser “de última hora” suelen ser nacionales nuestros destinos, sino por la convicción de que España es, sin ningún género de dudas, un país idóneo para el turismo, el rutismo e incluso la aventura. Disponiendo de pocos días, muchas ganas de variar el escenario de cada día y más aún de perdernos por esas carreteras que llevan a lugares insospechados, nuestra ruta nos llevó por Sigüenza, Ávila, Salamanca, Isla Santa Cristina, Olhos de Agua, Córdoba, Ciudad Real, Toledo y Madrid, rompeolas de las Españas -actualmente, para Pedro Sánchez, “rompeolas de las naciones españolas”, que consuena más-, con las derivadas correspondientes, claro está, porque nada más emocionante que la casa museo y la tumba de Juan Ramón en Moguer ni más exótico que la aldea de El Rocío, un pueblo del Far West desde el que nos embarcamos -el camión se movía sobre el terreno de dunas como un barco- en un más que recomendable viaje al corazón de Doñana. Sin embargo, no es mi intención venir a contarle a nadie un viaje sin historia, y mucho menos la historia de un viaje tan vulgar como los millones de ellos que se hacen cada año en todo el mundo. He venido a esta Provincia acogedora a dejar memoria de algo que suele pasarnos desapercibido cuando, sobre todo quien conduce, desvía levemente la atención hacia los infinitos topónimos que cubre nuestra red de carreteras. Los antropónimos constituyen, prácticamente, un conjunto limitado que, para desesperación de sus poseedores se va repitiendo ad náuseam, incluso cuando algunas aportaciones novedosas pretenden marcar una diferencia que se anula enseguida. Sí, hay familias en las que el antropónimo pretende singularizar hasta lo inverosímil, y las frustraciones que eso causará algún día llegarán  a la literatura. La toponimia, sin embargo, es el terreno propio de lo singular. Si hay 34 Springfield que reclaman ser la cuna de los Simpsons, mientras que en España es imposible que haya 28 Moríñigos, pongamos por caso. De siempre he sentido predilección por esas voces toponímicas que constituyen, en la mayoría de los casos, obras cimeras de poetas populares, algo así como un poema de una palabra en la que resuenan mil ecos líricos. Siempre voy más allá de la palabra en sí y trato de remontarme al momento fundacional que hay detrás de ella, un auténtico relato del descubrimiento, de la gracia, de la intuición, de la ficción, incluso. Sé que mi buen amigo, el primum inter clones Juan Poz, siempre le ha dado vueltas a la composición de un relato para el que tiene título, Comarca, y contenido, la historia pasando por ella desde el neolítico hasta el presente, pero para la que nunca ha tenido las palabras exactas ni el estilo elíptico imprescindible, porque se trata -dice el- de un relato de escasas páginas… En fin, allá él. Lo mío es el pasmo continuo del conocimiento nominal de esos topónimos que invitan a ver desengaños de escasas casas y, si hay suerte, espectaculares paisajes envolventes que justifican la elección del lugar. Lugareño siempre me ha parecido una suerte de timbre de gloria terrícola. Siempre he querido ser “lugareño”, pero no tengo más lugar que una playa en Tetuán, la arena blanca y un sol cegador… La toponimia es disciplina que tiene pocos pero fervientes seguidores, y menos lectores, a pesar de que los topónimos vienen a ser algo así como instrumentos indispensables de la Historia general y de la historia minúscula de un territorio. Siempre los he contemplado desde el punto de vista del acto poético, por más que la rudeza o agresividad de algunos invite a renunciar a dicha perspectiva, pero me quedo con los ejemplos que me avalan, antes que con los que me contradicen y que, poco a poco se van corrigiendo, como los “matajudíos” que tanto escándalo han levantado últimamente. Desde Barcelona hasta Ayamonte, me he hartado de descubrir auténticas joyas nominales que, a menudo, de verlas repetidamente en nuestros desplazamientos, pueden perder su indudable potencial poético: Candasnos, Alfajarín, Calatorao, Lodares, Estriégana, Daganzo…, de resonancias tan cervantinas, Galapagar, Fontiveros…, fuente de las verdades, podríamos traducir libérrimamente, donde nació nada menos que Juan de Yepes Álvarez -por poético nombre Juan de la Cruz-, Salvadiós, ¡ahí es nada!, Gimialcón, cercvano al anterior, Aldealengua, donde tendrían que convocarse los congresos internacionales de la lengua española, Rágama, Arapiles…, de bélicas resonancias de la Guerra del francés, Martinamor, Cabezabellosa, Talaván, Alcuéscar…, una muestra de la inacabable lista de topónimos árabes que no desaparecieron de nuestra territorio ni con la fortísima represión religiosa que siguió a la conquista de Granada, Usagre, Bormujos, Bollullos Par del Condado…, que me trajeron enseguida los versos de San Juan: la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora…, ¡y Moguer!, pero sobre Moguer anda el Poz episódico preparando su pinito lírico que no le quiero pisar. En todo caso, no puedo dejar de reseñar una brevísima visita de una tarde a Ciudad Real,  donde nunca había estado. Hablo con escaso o nulo conocimiento, por lo tanto, pero, al margen de llegar en tarde grande con procesión de velas por toda la ciudad camino de la Catedral, nada de cuanto vi concitó mi atención, menos mi sorpresa y nada en absoluto mi admiración, si hacemos excepción de os restos de la antigua Puerta de Toledo que han ubicado en la Plaza de su mismo nombre. Pensé en que el nihilismo y el abatimiento de mi amigo David están más que justificados, y que vivir en Ciudad Real, si la mente vuela tan libre, debe de ser un contraste mortificador de devastadora naturaleza. En fin…

lunes, 7 de agosto de 2017

De Chirico entre 1913 y 1976: El vivaz espíritu de la geometría.

El diálogo misterioso

En Caixafórum de Barcelona, confraternizando armoniosamente con los nativos y los turistas alrededor de De Chirico: un paseo diacrónico.

A De Chirico, como a Modigliani, Juan Gris, Seurat o Rousseau el aduanero hay que quererlos instintivamente, porque sí,  o, si no se conecta con su obra en un afortunado golpe de vista, pasar de ellos y limitarse a apreciar todo aquello que, objetivamente, es digno de aprecio, porque, del mismo modo que no hay libro en el que no pueda hallarse algo bueno, tampoco hay obra pictórica en la que alguna pieza no nos disguste excesivamente. Hay pintores que basan su potencial en la capacidad de persuasión instantánea de su mundo y sus recursos y cuando choca con un espectador refractario a esa realidad, difícil es que a través de una fría indagación en las razones teóricas de la validez de su obra pueda tener el disfrute estético que una obra, como en este caso la de De Chirico, es capaz de deparar. Yo me reconozco ferviente admirador del pintor y, por lo tanto, mi paseo por su exposición me permitió no solo reconocer sus valores universales, sino descubrir, también, otro De Chirico con unas obras casi en las antípodas de la temática que a mi de siempre me ha cautivado: la espiritualización de la geometría y la suma de paisajes, de tiralíneas surrealista y realistas puros y duros en un diálogo entre ellos algo más que curioso. Buena parte del éxito de la exposición -si es que ha sido un éxito, que lo ignoro- puede deberse al ingenioso "paseo" en que se convierte la exhibición, con plaza central incluida. Que muchas pinturas estén como suspendidas en el aire, permitiendo un contacto fluido con el entorno, es todo un acierto. Su autorretato más famoso, porque hay más en la exposición, permite la comparación con otros dos que no conocía, uno disfrazado de personaje barroco y otro desnudo, a medio camino entre Hooper y Lucien Freud. En el retrato de la vejez, el rostro parece encajarse en la estructura craneal, inventando pliegues que otorgan un relieve al desafío perdido de la juventud de la que parece querer burlarse De Chirico. Es apasionante el mundo del autorretrato, y sigo coleccionándolos en un archivo para detenerme alguna tarde en la reflexión sobre ese género tan distinto del de la autobiografía literaria. Los maniquíes, típicos del surrealismo y su animación de lo inerte, forman un nutrido grupo de pinturas -y algunas esculturas- que, a mi entender, no pueden dejar indiferente a ningún espectador sensible, como la Visión metafísica de Nueva York, un poderoso juego especular y una narración simultánea del work in progress de la arquitectura. De Chirico es algo así como el espacio ideal del sueño, el que yo escogería para los míos, si pudiera y no me vinieran dados por esas pulsiones de desconocida genealogía que tantas complicaciones me crea a veces. La simultaneidad de diferentes planos de lo real confiere una vivacidad intensa a lo prodigioso de la escena, porque en De Chirico, como en Magritte -otro de mis pintores preferidos-, el espacio tiene algo de fluido vital, no es un "decorado", ni un marco, ni una tentativa de huida, sino la vida detenida para que pueda ser mejor apreciada y disfrutada. Usualmente son ámbitos crepusculares, los de De Chirico, esa zona del twilight, ambigua, en la que tanto nos ponemos como nos alzamos, cayendo siempre de nuestra parte la selección del momento adecuado para cada escena. Los maniquíes de De Chirico hay no poco de extrañas  naturalezas muertas que apelan al contraste emociona, a la proyección y a la interpretación, más que a la admiración de la mímesis. Ejemplo de ello sería El diálogo misterioso, en el que ambos maniquíes parecen representar la escena de la Academia de Lagado, la capital de Laputa, de Los viajes de Gulliver, en la que los dos personajes van cargados con un saco lleno de todos los enseres que van a necesitar para comunicarse, por ejemplo. El contraste entre los paisajes geométricos y los paisajes románticos estrictos supone una indagación en el diálogo imposible entre el rigor de la ciencia y la pasión del corazón, pero ahí lo deja De Chirico como una propuesta para que el espectador conciba síntesis insólitas. La exposición, muy completa para un autor tan longevo, incluye piezas realistas que nada tienen que ver con ese surrealismo básico desde el que De Chirico construyó lo mejor de su obra. Incluso hay algunos bodegones de escaso mérito, como si le diera pereza competir con los grandes clásicos del género, los flamencos, el español Cotán, el francés Chardin, etc., y se limitara a apuntar ciertas sugerencias que no acaban definiendo un estilo propio, como esa sandía pasada que parece descomponerse a cada nueva visión de la obra: un proceso de "descomposición" que, curiosamente, acaba teniendo un valor descriptivo de los propios bodegones, a los que les faltara esa composición que los acredite como una aportación de mérito en el género. A nivel anecdótico, llama la atención los dos motivos españoles de la exposición, el retrato de una mujer española y un picador sobre un caballo joven y esbelto con una cola flamígera que parece en las antípodas de los jacos con que se suele -o solía- ejecutar esa suerte del toreo. De la exposición, cuyo resumen biográfico final leí con atención, saque una referencia bibliográfica muy curiosa. De Chirico escribió una novela titulada Hebdomeros. un texto que buscaré con ahínco para saber qué grado de competencia adquirió en el dibujo con palabras. La exposición, con un cierto desequilibrio en la selección de obras, lo que da pie a pensar que a ciertos autores la longevidad les es más gravosa que favorable -un juicio del que siempre hemos de exceptuar la figura de Cervantes, está claro-, permite congraciarse con lo mejor de ella y conocer facetas el conocimiento de las cuales tampoco aporta nada a un autor con un sitio bien ganado en la Historia de la pintura.

sábado, 29 de julio de 2017

Hablando no se entiende la gente...


Bueno, enseñanzas...

Anda por la red un texto excepcional de Gustavo Bueno, catedrático emérito y provocador donde los haya, en el que argumenta, con su acostumbrada pasión dialéctica, contra la tesis popular de que "hablando se entiende la gente", y llega a la conclusión contraria: que hablamos, básicamente, para no entendernos, para marcar las distancias entre nosotros consolidando el apego a la posición indestructible, al baluarte inexpugnable de la propia opinión. Se produce entonces el llamado "diálogo de sordos", que es descripción insuperable de cualquier sesión parlamentaria donde, renegando de su origen etimológico y político, “parlar”,  el parlamento cede ante la realidad todopoderosa de los números, porque en nuestro parlamentarismo, tal y como está concebido, bastaría que hubiera en los plenos un solo representante por partido, con la delegación del resto de los votos, puesto que jamás -salvo las excepciones que confirman, etc.- va a infringirse la férrea disciplina de voto que caracteriza nuestro sistema democrático. Así pues, ¿cómo ha de extrañar que la preocupación social por la expresión correcta, el buen uso de los argumentos, la capacidad de persuasión, la voluntad de estilo, etc. prosperen? Es imposible. Está por ver el día en que el portavoz de un partido suba a la tribuna de oradores y diga: después de haberles escuchado atentamente, sus razones nos han convencido y vamos a votar con Vds. la propuesta que han presentado…Una de dos, o se convertía en una anécdota que se repetiría por generaciones, como en la Edad Media los milagros o en nuestros días la sangre de San Genaro (que incluso se licuó al ganar el Nápoles el Scudetto…) o regeneraba de tal modo la vida política que abriría un nuevo tiempo e incluso una nueva concepción del sistema democrático que sería estudiada en el extranjero como lo fue la Transición. La experiencia cotidiana no alienta la segunda posibilidad, porque parece formar parte de nuestro ADN hispánico hablar a gritos y razonar (es un decir) con sofismas y eslóganes, a tenor de las comparecencias públicas de los portacoces de los partidos. ¡Cuánto echo de menos un programa como el de José Luis Balbín, La clave!, ajeno, o casi,  a la dictadura de la limitación horaria y al enojo de la publicidad, aquello sí que era un auténtico culto a la razón. En nuestra edad del Twitter y las consignas, un programa como 59 segundos, por ejemplo, en el que se le cortaba  desconsideradamente al razonante cuando éste intentaba construir su edificio argumental, supone una agresión tan desmesurada contra el amor a la palabra y al razonamiento que no hay manera de soportarlo. ¡Suerte del ensayo y de la ficción! Pero se trata de artes sordas y escasamente transitivas: del autor al lector y ahí muere el eco. Quizás proliferen de aquí a poco las antiguas tertulias de café como tribunas donde los aprendices puedan formarse como lo hicieron tantos intelectuales en aquellas famosas de finales del XIX y el primer tercio del XX:
-        D. Ramón, ¿qué cuesta más, escribir un cuento o una novela?
-        Una novela, dónde va a parar…
-        ¿Por qué?
-        Porque obliga a estar más tiempo en casa…

Los teléfonos móviles y las redes sociales, los cafés virtuales de nuestro tiempo, evidentemente no solo no son lo mismo, sino que constituyen una regresión hacia la edad de oro del orgullo satánico del soliloquio: guasapear, gorjear, feisbuquear… son monólogos ante anfiteatros de sombras . Todos nos quejamos de que nadie nos escucha, de que solo se nos busca como oyentes de mensajes, confidencias, trenos y homilías que nos endilgan inmisericordemente, porque para eso están los amigos, ¿no?  Tiempos siniestros, vivimos, para la comunicación cordial, humana; aunque esplendorosos para la transmisión de mensajes que, por su propia naturaleza, están incapacitados para construir el tópico de que hablando nos entendemos. Si la antigüedad clásica nos avisaba de que “los amigos, pocos y escogidos”, el tribalismo moderno nos exige que sean innumerables y sin discriminación posible. Si el diálogo pudo haber sido hace tiempo un intercambio de razones, hoy en día lo es exclusivamente de los dudosos axiomas de nuestra alienación favorita. Dicho de otra manera, hablando no nos entendemos porque hemos sustituido la lengua viva por su simulacro fosilizado. No es que oigamos como quien oye llover, sino como quien aproxima al oído la caracola y está convencido de escuchar, inequívocamente, el rumor del mar.

martes, 18 de julio de 2017

"DICCIONARIO CRITICO-BURLESCO del que se titula DICCIONARIO RAZONADO MANUAL Para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España", de Bartolomé José Gallardo.




Bartolomé José Gallardo o el afán polemista del XVIII prefigurando el enconado enfrentamiento cainita entre las dos Españas, en aquellos tiempos de Fernando VII, bajo las etiquetas de “liberales” y “absolutistas”.



La aventura galdosiana de Poz es de tal naturaleza -meterse para el cuerpo y el espíritu, seguidos, todos los volúmenes de los Episodios nacionales-, que cuando al paso le surge alguna lectura de esas que enseguida te imantan por lo que prometen, he tenido que tomar la decisión de suplirle y hacerme yo cargo de ellas, para descargarle algo del inmenso placer en el que anda sumido y depararme yo alguno, por estrafalario que parezca. La lectura de diccionarios es, con todo, una afición compartida, no sé si sana, la verdad, a estas alturas de nuestras existencias, pero, al menos yo,  persevero en ella porque difícilmente puede un lector tener mayor sensación de estar descubriendo algo “nuevo” que cuando se sumerge en las entradas, golfos de aguas tranquilas, de ese mar vivo de las palabras. Es el caso de este diccionario de Bartolomé José Gallardo y Blanco (Campanario, Badajoz, 13 de agosto de 1776 – Alcoy, Alicante, 14 de septiembre de 1852), un librepensador que hubo de sufrir en sus carnes la nefasta manía de pensar y de intentar comunicar a sus conciudadanos la primacía de la razón sobre la superstición y de la libertad sobre el absolutismo. Estamos en el primer tercio del siglo XIX, pero este volumen, combativo como ya denuncia el propio título, aún arrastra ecos de las polémicas que atravesaron la segunda mitad del XVIII, cuando de todo, por todo y para todo se publicaban libelos, panfletos y tratados que, sin embargo, se movían en dos espacios muy definidos: la tradición  y el progreso, enunciados quizás demasiado someramente, pero, andando el tiempo, irán revistiéndose de disfraces más reconocibles, como el que en la época de los autores, Gallardo y, al parecer, un canónigo llamado Ayala, estuvo de moda: absolutistas y liberales (o constitucionalistas, de la Pepa). De hecho, Gallardo fue denunciado, llevado a la cárcel  en el Castillo de Santa Catalina, y la edición fue retirada de la circulación. El autor del Diccionario razonado manual se escondía tras dos pseudónimos, Antonio Freire Castrillón y Pastor Pérez, declarados opositores “a las ideas liberales” desde la portada de su panfleto absolutista. Pasados unos meses se revisó el caso y salió absuelto, eso sí. Como réplica al libro del tal clérigo Ayala, Gallardo escoge el método de seleccionar unas cuantas entradas del libro de Ayala y, tras combatirlas con saña, reescribir él lo que desde su punto de vista ha de entenderse por cada uno de esos conceptos que acotan el terreno de lo que han de ser los constantes enfrentamientos civiles que van a vivirse en España desde la llegada de Fernando VII y su enemiga declarada a la Constitución que le arrebataba nada menos que la soberanía nacional, que pasaba de estar representado por el rey a ser representada por todo el pueblo español. Que el enfrentamiento es y será encarnizado, queda claro en el tono de la réplica de Gallardo:  sea cual fuere la causa, del efecto no hay dudar : la guerra tronó. Días ha ya que mi corazón presagió y leal me lo pronosticaba : siempre me temí que, desplumados los aguiluchos de Pirene , tendríamos por lo menos que ponernos careta, cuando no andar a tiros, contra la negra banda de los Cuervos que había de pugnar por sacar los ojos a los que ven claro , para tener el orbe a media luz ó dejarle a buenas noches. La lucha de la luz y las tinieblas había de renacer : lucha terrible y porfiada que apenas deja tal cual respiro a las naciones, y que empezó con el mundo y con él acabará. La radicalidad de las posturas es tal que, de hecho, lo que está en juego es, nada más ni nada menos, que la mismísima libertad de expresión, un derecho pleno del que, entre pitos y flautas, no hemos disfrutado, en toda la extensión del concepto, hasta la Constitución del 78: El diccionarista y sus agavillados no quieren que pensemos ; sino que , digámoslo así, seamos como antes pensados por ellos : ellos quisieran continuar en el alto señorío que se habían arrogado del pensamiento , expidiendo de su mano las licencias de pensar, negándose a reconocérselas a  los que no fueren ángeles de su coro.  Por eso desde el comentario al mismísimo título de la obra que elige como objeto de su crítica y como primera entrada del mismo, Gallardo dispara, como se dice popularmente, con bala: DICCIONARIO RAZONADO, “manual para  inteligencia de ciertos escritores que por  equivocación han nacido en España"— Así se titula el célebre Diccionario, objeto de nuestras lucubraciones. Manual le llama su autor , como quien dice ligero , portátil; o también, que anda de mano en mano , aunque sea como cuenta D. Quijote que andaba el Avellaneda en manos de los diablos. “Para inteligencia de ciertos escritores." Ya: para que lo entiendan los tales escritores, según aquella clausula oficial: se lo comunico a V. para su inteligencia, etc., etc. ¿ No es así? También puede ser por pasiva, estirando algo el sentido. Lo que me parece que va fuera de él es eso de escritores que por equivocación han nacido en España."  Si el Diccionario está escrito para que le entiendan o sean entendidos solos los escritores que por equivocación han nacido en España: así como nuestro Montalván hizo un libro que intitulo Para-todos , nuestro diccionarista podría rotular el suyo Para-ninguno ; porque para nadie está escrito. Nadie se elige el nacer: y donde la elección falta , no cabe equivocación. El hombre no nace donde quiere, sino donde su señora madre le quiere ó le puede parir. Si el nacer estuviera en nuestro arbitrio, pocos nacerían en Guinea , menos nacerían segundones , y casi todos naceríamos mayorazgos. Lo razonado se me quedaba en el tintero. Este tal diccionario se dice razonado ( racionalmente razonando ) por la razón de la sinrazón que a la razón se hace en él a cada renglón, sin razón , ton ni son. Si se lee adecuadamente el texto, descubriremos en él uno de esos conceptos que, andando el tiempo iría transformándose hasta acabar, en la época de la dictadura franquista, convirtiéndose en el de la antiespaña y los antiespañoles, reverdecido hoy, para mayor vergüenza suya, en el actual de los anticatalanes y anticataluña de los secesionistas totalitarios que no parecen haber aprendido nada de la Historia. Siguiendo la política establecida por Lope de Vega sobre cómo había de hablársele al pueblo, Gallardo defiende su expresión llana para ser entendido por todos: De un modo se ha de hablar al Preste-Juan, Y de otro al monaguillo y sacristán; yo he procurado no perder nunca de vista los sujetos a quienes enderezo la plática. Es preciso hablar a cada uno en su lengua ; y porque gastar fililíes y primores de estilo con ciertas gentes vendría a ser lo mismo que a la burra las arracadas , alguna muy rara vez he bajado de mi ordinario tenor, allanándome a su modo de frasear con sus mismas palabras y propios idiotismos. Todo este sacrificio he tenido que hacer en obsequio de la claridad y del mayor aprovechamiento : agradézcanmelo mis discretos lectores , y perdónenmelo ( si pueden ) los de oído melindroso : hablamos para, que nos entiendan; al tonto es menester hablarle en tonto , al sordo o teniente palabras recias, y.. . al buen entendedor pocas palabras. El método, ya digo, consistía en recordar las definiciones de Ayala, las cuales no tardaba en criticar ni desde la propia reproducción de las mismas: CONSTITUCIÓN. Según los filósofos es cierto centón ó taracea de párrafos de Condillac ( y ¿por qué de Condillac nominátim y exclusivamente? ) cosidos con hilo gordo." (El diccionarista no ha podido menos de descubrir la hilaza. ) Tan seguros estamos ( añade ) de que no será de su gusto la que forme el augusto Congreso. Ahí el concepto congreso “augusto” deja bien a las claras dónde radica la soberanía nacional. Veamos otro de esos conceptos políticos propios no solo de aquella época, sino de todas, y que, como conceptos que han pasado de generación en generación, siempre necesitan una crítica generacional: ALTA POLÍTICA. Sinónimo de lo que Bonaparte llama ma politique á moi. En España , desde el tiempo de nuestro político monarca Felipe II , siempre se ha llamado razón de estado , aun en las cosas que no son de razón ni de estado , sino conveniencia propia. No debiera ser sino la suprema ley del bien de la república ( lo que los romanos liberales llamaban salus populi ) : pero en boca de ciertos políticos, la alta política no es más que un comodín para saltar por lo más alto de la razón y la justicia, llevando las leyes do quieran reyes. Y ya puestos, acerquémonos a otro de esos conceptos que incluso hoy en día, en que andamos a vueltas con la gente, qué es la gente y quién la representa mejor,  son capitales: PUEBLO . Por pueblo no se entiende lo que dice el vocabulero , porque... , porque no se entiende , ni se puede entender lo que dice. Que me explique sino el más ladino qué entiende por este montón de palabras: “Pueblo es la colección de figuras ó muñecones que traen los titiriteros, según los filósofos.'' Hagamos de nuevo este artículo historiándole, para que sea menos desabrido. Allá en los tiempos del rey que rabió, cuando diz que los hombres no eran todos unos, sino que unos tenían la sangre roja y otros tenían la sangre azul, unos parece que eran hijos de Dios y otros eran hijos del Diablo; y en suma allá cuando había en el mundo Señores que se decían de horca y cuchillo, y Reyes que eran señores de vidas y haciendas : en aquellos tiempos , digo , por pueblo se entendía la villanesca , ó una grey ruin de animales del campo que también se criaban en poblado , de los cuales otro animal que por andar a caballo se llamaba caballero podía disponer , como disponía de sus podencos. Pero modernamente ya , con esta negra filosofía, este estudio de la naturaleza, esta monserga de los derechos del hombre , y este juego de cubiletes de la división de poderes, se hace ver que villanos y caballeros todos somos hechos de una misma masa ; y en consecuencia se ha variado la significación de la palabra Pueblo, fijándola en dos sentidos. En el más alto y sublime es sinónimo de nación, y significa la reunión de individuos de todas las clases del Estado. En este sentido decimos : el pueblo español es de su natural bizarro , religioso y amante de su rey ; y se dice también (con perdón del señor Lardizábal) la soberanía del PUEBLO. Por pueblo en sentido más humilde ( pero nunca ruin ; que en España no hay pueblo bajo ) se entiende el común de ciudadanos que , sin gozar de particulares distinciones, rentas ni empleos, viven y tienen opción a los más altos destinos y condecoraciones con que la patria remunera el mérito y la virtud. Este pueblo fue el que, el 19 de marzo del inmortal año de 8, derrocó la estatua del bárbaro Nabuco que se había colocado hasta en los templos del Señor. Este fue quien , EL DOS DE MAYO , desarmado , maldecido y abandonado por el débil gobierno de Madrid, se arrojó a las huestes del pérfido Murat , lanzando el primer grito de la independencia española : grito sublime que se oyó en los últimos términos de la monarquía, a despecho del Consejo de Castilla, que mal aconsejado y peor aconsejante , se empeñó en sufocarle con sus lánguidos gañidos. Pero la voz de la libertad triunfó y triunfa; y el proverbio de que la voz del pueblo es voz del cielo, se ve en España casi reducido a evangelio. ¡Gloria eterna al pueblo de Madrid y a todos los pueblos de España! Aunque yo solo lo recoja en parte, es interesante todo la entrada dedicada al concepto “libertad”. Como nadie ignora, la retórica dieciochesca, tan ampulosa, pero, en el campo de la sátira, tan atractiva, como se habrá podido comprobar por lo que llevo destacado, suele tender al exceso, de ahí que no quiera yo, y con estos calores estivales, dejar sin alientos a cuantos hayan decidido pasearse por esta Provincia, tan de puertas abiertas, siempre: LIBERTAD es el derecho que tiene toda criatura racional de disponer de su persona y facultades conforme a razón y justicia. Hay tres especies: natural , civil y política ; o sease , libertad del hombre , libertad del ciudadano, y libertad de la nación. Libertad natural es el derecho que por naturaleza goza el hombre , para disponer de si a su albedrío. Libertad civil es el derecho que afianza la sociedad a todo ciudadano para que pueda hacer cuanto no sea contrario a las leyes establecidas. Y últimamente , libertad política o nacional , es el derecho que tiene toda nación de obrar por si misma sin dependencia de otra, ni sujeción servil a ningún tirano. — He dicho. Y dicho todo lo anterior queda aquí para incitación de curiosos y buceadores en el vasto piélago del pensamiento español que defendió, en los momentos más difíciles, los valores que hoy nos garantiza la Constitución del 78, heredera en línea directa de la Pepa, lo cual pueden hacer con absoluta comodidad en la edición digitalizada por la Biblioteca Virtual de Andalucía, aquí.

jueves, 6 de julio de 2017

Don Giovanni, de refilón....


La ópera en bermudas y móvil... don Giovanni en l'ultimo momento y ch'io non mi pento! de haber asistido...

A última hora, encontramos dos asientos de palco con un 75% de visión que nos permitió animarnos a seguir un don Giovanni  que es ópera diletta del mio cuore por muchas razones, y no es la menos sólida que domine en ella mi tonalidad favorita, el re menor. Teníamos ganas de ir a la ópera, después de un año en blanco, espectáculo cuya democratización necesaria ha transformado lo que antaño era un acto elitista, en un acontecimiento eminentemente turístico, turismo interior y exterior, por supuesto. La mezcla de indumentarias de muy diferente naturaleza se ha convertido ya en rutinaria señal de identidad de esa mêlée de clases, aunque unos a otros nos miremos, a veces, con cierto estupor. Siempre me he preguntado por qué los carcamales que presiden esta sociedad filarmónica no aprovecharon el incendio del coliseo para hacer, de nueva planta, un teatro moderno, con plena visibilidad para todas las butacas y una acústica acorde con las necesidades de tan maravilloso género musical. No. Se escogió duplicar la tradición y honrar a los melómanos esclavistas y explotadores del XIX, como si un diseño tan elitista se correspondiera con las necesidades de un teatro de ópera en el siglo XXI. La ópera, magnífica, aunque me sonó muy pobre la orquesta. Y hubo un detalle que me "descolocó" durante casi toda la representación: el tenor, Marius Kwiecien, excelente en todo momento, era lo más parecido a Pablo Manuel Iglesias que puede encontrarse en el mundo de la ópera, y, claro está, con ese recordatorio superpuesto a su actuación, he de confesar que hube de luchar durante toda la obra con la necesidad constante de apartar la vista de él sin dejar de mirar, ¡un no vivir!, pero constante oír. En el palco de al lado se alojaba un sujeto joven que -y es la primera vez que me encuentro con algo así en el Liceo- no dejó de estar concentrado en la pantalla de su móvil durante la casi totalidad de la representación, aunque se sumara, como quien se despierta con ellos, a los aplausos de la concurrencia cada vez que algún aria o dúo o cuarteto lo requería. ¿Qué sentido tenía hacer algo así, y pagar por ello!? Como teníamos visión reducida, el auxilio de una pantalla nos permitía ver la parte de arriba del escenario, donde también se ubicaba la acción, aunque no agradeceré nunca lo bastante que la mayor parte de ella transcurriera en el piso de abajo, cuya visión completa abarcábamos desde nuestros asientos. Ha sido muy elogiada la escenografía, pero a mí me pareció algo confusa y poco práctica. Y demasiado giratoria. Quizás por ello, se cometió un sacrilegio estético de primera magnitud: poner en el piso de arriba a la estatua del Comendador y a don Giovanni en el piso de abajo. La razón es sencilla, se deshizo, con esa disposición uno de los grandes efectos de la ópera: el momento en que el comendador le da la mano a don Giovanni y le transfiere el helor de la muerte que lo va a arrastrar hasta el infierno. Ese contacto del apasionado y vitalista don Giovanni con la frialdad marmórea de la muerte se nos hurta, pues, y la escena queda, creen, más estética, cuando en realidad queda ridícula y sin sentido. En fin, no se puede ser feliz completamente en la ópera, aunque algunas hay, y de ellas ya he escrito aquí en esta Provincia, que están tocadas por ese don de la perfección. Otro fenómeno del que sí que fue testigo auditivo mi Conjunta, porque estaba más cerca y yo muy concentrado en la música, fue que sonaron dos timbres de móvil, ¡a pesar de que al inicio de la función se insiste convincentemente de que se apaguen! Me temo que como el percance vaya en aumento, vamos a tener que pasar por arcos de detección de móviles al entrar en el teatro, ¡qué menos para evitar la profanación sonora de los móviles en el Templo de Euterpe! En fin, que a pesar de los pesares, no nos arrepentimos de haber ido. Mozart es demasiado Mozart, y el reparto estuvo a la altura de nuestras expectativas: don Giovanni, al final, a pesar del atentado argumental, incluso puede considerarse que llenó de justificado pavor a la audiencia ante su condenación. A modo de cotilleo, quede la constancia de haber coincidido con dos políticos en ejercicio, Collboni, figura decorativa en el Ayuntamiento, y Millo, Delegado del Gobierno en Cataluña. El primero, altivo como corresponde a cierta izquierda pseudoexquisita; el otro, afable y campechano, como corresponde a cierta derecha pseudopopular.

jueves, 29 de junio de 2017

De "Tanguy" a Platón...



O la independencia no entra en mis planes..., de momento.

Es experiencia ajena y la vivo como propia por excusadas razones. Una pareja amiga vio con su hijo una película francesa que debería tener más seguidores de los que tengo entendido que tiene, a juzgar, al menos, por el pobre eco que tuvo entre los críticos populares de FilmAffinity: Tanguy, de Étienne Chatiliez, el reconocido autor de La vida es un largo río tranquilo. La historia es sencilla y los frecuentadores de esta Provincia mayores de 50 años pueden entenderla a las mil maravillas: una pareja se harta de las excusas de su hijo para no independizarse, y, habiendo llegado al convencimiento de que se merecen una vida de intimidad sin la presencia intrusa de su propio hijo, que ronda la treintena, se conjuran para hacerle la vida imposible con la loable intención de animarlo a independizarse de ellos. Tiempo después, la vimos mi Conjunta y yo con nuestro primogénito y mientras ella y yo nos escacharramos de la risa, a él maldita la gracia que le hizo. El caso es que la situación se va complicando por momentos e incluso llegan padres e hijo a un pleito judicial por iniciativa del hijo, que les acusa de querer dejarlo literalmente "en la calle", y con lo puesto. La película no es una comedia redonda, está claro, pero la situación me parece no solo excelente, y propicia a los magníficos gags que tiene, sino, sobre todo, actual y casi de película de denuncia social: la inmensa comodidad con que afrontan ciertos hijos el momento de independizarse de sus padres y el resto de la familia. En Usamérica ese momento está claramente delimitado por la graduación en la universidad. Volver a casa después de graduarse, en vez de instalarse por cuenta propia, se considera un fracaso existencial de primera magnitud. Nada que ver con lo que ocurre en este país, en el que la independencia de los hijos no llega, por norma general, hasta los treinta e incluso más allá de ellos. Es perfectamente comprensible que, en muchos casos, fuera de casa, el nivel económico de los hijos puede caer a niveles que linden casi con la pobreza, pues los sueldos de prácticas o de empleos submileuristas no son, por supuesto, una perspectiva halagüeña: en muchos casos, esos sueldos se convierten en un pretexto para tener dos: el que se cobra, y el que se deja de pagar por los gastos a los que no se contribuye en la casa familiar. Y aquí es donde leyendo Las leyes, de Platón, mi buen amigo Juan Poz descubrió un texto platónico que viene que ni pintado para este asunto y acredita, además, las lejanas raíces históricas del mismo: El recién casado debe considerar una de las casas de su patrimonio como el lugar en que nacerán y se desarrollarán sus hijos, y debe separarse de su padre y de su madre para celebrar allí sus nupcias, constituir allí su vivienda y alimentarse allí él mismo y su prole. Pues cuando, en efecto, a los afectos se une algo de nostalgia, esta aglutina y liga todos los sentimientos, mientras que una convivencia fastidiosa y desprovista de esta nostalgia que nace con el tiempo separa los corazones debido al exceso de la saciedad. Esta es la razón por la que hay que dejar su casa a los propios padres de su mujer, y de la misma manera que si uno se hubiera marchado a colonias debe vivir visitándoles y recibiendo sus visitas, ocupado en la procreación y educación de los hijos, transmitiendo de una generación a otra la llama de la vida, sin dejar de servir a los dioses de conformidad con la ley. Se advierte, pues, que no es de hoy este "problema" que resolvió el refranero con su habitual laconismo: el casado casa quiere, sino de siempre. Es inútil que los padres se empeñen en recordarles a sus vástagos que ellos se abrieron (léase en jerga cheli) hacia la vida como la Ferrusola... dixit sed non fecit -en latín macarrónico sin "misales"-: "con una mano delante y otra detrás", en un piso de 43 metros cuadrados, con un sueldo corsé, de pura estrechez, sin coche, cultivando los reestrenos en las salas de doble sesión..., y con una televisión de tercera mano en blanco y negro... No están los tiempos, parece, para heroicidades que no sean la indignación y el antiestablishment a ultranza, sobre todo si la política se hace desde el salón comedor dd la casa donde a uno le ponen la sopa boba, con ínfulas de delicatessen, y disfruta de un apartamento con todas las comodidades, conexión por cable a la red incluida... Sí, aunque dicho hoy en una reunión de jóvenes causase un comprensible estupor e incluso un conato de incredulidad, hubo un tiempo en que la máxima aspiración de los jóvenes era "irse de la casa familiar", ¡en las condiciones que fuera! -habitualmente eran de las que compungían y horrorizaban a aquellos padres de los que se huía, ¡y cuanto antes! La vida és rara i és absurd el món, canta Sisa en La verbena dels desamparats -de un disco que se títula Visca la llibertat!-, uno de cuyos versos bien puede considerarse, hoy, desde el punto de vista de esos hijos apalancados una prueba eximia del cantado absurdo: Ui que feliç que em sento aquí, tot sol...



El pacto.


Amanecer...

Decimos amanecer y, salvo que se sea animal de noche que llega a esas horas disociado por la estupefacción, nos perdemos en un vago referente del que perdemos memoria salvo, acaso, en las terribles noches incendiadas de verano, cuando el sudor, la incomodidad y el hastío nos empujan del lecho a la terraza e incluso a la propia calle, donde descubrimos, si el mal humor nos deja, lo que realmente significa amanecer, más allá de la literatura, el cine y algunas mitificadas experiencias de la adolescencia o la primera juventud. La lentísima graduación del negro al gris paloma contra la que se recortan las calles y los árboles, entre cuyas copas de hojas renovadas se instalan los destellos mortecinos de las amarillentas farolas, en modo alguno sugiere una lucha, porque todo transcurre como un pacto de no agresión: yo me retiro, tú te instalas. Como cada día. Hay una sutil armonía de colores a esas horas de semipenumbra: el rojo brillante de los frenos de los coches, la mole gris galena instalada en el punto de fuga de nuestra contemplación, los oscuros edificios que desperezan su negror de sueños colectivos, las líneas blancas del asfalto, el gris perla de las primeras palomas y algún destello blanco de las gaviotas afónicas que extienden su perímetro de caza a las calles de la ciudad. Desde el coche, entrar en Barcelona cuando amanece es hacerlo en una ciudad extrañamente silenciosa y ordenada. Pocos transeúntes, salvo los noctívagos, los nocherniegos, almas apegadas a embrujos de guardarropía. Aún las mangueras no trazan su arco gris de aljez sobre las aceras dormidas, pero el quiosco de prensa abre, sin embargo, su hueco de ventana impresa, abierta al mundo. Qué lenta transición del azul oscuro casi negro a los colores deslucidos del día nublado. Y sigo el vuelo amplísimo de una gaviota  y me asalta el recuerdo del azul de la piscina Picornell reflejado en su pecho poco antes de posarse en un borde del inmenso pilón para calmar la sed. Ni siquiera hay perros cuyos dueños dormidos se dejen llevar por la necesidad de los canes. Amanecer es una palabra hermosa. Y en su mejor momento, un claroscuro de medias tintas y una serenidad pactada. Es hora de excursionista que sueña con cimas elevadas y trochas endemoniadas. El amanecer es un ecosistema breve, forzosamente transitorio. Moverse por él es descubrir el juego sutil de las transiciones, una invitación a la tregua y al entendimiento, al abandono de la nitidez y el rigor. En el amanecer uno mismo va despertándose a sí propio con una suavidad a menudo olvidada, con un mimo merecido, con una esperanza convincente y un deseo sinuoso. No hay dos amaneceres iguales, ciertamente, de ahí el espíritu cinegético con que compiten con los amantes del crepúsculo. Ambos son breves lenguas, de media luz y de brasa herida, extendidas en el horizonte por  el que se pierde una mirada que vaga, atenta al contacto, que encuentra, que no busca. Sí, Amanecer es una palabra confusa, dubitativa, y a veces nos sorprende que su referente sea como es, como somos: una sinfonía muda de grises.

lunes, 19 de junio de 2017

¿"Nuevo" PSOE o "de nuevo" el PSOE?


Aún se esgrimen los bates, con nombramientos y votos, tras el debate y el Congreso. Una crisis cerrada en falso o ¡cuánto bueno que me equivocara de medio a medio!

Tengo, como saben los frecuentadores de esta Provincia, raras costumbres, desde seguir -completos- debates de investiduras, mociones de censura, discursos de clausura de congresos o lectura de propuestas políticas farragosas como la declaración de Granada, de todo lo cual voy dando liviana cuenta en este territorio más quevediano que ambicioso. Y no es cosa de hombre ocioso y despreocupado, sino tradición que se remonta a los primerísimos años de nuestra democracia, como aquella mágica moción de censura de González, por ejemplo. Téngase en cuenta que los debates políticos de campaña son cosa de hace muy poco y que, en consecuencia, quien quería saber de la acción política de los diferentes partidos con representación parlamentaria tenía que oírlos in situ, y ninguna ocasión mejor que esas investiduras o ciertos plenos que se anunciaban casi como el día D y la hora H, una engañifa política que aún sigue vigente, aunque no creo que tenga tanta capacidad, actualmente, para engañar a los votantes. En política, si algo se aprende pronto, ello es que nunca hay ni día D ni hora H, del mismo modo que en las elecciones, casi hasta la dimisión de Almunia, nunca hubo vencidos. Tras el texto dedicado al debate, me he tomado la molestia, relativa, de ver y oír el discurso de asunción de responsabilidades de Pedro Sánchez al frente, en su segunda etapa, del PSOE, aunque él se presente poco menos que llovido del cielo y sin pasado a sus espaldas, acaso porque dos elecciones perdidas, y consecutivas, no son bagaje de buen agüero, pudiéramos decir..., retorciendo el dicho popular. Lo que más me inquietaba de la figura política de Sánchez sigue haciéndolo: la inconsistencia de un mensaje modernizador que tiene en los tópicos y en las generalidades su asiento. Aunque a él le parezca mentira, ha hecho un discurso del que un 50% lo firmarían no pocos en el PP y, por supuesto, todos en Ciudadanos, algo que hicieron con anterioridad en el intento de gobierno de coalición frustrado por la pinza de Podemos y el PP, porque es evidente,¡apodíctico!, que Podemos es hijo del PP y de sus esfuerzos por ningunear al PSOE para evitar que la descolocada izquierda descolorida de la rosa llegara al poder: mucho mejor, ¡dónde va a parar!, tener enfrente una pseudoizquierda maximalista y utópica -pero de la utopía barata de la corrección política-. Y eso es lo que hemos visto recientemente en la moción conjunta de censura entre ambos, aunque tengo para mí que tanto compadreo les ha acabado pasando factura a ambos, sobre todo porque el discurso de Ábalos, con hechuras de socialista "a la antigua", muy "de casa del pueblo", supo marcar el territorio entre ambos y reivindicarlo, un poco al estilo de Jorge Lorenzo clavando su bandera en los circuitos cuando gana. Recordemos el resultado del debate: Irene María, dantesca; Pablo Manuel pedantesco, y Rajoy más farfullador que nunca. El discurso de clausura del Congreso del PSOE ha sido una suerte de ensayo de mitin electoral en el que ha habido más flojedades que fortalezas, salvo el eslogan al que auguro tiempos mejores: La izquierda de gobierno, frente a la utópica de los círculos. No sé si Sánchez, que anda algo sobrado, se lo había preparado lo suficiente, pero ciertas indecisiones, ciertas torpezas elocutivas, un "digresiones", un "no resulta de ser curioso" y algunos patadones dialécticos más no le han permitido cuajar una buena actuación. Ha sobreactuado en la pintura fraguiana de la situación aunque no garbancee, y se ha despachado con una ristra de tópicos de adoquines del infierno que ha encadenado sin rubor y sin vergüenza por caer en ellos. Me ha parecido que había una contradicción que puede acabar convirtiéndose en un cul-de-sac: la insistencia en "girar a la izquierda" y la revindicación de la socialdemocracia. En Francia esa socialdemocracia ha sido barrida, y la ola centrista se ha llevado también por delante a los insumisos de Mélenchon. Ha insistido Pedro Sánchez en reivindicar el PSOE "de siempre" y, al mismo tiempo en presentarse como el portador de la semilla del "cambio", que no se sabe, haciendo un facilón juego de palabras, si será un auténtico cambiazo, como le reprochan ya quienes, desde los compañeros de viaje de Podemos, señalan sus incoherencias ideológicas, como la defensa de los artículos 1 y 2 de la Constitución frente a la eclosión utopista de soberanías múltiples y nacionales, y, sobre todo, el rechazo a ir de la mano -¡menos mal!. de a quienes tan progresistas les parecen a los de Podemos: Derecha Republicana de Cataluña y los proetarras de Bildu. La moción de censura, que estaba pensada como arma arrojadiza contra Susana Díaz para desalojarla del espacio de "izquierda" -o lo que los de Podemos entienden por tal- se ha acabado convirtiendo en una declaración de guerra a Ciudadanos para evitar, desde ese día en adelante, que les pueden volver a poner en el compromiso de tener que defender el gobierno de Rajoy frente al de Sánchez con Rivera. La ingenuidad más llamativa de Sánchez es creer que aún puede volver a reeditar los acuerdos con Ciudadanos y que Podemos se pueda sumar  a ellos. Ha hecho bien en pretender "recuperar" los socialistas que le birló el izquierdismo de salón de Podemos, pero eso es incompatible, al menos a mi torpe entender, con ocupar el centro que Ciudadanos esta cultivando -y ahora con el referente de Macron. con cierta habilidad. Es cierto que Rivera ha escorado su partido hacia el centro-derecha, y lo que no se sabe es si aún existe ese centro-izquierda al que apela Sánchez con una etiqueta, socialdemocracia, que parece hacer aguas en Europa. Lo de Corbyn ha sido una carambola que no responde a los esquemas del continente y sí mucho al desencanto del Brexit.  La permanente "demonización" del PP, en vez de una inteligente apelación a que tomen las riendas del partido gentes que se planten inequívocamente contra la corrupción y quieran regenerar un partido que, guste o no, sigue siendo el más votado en el hemiciclo, no parece el mejor camino para un objetivo, reformar la Constitución, para el que la colaboración y el entendimiento con el PP no solo es obligado, sino necesario. ¿Con quién cree Sánchez que va a contar para ese cambio constitucional? ¿O le ha subido la fiebre y cree que van a "barrer" al PP del Congreso y que tendrán la mayoría suficiente para hacerlo? Las "recetas" de Sánchez para sacar a los españoles de la crisis y a España de la amenaza de quiebra, a poco que los tenedores de deuda decidan no renovar la confianza en nuestro país, son, en términos generales, de una superficialidad exaltada que asusta. He tenido la sensación que ya tuve durante la larga campaña de primarias: allá donde iba prometía algo cuyo cumplimiento no dependía enteramente de su acción política, en un ejercicio de chovinismo visitante vergonzoso. ¿No lo es, vergonzoso, que hable de crear más y mejor empleo, como si, de la noche a la mañana, nos fuera a plantar en los presupuestos el plan quinquenal correspondiente, que prometa a los "exiliados económicos" que "se los va a traer de nuevo a casa" con todos los honores, esto es, con trabajos de jauja, y otras promesas por el estilo, incluida la supervivencia de la minería del carbón, por ejemplo...?  Finalmente, lo del "problema territorial", que solo es tal en quienes se empeñan en considerar los nacionalismos como la expresión inequívoca de mayorías populares que no existen más que en la propaganda y en la imaginación calenturienta de quienes independizarse mediante un golpe de estado, lo ha tratado con esa superficialidad con que ha construido todo su discurso, tan viejo, en todo caso, como los propios de González, pero sin aquella vieja convicción de quienes querían "modernizar" un país que aún estaba más cerca del XIX que del XX, cuando acabó imponiéndose la transición a la democracia. La plurinacionalidad es una suerte de brindis al sol cuando hay fuerzas, como el nacionalismo catalán identitario, retrógrado y secesionista, que aspira a dar un golpe de estado para quebrar la unidad de la nación recogida en la Constitución. Si la política que nos propone Sánchez es un juego de filigranas nominales en vez de la defensa de conceptos claros y compartidos por todos, le auguro que su entusiasmo acabará estrellándose contra la realidad implacable de las urnas. Y esta es la última reflexión que quisiera hacer.Tras haber perdido dos veces consecutivas contra el PP, intentar "desalojar" a Rajoy por la puerta de atrás de una coalición inverosímil, no solo no tiene sentido, sino que, ¡afortunadamente!, los "actores" ya han dicho con rotundidad que no están dispuestos a prestarse a los intereses electorales de Sánchez. Asi pues, Sánchez se ha citado con las urnas para el más difícil todavía: ganar al PP en ellas, ser el partido más votado de España. Todo lo que no sea eso, mucho me temo que tendría que implicar la renuncia inmediata de Sánchez a la dirección del partido y la convocatoria de un Congreso extraordinario para elegir un nuevo Secretario General, una nueva ejecutiva y, sobre todo, un programa ajustado a los deseos y las necesidades de los españoles. Ya veremos en qué acaba todo. Digamos que este Congreso ha sido la primera vuelta de un proceso que aún no ha terminado. Por ahí cerca se perfila ya, según y cómo sea su oposición a la mayoría actual, unas elecciones anticipadas para las que de poco van a valer discursos tan inespecíficos, tópicos y superficiales, lindando en algunos momentos con la demagogia, como el que ha endilgado a sus seguidores en la clausura del Congreso, seguidores que se merecían un mayor esmero, más altura retórica y principios más sólidos que las arengas de conveniencia. 
Sigo atento el desarrollo de los acontecimientos.

jueves, 15 de junio de 2017

La cultura como hecho cotidiano. Presentación de "Regreso a Twin Peaks", de errata naturae.


Las series como fenómeno social y objeto de atención cutural: Enric Ros, Raquel Crisóstomo e  Iván Pintor teorizan en La central del Raval con lucidez y entusiasmo sobre Twin Peaks y David Lynch.

Ayer por la tarde, un hombre de barrio como yo, se desplazó no más de quinientos metros y asistió, en La central del Raval, a la presentación de un libro que no va a convertirse en best-seller, aunque lo merezca, y que convocó a un público heterogéneo pero muy interesado en el tema del mismo: el análisis de la nueva entrega de Twin Peaks que ha filmado David Lynch, así como de la trayectoria del director, de su mundo cinematográfico y, por supuesto, de las dos primeras temporadas de la serie que, en su momento, supuso un ante y un después para el mundo de las series, tan antiguo como la existencia de la propia televisión, por supuesto. En aquel tiempo yo la seguí, como todos los aficionados a la televisión de calidad, por supuesto, pero he de reconocer que la deriva paranormal y espiritista de la serie me defraudó no poco, no así, por supuesto, la puesta en escena ni la capacidad de crear imágenes de Lynch, un arte en el que solo es comparable a maestros como Fellini, por ejemplo. Lo primero que ha de decirse de la presentacion es que es un placer inigualable el hecho de oír a quienes saben de qué hablan y tienen no solo una capacidad analítica demostrada, sino un sentido del humor, una naturalidad en la expresión y una sensibilidad que conectaron enseguida con el auditorio, o al menos así me lo pareció a mí. La editorial tiene un fondo magnífico y, repasándolo, compraría no menos de 20 libros para cuya lectura no sé si dispongo de suficiente tiempo, teniendo en cuenta los compromisos previos. Que tengan una colección dedicada al mundo de las series no es tanto una extravagancia cuanto lo contrario: una señal inequívoca de buen olfato editorial, porque pocas personas pueden presumir hoy de no haberse enganchado a alguna de las magníficas series que se están produciendo.  Mi estrategia particular al respecto es antifriky, porque hasta que no acaba una temporada y puedo verla "seguida" no me meto en ellas. Mad Men, cuyo libro es el que yo aproveché para comprar,  me ha hecho esperar no poco a que salieran los vídeos de la última temporada, por ejemplo, con el consiguiente sufrimiento. Pero Dos metros bajo tierra o Breaking Bad, sin embargo, las vimos mi Conjunta y yo, a razón de tres y a veces cuatro capítulos de un tirón, día tras día. Por eso a Juan Poz se le ocurrió titular su crítica de Breaking BadUna película de 46 horas y 30 minutos o la atracción magnética de una obra de arte aristotélica. Los tres presentadores elucubraron un buen rato acerca de los valores de la obra de Lynch y, aun a riesgo de espoilear lo suyo, hicieron jugosas comparaciones entre el carácter hiperabstracto de la nueva Twin Peaks y el valor "local" de las primeras entregas. Fueron muchas y muy curiosas las noticias acerca de la obra y la persona de Lynch, sobre todo esa anécdota sobre la "fase preverbal" del director en su relacion con su primera esposa, con quien, al parecer, se comunicaba con gestos y sonidos inarticulados... Más allá de las anécdotas, a este espectador de la presentación le quedó el riguroso análisis del mundo de Lynch y la constante sensación de ser llevados por él al límite de la representación y de la deconstrucción de los códigos narrativos y fílmicos, una permanente transgresión vanguardista de todo sin tener un nexo directo con aquellas vanguardias, aunque compartiendo con ellas buena parte de su necesidad de evasión de lo que Ros etiquetó como la "lógica aristotélica". Me lo pasé muy bien, lo reconozco, pero ¿a quién no le ocurriría lo mismo si se hallara ante tres "fieras" de lo cinematográfico como ayer me hallé yo? A lo largo de este año he asistido a un curso de Historia del Cine, impartido por uno de los presentadores de ayer, Enric Ros, quien nos invitó a asistir a la presentación, lo que, ahora a posteriori, no puedo sino agradecerle mucho, porque, al margen de haber descubierto esta "biblioteca de las series", tan interesante, me permitió pasar una hora y media que contrató poderosamente con la alienación política que me ha supuesto seguir durante dos días interminables, castrianos, una moción de impostura que ha ido de la nada a la más alta cumbre de la miseria... En fin, pequeños actos como el de ayer marcan el pulso de la cultura viva de una sociedad, bastante más allá de sus estructuras políticas, que tienden a anquilosarlo todo con sus discursos demagógicos del odio, la revancha y la imposición. Aprendí mucho, disfruté más y ahora solo me queda leer el libro que me compré, claro, el de Mad Men.

lunes, 5 de junio de 2017

Artroscopia de rodilla para un menisco roto y un cartílago desmelenado…


La rutina hospitalaria de un enamorado de las intervenciones quirúrgicas o la factura de una vida maratoniana.
A cinco días vista de la operación de artroscopia de rodilla para sanear un menisco roto y un cartílago deshilachado, y sin ningún dolor que me quite las ganas de pasearme narrativamente por tal suceso, asomémonos a esos rituales tan comunes a todos los españoles que, un buen día, para nuestro alborozo, recibimos la noticia deseada, tras largos meses de espera: de aquí a tres días le operamos, el día antes le volvemos a llamar para darle instrucciones… Además de rasurar la rodilla desde un palmo por arriba hasta un palmo por debajo, de tomar las pastillas que conservaba desde el preoperatorio a punto de caducar y de enfatizar las rigurosas 6 horas de ayuno total, ¡ni agua, oiga!, me presento en el garaje, me estacionan en un box y dos gentiles enfermeras me “preparan” para bajar a quirófano, adonde llego para ser estacionado su buen rato en la unidad de reanimación antes de entrar en ese reducto subterráneo donde pronto caes en manos del anestesista que te hacer repetir la larga lista de incompatibilidades farmacéuticas que, al menos a mí, me caracterizan. “Sé lo que tengo que hacer”, enfatiza, con acento sudamericano. Y a mí me da poca confianza, claro, porque que te repitan una obviedad así cuando estás a punto de que te taladren la rodilla para ver qué hay ahí dentro y reparar lo que se pueda, te intranquiliza. En cualquier caso, me administra una intradural, ojo, no epidural. Y en menos de un cuarto de hora la sensación es la de estar atado, de cintura para abajo, a la izquierda, a un bloque de mármol de algunas toneladas. Me ponen una barrera entre el cirujano y mi campo visual, pero descubro a mi derecha, parcialmente, el monitor por el que se guía el cirujano para operar y bajo la barrera con la mano, ante el estupor de los presentes, quienes me lo recolocan para que pueda observar las maniobras del cirujano con el instrumental en el interior de la rodilla. Me extrae un trozo de menisco, limpia la cavidad y luego me muestra un cartílago deshilachado y en pésimas condiciones. Me lo “afeita”, dice que tiene poco grosor y firmeza y me anuncia que la única solución consiste en infiltrar ácido hialurónico y a ver cómo va y que, si no funciona, soy candidato a una prótesis. No son noticias agradables para quien, como yo, esperaba salir de la operación con alas mercuriales en los pies que me permitieran renovar mi vida maratoniana. Las imágenes no engañan, desde luego, y la genética menos: todos mis hermanos andan aquejados de artrosis por parte de madre. La pierna derecha se ha ido durmiendo poco a poco, pero no con la pesada intensidad de la izquierda, que sigue siendo ese bloque de mármol o esa maceta de hormigón armado en el que los mafiosos plantaban los cadáveres de sus ajustes de cuentas. Del quirófano me llevan a la sala de reanimación: una hilera de siete camillas con personas con distintos niveles de conciencia y, en general, con pinta de haber sufrido un buen “meneo” quirúrgico. Pido que me incorporen la espalda y domino totalmente la sala. El mármol sigue dormido, la derecha se despierta. Así sentado, casi desafiante, casi me da por imitar a Homer y largar un “¡Me aburro!” que, sin embargo, se me nota en la cara, al parecer, porque las enfermeras, muy amables, como todas las del hospital, insisten en que aún no es tiempo de subir a boxes para acabar de despertarme y marcharme a casa. En un acto heroico muevo el mármol hacia dentro casi dos centímetros. Intento el desplazamiento contrario hacia fuera y la inmovilidad silenciosa del esfuerzo inútil me asusta: me digo que estoy experimentando por primera vez en mi vida lo que es la amputación, del mismo modo que el recuerdo de mi primera anestesia general lo tengo asociado a la muerte súbita. ¡No hay como animarse en situaciones así…! Finalmente, me llega la absolución: me transfieren al piso primero a los boxes donde me recibieron para acabar de despertarme e iniciar la maniobra de salida definitiva. Entré a las 15’30 y voy a salir, si todo va bien, a las 20’30… No, no se me ha pasado “volando”, pero el despertar de la mole en modo alguno ha sido traumático ni doloroso, que es lo que más me sorprende. Me piden una exhibición de movimiento para asegurarse de que “controlo” las extremidades inferiores y no voy a acabar dando un traspiés y con los morros en el suelo. Por suerte, reparo en que, con el desentumecimiento, el vendaje compresivo que me han puesto me va a provocar, como ya lo hizo el del talón en la operación del espolón, una alergia de contacto que me va a llevar a la desesperación y a cortar por lo sabe, rompiéndolo con la tijera y poniéndome la crema Lexxema que me alivia las crisis alérgicas. La enfermera advierte mi determinación, se asusta, consulta con el equipo que me ha operado y, acompañada de una ayudanta, me cambian el vendaje por otro de algodón puro, menos compresivo, pero igualmente aparatoso. Ya veremos, me digo, aunque ha resultado mano de santo el cambio, pues cuatro días después de la intervención, aún no me ha dado ningún ataque alérgico que me desespere, aunque aún me quedan siete días por delante hasta volver a ver al cirujano para que me infiltre el ácido hialurónico, una dosis, he comprobado en internet, que se va los escocedores 300€ que voy a tener que “reunir” con motivo de mi próximo aniversario. Cojo un taxi, me planto en casa, y nada más entrar por el portal con las muletas un vecino nos dice que el ascensor está estropeado. O sea, que, con las mejores trazas alpinistas de Kilian Jornet, en modo cámara lenta, inicio la ascensión al cadalso, porque, para mi mal, no logro conciliar el sueño, no sé hacerlo boca arriba. Me levanto y comienzo ya el compromiso que había adquirido: durante este mes de inmovilidad, más o menos, me leeré, en su integridad, los Episodios nacionales de Galdós. Volver a Galdós, por quien siento devoción, ha sido la mejor decisión que podía haber tomado. Desde el primer volumen vuelvo a sentir la misma cordialidad narrativa que cuando me engolfé en las novelas contemporáneas y, con especial emoción, en Fortunata y Jacinta, El amigo Manso, La desheredada, La de Bringas, Nazarín, Miau y tantas y tantas como me han alegrado la vida lectora. Consciente de que quiero hacer una “buena recuperación” leo hasta diez horas diarias y me muevo lo justo, y con las muletas. Me echan la bronca constantemente, a la que recupero, siquiera sea brevemente, la vertical, y tratan de impedirme que colabore, a mi manera, en ciertas faenas domésticas. El hecho de no sentir ningún dolor y de que a los cinco días pueda ir doblando levemente la rodilla me anima a ciertas veleidades, pero dentro de lo razonable. Todas las horas de lectura son buenas, pero las de 6 a 8 por la mañana, con ese suave fresquito de amanecida, en una galería en la que me siento como el protagonista de La ventana indiscreta, no tienen parangón… Aficionado al Real Madrid, he de decir que el gol del desempate provisional, el de Casemiro, me llevó a encoger la pierna operada para dar el bote pertinente -ignorando cómo sin el auxilio de las muletas…- y ahí sí que el dolor se me agarró como solo esos dolores postquirúrgicos saben hacerlo, pero, ¡por suerte!, no llegué -¡no pude!- a encoger completamente la pierna y continué sentado, aplaudiendo, eso sí, el alivio de ponerse por delante el equipo y garantizar la eventual prórroga que, al final, no fue necesaria. En fin, aún me quedan días de inmovilidad, pero ya voy pudiendo entrar en el ordenador para, como ahora, dejar constancia de esta diminuta aventura quirúrgica a la que seguirá un tratamiento posterior en el que no me queda más remedio que confiar: el asfalto me espera…

miércoles, 31 de mayo de 2017

Actualísima crónica parlamentaria de 2013


Encerrados con un solo juguete: El estreno especioso de Oriol Junqueras.

Me permito tomarle prestado el título al amante bilingüe Juan Marsé para escribir esta crónica parlamentaria parcial. Lo es, parcial,  porque, aun a pesar de que seguí íntegramente el desarrollo de la sesión en que, a consecuencia del artefacto de agitprop que es el llamado "derecho a decidir", se votaba si el pueblo catalán es sujeto político soberano, no pude tener la visión que a mí más me hubiera gustado tener, la que enfoca desde el punto de vista de quien está en el uso de la palabra frente al resto de la cámara, porque es la visión que permite observar las reacciones a las intervenciones de los portavoces, algo que muy parcamente suelen ofrecer las cámaras cuando, desde el punto de vista televisivo, es lo más atractivo de la sesión. Algo así como los barridos que nos ofrecen las cámaras en los intermedios de los partidos de tenis, una práctica que ha arruinado la espontaneidad inicial con que se conducían los espectadores: ahora hay ya espectadores a quienes les interesa más captar la atención de la cámara que seguir el partido. No ha pasado algo así en la sesión parlamentaria, aunque algunos parlamentarios son conscientes de ese control de la cámara y suelen, cuando son enfocados, asentir o disentir con cierto énfasis para que se aprecie su servilismo -antes llamada adhesión incondicional- en las altas instancias del partido. La sesión del Parlamento catalán en la que se votaba sobre si el pueblo catalán es sujeto político soberano, tuvo, en sus señorías, dos actitudes muy diferentes. Por un lado, el bando de los solemnes, CiU, ERC, IC-V y por otro el de quienes, enfurruñados o displicentes, se oponían a que el Parlament tuviera poder para decidir algo así, opuesto a los preceptos de la Constitución española. Y luego estaban los probatasunos de la CUP, que se servían rancho aparte. La división de la cámara se hizo evidente al final de la votación, cuando los partidarios de la soberanía rompieron a aplaudir ni se sabe a qué ni a quién, con un ritmo mecánico exento de toda exaltación, y mucho menos de levitación -algo físicamente imposible en el caso de Junqueras- que contrastaba mágicamente con "el momento estelar en la historia de un pueblo milenario", etc. Cuando un parlamento inicia sus sesiones con un descafeinado golpe de estado, que eso fue la aprobación de la declaración de soberanía, enseguida se sabe que no habrá sorpresas, que cada cual se ajustará a su papel y que, como mucho, algunos podrían violentar la obligatoriedad del voto y desmarcarse, para hacerse notar y quién sabe si proveer  puentes por los que transitar hacia otras formaciones políticas que valoren su "valor contestario y su rebeldía patriótica", como así ocurrió con diputados del PSC ex-psoe que se guardaron la democracia en el bolsillo porque, al parecer, atentaba gravemente, la decisión de la Dirección, contra su conciencia política personal. Los execrados diputados de Unió, sin embargo, votaron siguiendo escrupulosamente el compromiso democrático que da sentido a su federación y cumplieron a rajatabla con su obligación. En la sesión oí por vez primera un discurso más o menos largo del jefe de ERC, Oriol Junqueras, profesor universitario que a mí me pareció profesor de parvulario, o de Secundaria en grupos de nivel bajo. Es alarmante el éxito político de este señor, porque es la simplicidad hecha discurso, es decir, se dirige a un electorado educado por la LOGSE, cuyo nivel de razonamiento todo el mundo algo culto sabe perfectamente cuál es, audiencia a la que adecua el mensaje con frases simples y escasísima subordinación. Utilizó en su intervención una lógica de las verdades del barquero, esas que sólo te permiten ir de una orilla a la de enfrente y vuelta a empezar, cuyos fundamentos son bien conocidos: la legalidad la establezco yo cuando me da la gana, y eso es lo que vamos a decidir aquí. Para los catalanes no existe la legalidad española, sino la legalidad democrática catalana, emanada, al parecer, de una manifestación callejera. A partir de esa premisa, el señor Junqueras desplegó un razonamiento en el que todo encajaba porque sólo se sustentaba en su libre arbitrio. Frente a ese castillo de naipes en el aire, pasó desapercibida la intervención del representante del PSC ex-psoe, quien se limitó, con cierta dureza de guardarropía, a constatar que tal proposición se saltaba a la torera la Constitución y que ellos no seguirían a los poponentes de la declaración por el camino de la ilegalidad. La contundencia de Alicia Sánchez Camacho, sin embargo, quien se expresó en perfectos castellano y catalán a lo largo de su intervención, si bien que empezara en castellano levantó los típicos rumores en la sala cuya traducción no puede ser mas que ésta : "comencem amb les provocacions...", sin pecar de tergiversador, porque se trata de una realidad que se manifiesta en cualquier circunstancia social, que los secesionistas vean el uso del castellano como una provocación; su intervención, decía,  fue un acto de realidad que desmoronó por completo la escasez de razones fundadas de los soberanistas. Tras ella, la intervención de Herrera, el monaguillo nacionalcomunista, tuvo la virtud de, como le sucede siempre, sumir al auditorio en una somnolencia en la que el cámara de televisión tuvo el detalle de no captar los bostezos o ronquidos de sus señorías, aunque desde el otro lado de los televisores, los espectadores pudimos ver con nitidez la espesa nube de incienso del botafumeiro de las piadosas intenciones humanitarias del interviniente, si bien anteponía a ellas el soberanismo, aunque los proponentes del mismo fueran quienes andan jodiendo de lo lindo a los sufridos catalanes con sus recortes presupuestarios y su incapacidad para gestionar la economía regional sin caer en el caos y la paralización, que es, al decir de los patronos y los banqueros, catalanes ambos, a donde lleva la soberanía que busca el estado propio. Albert Rivera fue, acaso, el más explícito: leyó el artículo primero de la Constitución española, donde se establece quiénes son los depositarios de la soberanía nacional, y a partir de ahí, dijo que todo lo demás holgaba, y que para perder el tiempo no era para lo que los habían elegido los ciudadanos. Se despachó a gusto contra CiU y ERC y bienvenidó a Pere Navarro al bloque constitucionalista, momento en el que la cámara enfocó al representante socialista para ver cómo se le formaba en el rostro un rictus de desagrado que a punto estuvo de provocarle un ictus, aunque mantuviera el tipo como pudo. La Camacho había iniciado el saludo de bienvenida al club, que conste. La intervención del probatasuno de la CUP fue tan irrelevante como la del representante de CiU, el corrupto Oriol Pujol, imputado en el asunto de las ITV. El joven moderno probatasuno hizo un alarde de realismo sin precedentes al reivindicar que el verdadero sujeto político es la entelequia denominada Països catalans. El segundo, reprochó al PSC que se alíe con las fuerzas españolistas. Y así se llegó a la votación. Aprobada la declaración de soberanía, comenzaron esos aplausos desconcertados con que los jugadores se pasaban el juguete unos a otros, al estilo de la bola orgásmica que aparece en The Sleeper de Woody Allen. Pareció por un momento, que estaban todo en el orgasmatrón más soso que pueda imaginarse -con la Presidenta de la cámara y la consejera de educación de por medio ya se entiende claro...-. Eran los miembros de una tribu en peligro de extinción que se animaban los unos a los otros para no desfallecer en su intento por transmitir de padres a hijos que un día fueron los reyes del mambo, digo de la sardana, y que si persistían en su reconocido talante segregacionista, autoritario, xenófobo y soberbio acabarían por prevalecer contra las asechanzas de la realidad exterior, llena de gentes diferentes totalmente de ellos, es decir, de la chusma, como solía decir su padre fundador, Pujol.

viernes, 26 de mayo de 2017

“Las personas del verbo. Contra Jaime Gil de Biedma”, de Joan Ollé.



Entre la devoción, la mitomanía y el cabaret poético: Gil de Biedma se parte por tres -yo, tú, él-, en un desnudo integral coreografiado por Joan Ollé.


Después de pasar, sin éxito, por Amposta para despedirnos de Tortosa con un arroz como la zona manda, y encontrárnosla en animado y masificado siglo XIX, seguimos camino para evitar colas en la autopista y llegar a tiempo para el espectáculo de Joan Ollé sobre la vida y la obra de Jaime Gil de Biedma, una suerte de homenaje en el que se quiere pasar revista a la obra humana y literaria del poeta desde sus propios poemas, sus declaraciones y sus Diarios, el último de los cuales se ha publicado recientemente. El “montaje” o la “propuesta escénica” -conceptos que sustituyen el anticuado de “obra teatral”, un género al que, desde el propio mundo teatral, parecen empeñarse en sentenciar a muerte- es simple y no tan efectiva como hubiera sido mejor para el espectáculo, aunque tiene una estructura que será del agrado de cuanto profesorado de literatura vaya a verla, porque se ajusta, como un guante, a esos espectáculos de consumo estudiantil sobre lecturas obligatorias para el bachillerato que han llegado a crear incluso un circuito teatral propio. Este espectáculo, desde esa perspectiva, sería todo un lujo. Hay una suerte de estética cutre, de pobreza de golfería, que, casando bien con algunas facetas humanas del biografiado, no cubren la total complejidad de su persona. Los textos están bien seleccionados, pero la innovación: tres actores encarnando al mismo personaje, sin que ninguno de ellos se adjudique, en principio, a una etapa biográfica, a pesar de las dispares edades de los tres, funciona en ciertos momentos y en otros se revela un obstáculo para el objetivo perseguido: que el público empatice con el poeta y comparta con él su aventura biográfica. Ahí las diferencias de nivel entre unos y otros intérpretes crean cierta disonancia, cierta falta de homogeneidad que afecta a la creación del clímax que se pretende. La exigencia de la impostación elocutiva le quita intimidad a la representación, sobre todo en el impetuoso, aunque escrupuloso Iván Benet; y solo en la voz de Mario Gas se recupera, para desgracia el público mayor que sordea, el tono de confidencia íntima que debería de haber sido la norma en toda la representación. El uso de la filmación, la grabación de voz y el añadido de dos canciones, una de Paco Ibáñez, bien adaptada a su voz por Judit Farrés, aunque se echaba de menos la poderosa voz grave del vasco, sobre un texto de José Agustín Goytisolo, al que le dedicó un álbum realmente imprescindible, y otra de Joan Manuel Serrat, contribuyeron, en algunos momentos, a convertir la escena en una suerte de “cabaret poético” por el que, sin embargo, no se insistió lo que acaso se debería de haber insistido, porque manifestaron no poca gracia los intérpretes en esos momentos y mostraban un lado frívolo del poeta que también existió.  Cada cual, supongo, si lector del poeta, esperaría los poemas que lleva grabados en la memoria. Pensé, durante la representación, que el De vita beata sería el broche de oro de la representación pero  no fue así, y se escogió un apagamiento naturalista en un entorno hospitalario que, francamente, constituyó un anticlímax excesivo. Nada nuevo se aportó, sobre la vida o la obra del autor; ningún poema poco conocido se destacó como olvidada pieza significativa; y se magnificó, a mi entender, la posición política del poeta y su significación ante la represión franquista con un tono excesivamente triunfalista. En conjunto, y a pesar de un movimiento en escena que no siempre respondía a una concepción dramático clara, sino a la necesidad de “mover” a los intérpretes para huir del estatismo parlante, la obra consigue cierta agilidad cinematográfica que permite pasar de unos textos a otros, de unas etapas vitales a otras, con cierto ritmo, sin demorarse ni apresurarse en exceso. Leyendo la nómina del equipo técnico, me ha llamado la atención la presencia en él de un “asesor de dicción en lengua castellana”, tarea para la que, naturalmente…, se ha escogido a un licenciado en Filología Catalana , profesor en la URV. Choca, ¿o no? En fin, supongo que el asesoramiento de un castellanoparlante de soca-rel acaso se hubiera visto como una “intromisión” imperdonable… En todo caso, los tres intérpretes en ningún momento desmerecen fonéticamente del castellano un si es no es aguardentoso de Jaime Gil de Biedma, aunque la impetuosa claridad elocutiva de Ivan Benet marcaba una distancia excesiva con el recuerdo que guardamos del poeta, de su voz y de su recitación. Había algo en la representación de propuesta televisiva, porque en todo momento tuve la impresión de estar viendo una entrega de aquella magnífica L’illa del tresor que Ollé hacía mano a mano con Joan Barril en una televisión catalana que no se si hoy estaría dispuesta a permitírselo.