sábado, 15 de abril de 2017

Viernes Santo en el tubo resonante...



El ataúd de las fotografías íntimas.


A las 7'30 de la mañana de un viernes santo, sin un alma por la calle, salvo la perdida mía, con el 59 que inicia su perezosa andadura a las 8'45, me llego a titubeante pie ayuno hasta el Hospital Clínico para someterme a la tortura de una resonancia magnética de la próstata, como manda la edad y, sobre todo, el 28 de PSA que tiene a mi urólogo entre desconcertado, alarmado y desconsolado, no sé si a partes iguales. Me citan por la entrada de Córcega, pero, como es festivo, está cerrada. He de entrar por Villarroel. Pido información de la ubicación del sótano al de seguridad y me remite al mostrador de información. De camino, un médico me dirige hacia “entre las escaleras 3, 5 y 7”, indicándome que baje por ahí al sótano, que no hay pérdida. Pero la hay. A través de pasillos vacíos, excepción hecha de mi alma perdida, llego a lo que parece la sala de espera principal. Paso la tarjeta por el código de barras del dispensador de citas y me sale el papelito por el que me citarán. Me siento a leer. Con Platón entre las manos, la aparición de una cucaracha -segunda alma en la sala- gigantesca que se dirige a mí con la velocidad de quien aún no ha desayunado, aunque no creo que haya sido paciente del tubo de resonancias- consigue que me desvíe del mundo ideal hacia el material para percartarme de que mi presencia no la intimida, antes al contrario, va lanzada, como si pretendiera remontar vuelo al llegar a mis zapatos y deslizarse por el interior de mi pantalón. Antes de que tal cosa suceda, me levanto de un salto grotesco y me sitúo a espaldas de la invasora en un espacio en el que se supone que no debería estar. En vez de pisarla, la debilidad compasiva del ayuna me mueve a espantarla, aunque casi he de llegar a tocarla para que la cucaracha rubia, pero poco seductora, agite rítmicamente los élitros coriáceos y acelere su paso hacia el zócalo por el que se desliza hacia el final de la amplia sala de espera. Después aparecen dos mujeres arregladísimas que se acomodan unos asientos más allá de donde estoy. Como me ven leyendo, y después de cruzar un saludo breve, hablan con voz de iglesia. No tardan en avisarme. Primer pasillo, la enfermera que me abre una vía en la vena. Vuelvo a la sala. No tardan en volver a avisarme. Segundo pasillo. Entro en la sala de la resonancia, pero aparece, ignoro por dónde, la enfermera con un chute de Buscapina Compositum que me va a fastidiar el día, porque ya sé que me provoca reacción alérgica, como el Nolotil o el Ibuprofeno, entre centenas de medicamentos más. Me desnudo, me pongo la bata y me hacen pasar al ataúd cilíndrico. Me atan a la altura de la cintura el dispositivo que me fotografiará laminarmente la próstata para saber si ha hecho nido o no algún tumor cancerígeno, que es el temor del urólogo y el mío propio, claro está. De paso, los brazos, que caen dentro del dispositivo, han de restar inmóviles. El joven técnico, amable y sonriente, a pesar del día y de la hora, me pone en la mano izquierda una pera que he de apretar con insitencia si “la cosa” va mal, me veo imposibilitado de “soportarlo” y quiero que me saque de “allí”, lo que él hará “inmediatamente” -¡qué consoladora una palabra acabada en mente, con lo que afean y degradan las narraciones, aun a pesar de que, a veces, sean inexcusables!-. “Media horita y listo”, me dice para animarme. “¿Todo bien? ¿Vamos allá?” El enérgico “Allá” no es una dirección, como todo el mundo sabe, sino el espacio adverso de un túnel en el que apenas se cabe y cuyo techo dista milímetros de la punta del apéndice nasal. La imagen recurrente es la del enterrado en vida que despierta del estado cataléptico y descubre, para su horror, que no solo está vivo en el féretro de la muerte, sino que, detrás de la tapa que no va a poder abrir, hay su buen quintal métrico de tierra, por lo menos. Mi suerte fue que, al centrar el aparato en la próstata, la cabeza estaba tan cerca del final de túnel que mirando hacia arriba distinguía no solo la luz sino algo del resto de la habitación. Con todo, hube de recurrir al poder de concentración más intenso de que soy capaz para relajarme, cerrar los ojos y apartar el pensamiento del tiempo, de mi incomodidad, de los conatos de comezón que me aparecían por todo el cuerpo, etc., y respirar acompasadamente. Eran las 8’30h de la mañana y no había dormido ni medio bien, una hora y media en vela, haciendo un crucigrama, pero el ruido de la máquina -contra cuya agresión me instalaron unos auriculares protectores- era tan intenso que no había manera de “caer dormido”, ¡con lo que lo hubiera yo agradecido!  El peor momento fue cuando, apartándome de mi intención inicial, me dio por calcular a qué altura de la media hora me encontraba. Desentendido como estaba, hice cálculos hacia atrás y trataba de recordar cuántos “turnos” de inyección de sonidos estridentes había sufrido para, tomándolos como base, deducir algo.  Abandoné el intento y procuré distraerme de la tentación fortísima que me temblaba en los dedos para alertar al encargado, haciéndole evidente que mi serenidad había tocado techo… y que “necesitaba” urgentemente ser sacado del cilindro tétrico en el que se me había consumido la serenidad y la esperanza de cumplir. En ese momento, sin embargo, oí su voz fresca y juvenil: “¿Cómo va eso?” “Va”, respondí, por si captaba la ironía del absurdo e imposible movimiento, pero no. “Tres minutos y ya estamos”, añadió. Y ahí sí que desaparecieron todas las inquietudes. ¿Cómo no iba yo a poder sumar tres minutos más al tormento vivido? Después vinieron los elogios por mi capacidad de resistencia, pero salí, como siempre que me *ataúdan, con flojera de piernas, la incipiente urticaria por la Buscapina que ya se abría camino, y un vacío de estómago que me llevó hasta el 59 sobre nubes de algodón, sin azúcar.

domingo, 2 de abril de 2017

Días de Radio...



La radio: donde la palabra reina en la república de las voces.


Es curiosa la supervivencia e incluso el auge, me atrevería a decir, de un medio de comunicación como la radio, diríase que, tras la invención de la televisión, poco menos que llamado a desaparecer. Sin embargo, no solo no es una reliquia del pasado, sino una pujante realidad del presente. Ignoro qué relación tienen los demás con la radio, pero la mía es que oigo más horas de radio al día que horas veo de televisión, sin que tampoco, dada mi afición a la lectura y  otras manifestaciones artísticas o sociales, puedan considerarse excesivas. Pero cuantas horas paso en la cocina, y ese sí que es mi reino, ha de contarse que son horas de radio. De un tiempo a esta parte, sin embargo, y eso es lo que quiero contar, tengo más que serios problemas para sintonizar la SER. Me explico. Al modo de aquella película, La Trampa, con Catherine Zeta-Jones y Seann Conery, en la que la actriz había de atravesar un espacio cuajadito de células fotoeléctricas que tendían una red que permitían atrapar a cualquier ladrón que intentara acceder a la codiciada pieza tras la que andan, en mi cocina pasa lo mismo. Tengo el transistor en la repisa de la campana, pero a la que me muevo hacia izquierda, para trabajar sobre la mesa de mármol, atravieso una de esas señales e inmediatamente la emisora se me cambia a una sudamericana cuya potencia eclipsa la de la SER apenas me muevo. Procedo, entonces a retirar el aparato y lo coloca, debajo de los armarios, sobre la tostadora, donde se defiende mejor de las agresiones de esas emisoras que no sé siquiera si son piratas o legales. A la que vuelvo hacia la fregadera, por donde quien cocina no puede dejar de pasar a cada rato, vuelve a saltar la emisora y, entonces, he de trasladarla  a la estantería que hay sobre la mesa, etc. ¡Un tormento! No se acaba ahí, porque, una vez perdida mi emisora de referencia, me las veo y deseo para entre Radio Taxi, radio Vaughan, y las radios latinas antedichas volver a sintonizar la SER, la que, cuando logro fijarla, casi me da un vuelco de alegría el oído. No soy radiodependiente, pero advierto, no sin cierto orgullo, que he acabado inculcando la afición a mis hijos, quienes, cada dos por tres, me "secuestran" el transistor para realizar diferentes menesteres, desde ducharse hasta afeitarse pasando por ordenar la habitación o cualquier otra labor para la que la radio es siempre una grata compañía. Supongo que en otra ocasión aludí a mi afición a cocinar en compañía de Radio Olé, y así es. Del mismo modo que no desayuno o como sin los informativos de la SER, tampoco cocina sin Radio Olé. Inexplicable, con todo, pero es lo que escucho, y quienes se zampan mis "creaciones" culinarias -el último invento La perla negra: un arroz de verduras con morcilla de Burgos...- no se quejan en absoluto. De cuando la crianza de los hijos -pasa ya de los 20 años- se me quedó, por cierto, la costumbre de oír las retransmisiones de los partidos de fútbol, de tal manera que, desde entonces, ya me ha sido imposible, salvo casos excepcionales, asistir a la retransmisión televisiva de un partido sin tener la enojosa sensación de estar "perdiendo y desaprovechando" el tiempo, algo que se extiende, salvo por la parte cinematográfica, al resto de la programación. La radio tiene la virtud indiscutible de ser un medio en el que la palabra lo es todo, porque con ella se construye y deforma la realidad. Se conoce mejor a las personas simplemente oyéndolas que viéndolas. Y la palabra hablada permite tener un conocimiento de la sociedad que les es imposible de conseguir a los medios escritos o a los audiovisuales. Esta afición la traslado al automóvil, sobre todo desde que se me estropeó el cargador de CDs y me negué a gastarme un dineral para reponerlo. Ahí, sin embargo, me ocurre lo mismo que en la cocina: la lucha de emisoras en el espacio abierto radioeléctrico deja chiquita La matanza de Texas, la verdad..., y la primera víctima, ¿no se adivina?, es siempre la SER. En los 600 km de un trayecto habitual Barcelona-Madrid, no son menos de 6 o 7 las emisoras que voy ganando y perdiendo, lo que me permite tener un conocimiento bastante preciso del estilo de radio que se gastan por esas comarcas de nuestra piel de toro, algo así como la divertida sección de la prensa comarcal en el programa de Javier del Pino, A vivir que son dos días. Ignoro si las generaciones jóvenes -al margen de las combativas emisoras de barrio- mantienen con la radio una relación tan afectiva como la mía, pero para quienes nacimos antes de la llegada de la televisión a España, qué duda cabe de que la relación con la radio tiene un vínculo difícil de perder y acaso de explicar, porque la imantación de la radio en la niñez de ayer quizás solo sea comparable a la de los videojuegos para los niños de hoy. No se trata de echar el oído atrás y rescatar, melancólicamente, aquellos espacios de humor con Pepe Iglesias, El Zorro, zorrito para mayores y pequeñitos..., -de donde me vendrá la querencia de la SER, me imagino...-o la gravedad con que mi padre oía "el parte" o nuestra asistenta, mientras planchaba y yo la acompaña, el serial de sobremesa; sino de reconocer cómo la vida de tantos y tantos ha estado marcada, a lo largo del tiempo, por ese culto a la palabra hablada que es complemento indispensable de la palabra escrita. Lo de la lucha en el espacio radioeléctrico que vivo en mi cocina es signo inevitable de estos tiempos tan competitivos que vivimos, en los que, sin embargo, las nuevas tendencias políticas quieren erradicar la lucha por la supervivencia que ha marcado a generaciones de seres humanos desde que o el azar o la necesidad nos hizo parecer en el planeta.

jueves, 23 de marzo de 2017

"Tío Vania", en el pomposo Teatre Nacional, o el empecinamiento en las polillas.


Muestrario anticuado de las miserias de la institución familiar: Tío Vania o la anacronía de cierto realismo.

No todos los clásicos salen indemnes del paso del tiempo, aun siendo clásicos para los programadores y retos para actores y actrices que siempre creen poder añadir un inconfundible "toque personal" a la encarnación de personajes una y mil veces representados con éxito y con fracaso. El montaje de Tío Vania que he visto en el Teatre Nacional, a cargo del Moma Teatre, con dirección de Carles Alfaro y en una traducción de la obra al valenciano por parte de Rodolf Sirera, aun habiéndose representado en una de las salas pequeñas del complejo teatral, en un formato "íntimo", podríamos decir, supone un loable intento de extraer del clásico de Chejov la precisa descripción de las miserias familiares que son más que propias de la institución, algo así como la condición sine qua non de su existencia, de ahí que, en principio, y salvo extraordinarias, por raras, células beatíficas de la misma, todos nos podamos sentir identificados con lo que se nos representa en escena. Lo primero que llama la atención del espectador, sin embargo, es lo archidifícil que resulta representar sobre las tablas la realidad con la naturalidad con que solemos vivirla cotidianamente, enseguida detectamos mil y una imposturas que nos distancian de lo que en ellas se representa, y que introducen no tanto la famosa distancia brechtiana, porque no hay sátira en Tío Vania, sino imagen especular de lo real pura y dura, mímesis a raudales, cuanto la desconfianza en lo auténticamente humano de lo que se representa: pasa todo, como por arte de birlibirloque, de la realidad a la ficción, en lo que esta tiene de artificio, y por ahí se abre una brecha de escepticismo respecto a lo representado que bien puede hacernos algo dura de llevar la representación. Me refiero, como no puede ser de otra manera, a un sinfín  de tics interpretativos que forman un catálogo del peor y más manido repertorio de la actuación teatral: los  súbitos cambios de tono, la tonta carrerita sin sentido hacia el mutis, el silencio roto por una voz en penumbra que no traspasa el umbral auditivo de la tercera fila del patio de butacas, la necesidad constante de recurrir al utillaje para "justificar" una acción inexistente  en un decorado único, el comedor de la casa de campo familiar, o el uso excesivo de algún recurso escenográfico "estrella", en este caso una hamaca en la que, cuando dos intérpretes se sientan juntos, nos llega más la incomodidad que sufren en postura tan forzada que la supuesta intimidad que deberían compartir, porque los vemos sufrir en el escorzo y como con ganas de soltar un "¡échate para allá, hombre, que me atosigas!"... o el piano cuya música en directo tanto perturba la correcta audición de los parlamentos de los actores.Con mucho, sin embargo, lo menos atractivo de la representación fue el tono uniforme de la representación, átono, que ni de lejos captaba el realismo de tono menor de los conflictos de la obra de Chejov, cuya virulencia se presenta camuflada bajo un barniz de cotidianidad que tiende a sofocarla, hasta que estalla....discretamente: se trata de algo así como de grandes pasiones sotto voce. En esos momentos del desenlace es cuando la obra, hasta entonces demasiado gris se anima un poco y logra emerger con algo de vivacidad el terrible mensaje que se ha ido desgranando a través de la representación: la impostura del saber, la vida desperdiciada en aras del genio ajeno, los amores imposibles, el de la hija del intelectual bastardo por el joven médico ecologista avant la lettre, el del tío Vania por la segunda mujer de su cuñado, y la sumisión laboral en aras del intelectual que, como un "señorito", aunque consorte, vive a todo tren de los réditos de la finca que administran, gracias a su austeridad, su hija y su cuñado. Aunque el nivel de la representación permite "salvar los muebles" de la misma, e incluso hay alguna escena sobresaliente, como la de la atracción erótica entre el médico y la cuñada de Vania, que nos lleva camino del desenlace cuando éste advierte que jamás va a lograr que su cuñada se interese por él, hay una tibieza de la estimación que fatalmente impone  su dominio, al menos sobre este espectador, y del que ni siquiera el desenlace, con un anticlímax de resignación  que aún ensombrece más la mísera realidad de los personajes, logra rescatarlo. En todas las familias hay personajes como los de Tío Vania y relaciones de poder que lo envenenan todo, de ahí que semejante constatación no tenga poder suficiente, por si misma, como para renovar la cita con una obra cuya reescritura constante por parte de Chéjov quizás buscaba paliar una insatisfacción, acaso con el diseño de los personajes o en la propia situación de partida, que se advierte enseguida. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

¿Qué fue de la tópica y virtuosa "serietat" catalana?


Los antropólogos catalanes asisten, descolocados, y entre asombrados y ensombrecidos, a cambios sociales nunca antes vistos.

Los tópicos nacionales y regionales tienen una tradición que se remonta, acaso, a la escisión de la horda primigenia. De entonces acá, las caracterizaciones de las colectividades con fuertes afinidades entre sus miembros, retratos con frecuencia interesados..., y muy a menudo rigurosamente objetivos..., han alimentado singularidades, desprecios, envidias, compasiones y emulaciones que han llenado páginas y páginas de antropología barata, de psicología de baratillo y de nacionalismo de andar por casa. Baste saber, para tener una idea de la insustancialidad de todos estos tópicos, que, en el siglo XVI, los castellanos (sí, sí, los de Castilla) tenían fama en Europa de "graciosos", lo que equivaldría en nuestra España de hoy a la fama de los andaluces. La visión romántica ensalzó lo "genuino" de cada comunidad, lo peculiar, los "rasgos diferenciales", como la esencia de todos y cada uno de los habitantes de ciertos territorios, sean estados, regiones o comarcas. Para complicar el asunto, claro, nunca deja de tener vigencia la división norte-sur que afecta a extremos como los países nórdicos y los ribereños del Mediterráneo y a cada uno de esos países, el Véneto y Sicilia, sin ir más lejos. Queda claro, pues, que sobre ciertos tópicos lo mejor es enfrentarse a ellos con respeto y una distancia entre crítica y humorística que permita, sin ofender, desmitificar; sin faltar, desnudar; sin pontificar, relativizar, y, sin llama viva, cauterizar...  Hoy he querido prestar atención a un rasgo constitutivo de eso que algunos podrían entender como "personalidad" catalana  (asociación sintagmática que, sin llegar a oxímoron, claro, sí que toma el rábano por las hojas, dada la inequívoca absurdidad de enjuiciar a una colectividad como a una persona, quizás a imitación del concepto religioso "cuerpo místico", usado por el cristianismo para su Iglesia): me refiero a la tradicional serietat, "seriedad", que hasta hace muy pocos años bien podía tenerse como una "marca" colectiva de la que prácticamente todos los catalanes sin excepción nos enorgullecíamos, fueran cuales fueran nuestra ideología, nuestras creencias, nuestra profesión o nuestras aficiones. Parangón de ella sería la "puntualidad británica", por ejemplo. Es evidente que no somos una comunidad en la que no falten facinerosos, lladres, desvergonyits, mandrosos, penques i corruptes, pero nuestra seriedad había pasado todas las pruebas del algodón de los tópicos y brillaba lustrosa, impecable, magnífica, terne como la aguja que señala al norte. Distinguíamos, perfectamente, entre los somiatruites y los assenyats, entre quienes viven de falòrnies ("mentiras", "quimeras", "desatinos") y quienes se ajustan al principio de realidad más estricta. Desde que un falso Mesías, sin embargo, confundió la realidad con el deseo y embarcó en el escuálido catamarán de la secesión a cuantos se dejaron engañar por tan atípico sirénido, me parece evidente que ese fundamento básico de nuestra comunidad, la seriedad incuestionable, ha pasado a mejor vida bien lejos de aquí, porque a nadie se le oculta, y es doloroso reconocerlo, que poco queda de ella en pie que pueda aguantar los sotracs, las sacudidas del vendaval de enajenación política que la ha barrido de nuestra sociedad en poco menos de cinco años. Sí, seamos justos, hay muchos que intentamos mantener, y hasta con porfía, ese tópico dentro de los límites que le garanticen la pervivencia; pero es harto doloroso contemplar cómo buena parte de nuestros conciudadanos han escogido, como en una Saturnalia, tirar pel dret de la locura política aun a riesgo de desfigurar por completo ciertos rasgos de identidad que todos compartíamos y que a todos nos enorgullecían. De enorgullecernos todos hemos pasado a verlos a ellos energumenecerse con todo tipo de arcaicos ritos tribales, disfrazados de pseudomodernidad contestataria, que los han ido reduciendo a la estrecha cárcel del fanatismo, el odio al prójimo a quien rechazan por razones tan diversas como el origen de nacimiento, la lengua o la ideología y, lo peor de todo, me atrevería a decir, el nulo respeto a las leyes que rigen nuestra convivencia. Nos creíamos, como colectividad, al margen de las derivas colectivas hacia la intolerancia y el totalitarismo, pero desde hace cinco años observamos con no poca preocupación la cantidad enorme de puentes convivenciales que esas derivas han ido rompiendo sin escrúpulo alguno e incluso con rufianesca celebración ebria de una identidad forjada en el odio al otro que va a dejar unas cicatrices de larga y costosa reabsorción por un cuerpo social maltrecho. Son muchos los términos que describen la chirigotería carnavalesca en que llevamos viviendo desde hace cinco años, cuando se despertaron los más bajos instintos colectivos por chamanes que no han tenido empacho, para asegurar sus fortunas personales y sus situaciones de privilegio, en engañar a cuantos ilusos se han creído esas ilusiones que el tiempo acabará diluyendo como la gota horada la piedra; y no pocos los embaucamientos de todo tipo, históricos, sentimentales, raciales -ahí está ese ADN catalán genéticamente más cerca del francés que de cualquier otro, en labios del señor Junqueras- que no han trabajado sino en pro de una sola idea remachada día y noche a través de unos medios de comunicación públicos secuestrados por una minoría política en votos y solo mayoritaria en diputados de un Parlamento en que los votos "de aldea" están hiperprimados sobre los votos "ciudadanos", y por unos medios privados que viven de la subvención pública arbitrariamente concedida por quienes tienen secuestrados los medios públicos: el supremacismo, de honda raigambre totalitaria. Es frecuente hablar del Movimiento Secesionista en términos teatrales: el sainete, el vodevil, la farsa, el esperpento..., y es evidente que no pocos de los actores que salen a escena día sí y al otro también acreditan que así se haga: un presidente elegido a dedo casi con nocturnidad y alevosía; un Ministro de Asuntos Exteriores, a quien solo recibe la extrema derecha de Finlandia o de Usamérica, y que ni tiene asuntos ni sale apenas de su Consejería para no acumular más ridículos; un juez aficionado a "dictar" constituciones en sus ratos libres, que son todos, porque desde que le pagaron para no hacer nada, lo bien que ha vivido el revelador de los hechos ocultos y delictivos de los conjurados del Movimiento; un partido que fue el pal de paller, primero, luego la Gran Casa, se supone que del Gran Timonel..., y que ahora, disminuido a la insignificancia, hamletea si será o no será en las elecciones por venir, por más que las quieran plebiscitar y cuyas fuerzas para la desconexión menguan a la misma velocidad que emigran sus últimos votantes; un gobierno de derechas sostenido parlamentariamente por un grupúsculo antisistema, etc. Sí, es evidente que hoy somos el hazmerreír de España, de Europa y del mundo mundial, y que aquella seriedad que nos caracterizaba está en riesgo de desaparecer para siempre, de ahí que esos antropólogos a los que me referían no dejen de maravillarse ante lo que sucede, ante lo-que-es, que no es más que-lo-que-hay: un festival de despropósitos que nos está arruinando una reputación trabajosamente conseguida, porque, desde que en la nueva República Onfalocrática Catalana se atan los perros con butifarras, se hartan de hacérnosla desde todos los sitios, desde donde reina una seriedad equivalente a la nuestra y, ¡ay!, también desde donde somos, actualmente, su más sombrío y riguroso espejo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Elogio terco y sentimental de la carta: entre el panegírico y el epicedio.

Jean Raoux, Mujer joven leyendo una carta, 1719

Esa extraña y feérica burbuja extramuros de todo que es la relación epistolar.


Quien haya vivido sentimentalmente pendiente de recibir las cartas manuscritas que le aliviaban la soledad, le confirmaban la promesa del amor o le consolaban del tedio de la soledad en el internado o en la vida de pensión entenderán que, en las postrimerías de esa institución a punto de desaparecer, como algunas hermosas especies animales, alguien pierda un rato de tiempo para entonar un panegírico con aires inequívocos de epicedio de la carta postal manuscrita y enviada con el franqueo correspondiente a través de un servicio de correos sin cuya creación muy otra hubiera sido la Historia del mundo, la pública y la privada, la íntima. Quien haya escrito cartas, con amor y primores de letra con pretensiones de inteligibilidad -no siempre conseguida- desde el acceso al uso de la razón no ignorará la poderosa carga sentimental que hay en el rito de situarse ante la cuartilla -en mi caso un folio doblado para escribir sobre sus cuatro caras- y, en el mejor de los casos, dar continuación a un diálogo iniciado tiempo atrás, con el cruce de las primeras cartas de correspondencias que se alargaban quizás años, mediante la fórmula conveniente, a veces el simple nombre propio sin otra expansión que ya se daba por supuesta. No es inusual escribir cartas teniendo delante la recibida, y menos aún, dejar de mirar la ajena y la propia y perder la vista en la ensoñación de la figura del o de la ausente y representarse la vida en movimiento para ajustar a la realidad de la presencia el mensaje que le queremos hacer llegar, como si en vez de escribirlo, se lo confidenciáramos al oído y estuviéramos pendientes de su reacción física, la única verdadera. La carta, cuando lo es de verdad, tiene mucho de comunión física, y cuando sostenemos el papel en nuestras manos, entramos en contacto físico con la persona que nos escribe, y no pocas veces hasta se llega a besar esas cartas de poderes taumatúrgicos. Hablo de un mundo poco menos que desaparecido, lo sé, pero también de millones de biografías en las que capítulos fundamentales de las mismas se han escrito en forma epistolar. Mientras que el Diario o el Dietario es género que acaso nunca se pierda, y ciertos Blogs o Bitácoras no son sino una metamorfosis ajustada a los tiempos cibernéticos, la epístola está en un tris de poder darse por finiquitada. Hace unos días murió Juan Soto Viñolo, a quien un conocido mía ayudó a dar forma editorial a las cartas a la imaginaria señora Francis, y si hoy nos parecen de hace dos siglos aquellas manifestaciones confidenciales: espero que al recibo de la presente…;  sin otro particular se despide de Vd…;  el propio hecho de recibir una en nuestros buzones junto a las únicas cartas que aparecen ya en ellos, las del banco y las suministradoras de energía -si uno no se ha pasado a la factura electrónica-, nos alarma y nos preguntamos con recelo: ¿pero quién me escribe a mí?, y aun hasta nos sentimos incluso algo ofendidos, como si  hubieran violado la intimidad de nuestro buzón a través de una manifestación “personal” por cauces no controlados, porque mientras un correo electrónico uno puede lanzarlo a la papelera con total indiferencia, ¿seríamos capaces de no abrir una carta postal que viene a nuestro nombre? Hay algo mágico en la comunicación epistolar postal que no ha logrado preservarse en los medios actuales de envío y recepción de mensajes, y de esa pérdida es de la que he venido hoy aquí a lamentarme sin aspavientos pero con profundo dolor, sobre todo cuando, como ha sido mi caso, desde los 14 hasta los 20, viví literalmente “pendiente” de ese modo más que humano de comunicación. Ahora, a la vejez viruelas, lo uso con mi hija, aun viviendo ambos en la misma casa. Mantenemos una relación epistolar que, al menos a mí, me hace sentirme coherente con mi propia historia individual. Las cartas constituyen un rito, y parte fundamental de él es que no se leen nunca nada más llegar a nuestras manos. Las cartas siempre han de someterse a un proceso de sedimentación en el espíritu en el que se desarrolle la intuición sobre su contenido, y, al tiempo, el temor o la esperanza que nos generará. Tener sobre la mesa una carta sin abrir durante al menos un par de días prolonga la excitación cordial con que la hemos recogido del buzón y nos permite disfrutar con mayor intensidad de su hipotético contenido. Claro que las excepciones de rigor implican, en según qué proceso de amores o desamores, rasgar el sobre de cualquier manera y precipitarse, como el sediento en el oasis, a las aguas claras o turbias de las nuevas que se quieren ingerir de golpe, enteras, como la medicina que cura o palía o como el veneno que aciagamente condena. Cuando la serenidad y la circunstancia se alían para “entregarnos” en el clásico “cuerpo y alma” a la lectura de la carta, ¡qué majestuosidad, entonces, la de los movimientos precisos que abren el sobre con la daga inofensiva del cortaplumas!, ¡qué leve temblor de emoción en los dedos que entran en el recinto inviolable y extraen las nuevas de incierto signo! Cómodamente sentados, habiendo buscado la calma y, sobre todo, no ser molestados o interrumpidos; habiendo creado, pues, un espacio de intimidad extramuros la cotidianeidad, estamos en condiciones inmejorables de proceder a la lectura demorada de la carta para, una vez leída, volver a leerla inmediatamente, y así tantas veces como exija la ansiedad o el placer con que se ha seguido la caligrafía rebelde, endemoniada, transparente o bordada de nuestros corresponsales. Las palabras de una carta son voces perfectamente encarnadas en el remitente, y constituye, esta, un género de escritura incomparable, único, en el que emisor y receptor son, además de esa función, contexto inequívoco de lo escrito y leído a un nivel difícil de calibrar desde fuera. La relación íntima entre los corresponsales, su grado de proximidad física y espiritual no es fácilmente deducible de las cadenas de palabras que forman las cartas, y ni siquiera de su semántica, porque los corresponsales, como los amantes, utilizan códigos privados de los que solo ellos tienen conocimiento. A menudo se publican correspondencias de personas famosas creyendo que su lectura nos va a deparar la revelación de algunos secretos de sus vidas o nos van a permitir entenderlos cabalmente, pero es casi imposible llegar a tales conocimientos, porque la prevalencia de esos códigos indescifrables nos lo impide. La carta, pues, ha de ser considerada, hoy, como una reliquia de tiempos lejanos, casi arcaicos, a juzgar por la distancia que embute en el tiempo la revolución tecnológica y la sensación de lejanía que provoca en nuestro sistema de percepción de la realidad. Supongo que los coleccionistas de sellos seguirán existiendo -y algunos ha habido con la suficiente ingenuidad como para creer que, como el valor oro, su rentabilidad escapa a las leyes del mercado y es fuente de jugosos dividendos, pero mucho me temo que también llegará el día en que el sello desaparecerá y el coleccionismo pasará a serlo de “antigüedades” más o menos venerables. Mientras todo eso se desarrolla ante nuestros pávidos ojos, no advierto que haya ningún movimiento social de recuperación de la carta postal, escrita a mano por unas manos que, hartas de teclear, acaso, más allá de la firma, sean incapaces ni siquiera de escribir con decoro algo tan personal como una carta. Pedro Salinas, perdóneseme la referencia y que haya tardado tanto en ofrecerla, porque hubieran salido ganando leyéndola, en vez de haber leído este torpe homenaje, escribió un elogio de la carta a propósito de un texto “bárbaro” que leyó en una oficina de correos usamericana, la USPS: Wire, don’t write! Lo tienen en los ensayos de  El defensor y es un prodigio de gracia e imaginación, amén de una declaración de amor incondicional a lo que de más humano hay en nosotros: la carta.

lunes, 20 de febrero de 2017

“1000m2 de deseo” en el CCCB o una abstracción elitista sin visitantes.


 
Adolf Loos. Casa de Josephine Baker

Arquitectura y sexualidad o el abismo entre la carne y el dibujo…

Con la misma curiosidad de siempre y el ánimo abierto para dejarme instruir, subí a la encumbrada exposición del CCCB -todas lo son, y quienes acceden por la empinadísima escalera mecánica lo saben- que tiene por titulo ¡nada menos que 100m2 deseo. Aruitectura y sexualidad. Lo anticipo: deseo, menos del deseable, y propiamente ninguno; metros, muchos, sí, y tan mal iluminados que se convertía en un tormento la lectura de los paneles y las fichas identificadoras de las piezas; arquitectura, mucha y excelente, tanto la clásica como la dieciochesca como la actual; y sexualidad, pues… la representación más común, y en parte muy cutre, de lo que entendemos por tal. ¿Visitantes? Un grupo compacto de 20 unidades que seguían con frialdad glacial las tópicas explicaciones del guía, tres mujeres que entraron delante de nosotros, y mi Conjunta, mi hija y yo. Y ahí se acabó lo que se daba, aunque, a mitad de visita advertí la presencia de otra mujer y un hombre, solos. El silencio, solo roto por el guía, de tono homilético y poco congruente con el tema de la exposición, hablaba de la sexualidad y del espacio y uno, yo, creía que hablaba del proceso de confección de las velas de cera o de la cría del gusano de seda. En cualquier caso, una exposición muy moderna, propia del museo que la acoge,  pero que se quiebra de sutil. He de reconocer que la muestra contenía no pocos vídeos de interés documental, y como del Panóptico de Bentham se ha de hablar cuando se habla de arquitectura y poder, y ya advierto que ahí se incluye la sexualidad, me atrajo mucho una secuencia que se proyectaba de Call Northside 777 (Yo creo en ti), en el interior de una prisión, lugar por excelencia de aplicación de la arquitectura panóptica. De uno de los paneles explicativos recogí un fragmento que ilustrará elocuentemente esa fría abstracción desde la que está concebida una muestra en la que la palabra sexualidad adquiere connotaciones tan gélidas como la impotencia de los eunucos: Los proyectos expuestos muestran el papel de la arquitectura como experiencia sensorial en las estrategias de seducción y cómo la sofisticación en el diseño de artilugios constructivos y mecánicos disparan la imaginación erótica. ¡Ay, lo que va de la realidad al deseo, y viceversa! Es cierto que la Maison de plaisir, de Claude-Nicolas Ledoux, un burdel, tiene una graciosa disposición fálica, y que el edificio que Adolf Loos, el arquitecto de Hitler, proyectó como casa para Josephine Baker es de una modernidad tipo Bauhaus, con techo plano, que resulta muy atractivo, pero he de reconocer que algunas “instalaciones” en el interior de la exposición, supuestamente evocadoras de la relación entre espacio, construcción y sexualidad, me parecieron propiamente una tomadura de pelo, o lo que en los años de la adolescencia denostábamos con la etiqueta más que sexualizada de “paja mental”. Es cierto que hay una reproducción de la cama redonda del creador de Play Boy, e incluso una secuencia de la lucha de James Bond contra dos marciales muchachas, que evocan un mundo de sexualidad tópica y machista que ha dominado nuestra sociedad durante mucho tiempo. De todo el material expuesto, me quedé con una referencia que promete: L’art de joüir, de Julien Offray de La Mettrie, un ejemplar del cual se exponía en una vitrina que no facilitaba en verdad la lectura de su primera página. Mientras iba caminando por tan siniestra exposición, en una penumbra vaga, en silencio de claustro monacal, iba pensando en todos esos lugares donde las relaciones sexuales han buscado cobijo o discreción, y de mi adolescencia llegaba lo que aún conocí: la fila de las pajilleras del cine, y me extrañó que no hubiera entre tantos espacios alusivos al sexo, una fila de butacas expuesta, por ejemplo; y pensé, entre tanta arquitectura, en el edificio Agbar, un falo potente y descomunal levantado junto a la amenaza de una grapadora en una plaza que se llama de las Glorias (le quito el apellido porque me jode el relato); y luego me dije que no necesariamente el espacio condiciona la aparición del deseo y que, a menudo, ni siquiera lo potencia, y menos aún un edificio. Está claro que los lupanares -de lupa, loba- han existido siempre, que el descubrimiento de Pompeya revivió el culto fálico, y que el acondicionamiento de los espacios dedicados exclusivamente al sexo ha buscado una iconografía que, supuestamente, favoreciera esos intercambios de fluidos. Otra cosa es que, en ese terreno, los hortera se haya maridado con lo kitsch y que lo supuestamente excitante lo sea menos que un alioli sin ajo, como el interior de locales no necesariamente dedicados a la burdelería, aunque sí a la seducción.  En fin, que entré con curiosidad y salí totalmente enervado. Amante como soy de todo lo relacionado con la sexualidad, me pareció que esa exposición homilética en la que la teoría se divorcia de la sensación y de la excitación es un fracaso monumental. Con todo, para el adicto a las visitas museísticas, siempre hay, incluso en lo errado, mucho material de interés, como el teatrillo de William Kentridge, titulado  Right Into Her Arms , relacionado con su puesta en escena de la Lulú, de Alban Berg, esa otra estilización abstracta del deseo.



viernes, 3 de febrero de 2017

Entre el agradecimiento y el temblor: los prospectos farmacéuticos, un género literario minoritario.





La obligación convertida en devoción o la familiaridad morbosa con los prospectos farmacéuticos, esa literatura de terror...

Entre la mucha literatura que debería leerse obligatoriamente, y en seria competición con los manuales de funcionamiento de los electrodomésticos, los recibos de la luz, el gas y el agua, y la letra pequeña de las cláusulas de los contratos bancarios, es, sin duda, el género apasionante del prospecto farmacéutico el que menos se frecuenta, y ello a pesar de que, como sucede con la ley, la ignorancia del mismo no exime de sufrir las reacciones adversas que todos los medicamentos tienen ni, menos aún, faculta para una denuncia por negligencia médica, escudo de la nuestra lectora. Rareza por rareza, porque todos somos alguna, o muchas, entre mis pasiones lectoras destaca la de los prospectos farmacéuticos, que repaso con una pasión tan incomprendida por mis allegados como, acaso, congruente con mi pasión por la medicina y todo lo relacionado con ella. ¡De qué, si no, iba yo a haberme leído con verdadera emoción los viejos Aforismos y Sentencias de Hipócrates! Dejo de lado, porque igual hiere la sensibilidad de alguien, recrearme en la delectación que me embarga cada vez que he de pasar por quirófano, la última fue para limar un espolón que había acabado imposibilitándome el andar, y me centro en esa obra de arte de la literatura de aséptico terror que es el prospecto farmacéutico. Por suerte para los pacientes, y a diferencia de otros manuales de uso, el prospecto tiene una estructura muy bien definida que no admite originalidades, aunque sí cierta innovación en la presentación formal del contenido e incluso en su orden o en la relevancia concedida a unos u otros contenidos. Con una estructura muy aseadita: 0. Contenido del prospecto. 1. ¿Qué es? ¿Para qué su utiliza?. 2 Antes de tomar /Qué necesita saber para tomar... (No tome si... Tenga especial cuidado si...) 3. Cómo tomar... 4. Posibles efectos adversos. 5. Conservación. 6. Información adicional. La enunciación básica es la reflejada, pero hay medicamentos cuyo prospecto ni siquiera enumera las partes del mismo, y otros que las subdividen con especificaciones relativas al embarazo, la lactancia, la conducción, el uso de máquinas, si da positivo en el test de dopaje de los atletas, etc. Todos los prospectos, sin embargo, son generosos en el uso de las negritas para los epígrafes y de los recuadros para llamar la atención, Importante para la mujer, por ejemplo, indica alguno, o nos avisa de que su toma puede alterar los valores de las analíticas. Cuando el producto farmacéutico se presenta en forma de inhalador, por ejemplo, se adjunta un dibujo explicativo del funcionamiento del simple mecanismo. Es evidente que la literatura prospectual concentra todo su interés, para los usualmente atemorizados pacientes, en el capítulo de los efectos adversos, es algo así como el capítulo estrella del género, el que, leído con la atención que merece y los escalofríos que provoca, concita el interés de propios y extraños. El buen lector de prospectos, sin embargo, y sin negar el goce espantado de dichos efectos adversos, suele fijarse en mínimas variaciones léxicas o en hallazgos que, por atañer a aspectos casi anecdóticos del medicamento en cuestión, suelen pasar desapercibidos como verdaderos hallazgos retóricos. Reconozco, eso sí, que tanto el tipo de letra como las virtuosas dobleces tipo huevo kinder del texto farmacéutico no contribuyen a la popularización del género, y menos aún el abuso necesario de los tecnicismos con los que el género exige familiarizarse para no perderse del todo en la tormenta perfecta de terminología científica. En descargo de los autores del género ha de decirse que, siempre que pueden, se encargan de traducir algunos nombres: Sangrado de nariz (epistaxis)  o movimientos rápidos e involuntarios de los ojos (nistagmo) lo que permite al lector habitual una notabilísima mejora de sus recursos expresivos. ¡Se imagina alguien lo que es soltar en una reunión una epistaxis o un nistagmo! Pues no digamos si se descuelga uno con un tinnitus que son pitidos en los oídos, para restregárselo al que acabe de lucirse con los ya vulgares acúfenos.... Pero a menudo pueden endilgarnos una letanía de nombres técnicos, sobre todo de medicamentos habitualmente incompatibles con el prospectado, que nos dejan a dos velas, como el que es incompatible con esta amena ristra: Rifampicina; atazanavir; Tacrolimus; Cilostazol; Saquinavir; Clopidogrel; Erlotinib..., ¡una más que insólita lista de los reyes godos, sin duda!  Por otro lado, ¡cuantísima información de utilidad se contiene en este género literario! Tomemos, por ejemplo, el de un medicamento muy común entre los hombres para regular la micción, el Omnic Ocas, y adviértase, en este caso, la benemérita y parentética voluntad explicativa de quien redacta: En hombres (y empieza así tras haber dicho en la línea anterior: Omnic Ocas no está indicado para su uso en mujeres...), se ha comunicado eyaculación anormal (alteración de la eyaculación). Esto significa que el semen no se libera a través de la uretra, sino que va a la vejiga (eyaculación retrógada) o que el volumen eyaculado se reduce o es inexistente (insuficiencia eyaculatoria). Este fenómeno es inofensivo.  Nada que ver con la despiadada redacción de quien, en el Salbutamol Aldo-Unión, nos deja más que a oscuras en uno de los efectos adversos: puede producirse hipocalemia potencialmente grave como consecuencia del tratamiento sistémico de agonistas beta-2, que, en resumidas cuentas, viene a ser un alarmante descenso del potasio. Es cierto que los riesgos se clasifican en cuatro rangos perfectamente delimitados estadísticamente: Muy frecuentes, frecuentes, poco frecuentes, raros, pero, como todo paciente sospecha alguna vez: ¿y quién te dice a ti que no te va a tocar la china y ser uno de esos 10 de cada 10.000 a los que les afecta esa reacción, como el aumento del tamaño de las mamas en los varones, del Omeprazol?  El lector de prospectos va siempre de sorpresa en sorpresa en este género literario, porque que ese mismo Omeprazol pertenezca a un grupo de medicamentos denominados inhibidores de la bomba de protones, ¿a quién no le dispara la imaginación atómica y se ve como el militar a horcajadas de la bomba que se lanza en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú... A veces los redactores del prospecto parece que no se lo piensen dos veces y caigan en el alarmismo más temerario, porque los de Atarax, un antihistamínico, recomiendan nada menos que lo siguiente: No tome Atarax si algún familiar cercano ha fallecido súbitamente por problemas cardíacos, lo que deja a cualquiera algo más que seriamente preocupado. Un prospecto incluye no solo una descripción del producto: Obalix 20 mg comprimidos son blancos, ovales, biconvexos y ranurados, quebrando, en este caso, las leyes básicas de la sintaxis, sino también, como cualquier otro producto del mercado alimentario, con el que las medicinas se relacionan, una lista detallada de sus elementos constituyentes, y ahí es donde hallamos una lista de ingredientes entre los que no es extraño encontrarse con el amarillo de quinoleína (E 104) o el índigo carmín (E 132), el ácido oleico, el ácido tartárico, el aceite de pippermint, etc. La lectura no esta exenta de sorpresas, al estilo de ciertas tramas policíacas en que los autores nos despistan con ciertas contradicciones que buscan desorientarnos para que la revelación final sea más impactante, pero lo de Strepsils, deja de piedra al más pintado. En 2. Antes de tomar, deja bien claro que los niños de 6 a 11 años no deben tomar este medicamento. Niños menores de 6 años: no pueden tomar este medicamento, está contraindicado. Sin embargo, poco antes de abandonar este mismo apartado segundo, leemos: Este medicamento contiene terpenos aportados por el levomentol que, a dosis excesivas pueden producir convulsiones en niños pequeños (menores de 6 años), aunque a las dosis y la vía de administración utilizada en este medicamento, la absorción y actividad de los terpenos es muy baja. ¿Alarmismo, incongruencia? En términos generales, casi cualquier medicación advierte de su incompatibilidad con el alcohol, pero sorprende que las personas que beben, y más si son alcohólicos, hayan de tener una precaución especial ¡con el Gelocatil!: La utilización de paracetamol en pacientes que consumen ha bitualmente alcohol (3 o más bebidas alcohólicas: cerveza, vino, licor... al día) puede provocar daño en el hígado. Las ingenuidades en que caen algunas redacciones son clamorosas, como el de un antidepresivo que recomienda al paciente: Si tiene pensamientos de hacerse daño o suicidarse en cualquier momento, póngase en contacto con su médico o acuda a un hospital directamente, ignorando por completo la realidad de esos pacientes. Es parecida, mutatis mutandi, esa ingenuidad a la general con la que se encabezan todos los prospectos: Si Vd. es alérgico a cualquiera de los componentes de nuestro producto, absténgase de tomarlo... En cierta manera,son reacciones semejantes a las de ciertos Absténgase si... que maravillan al lector. Tomemos el caso del Ibuprofeno, donde leemos: Si padece lupus eritematoso sistémico (enfermedad crónica que afecto al sistema inmunitario y que puede afectar  distintos órganos vitales, al sistema bervioso, los vasos sanguíneos, la piel y las articulaciones) ya que puede producirse meningitis asépticas (inflamación de las meninges que son las membranos que protegen el cerebro y la médula espinal, no causada por bacterias). La pregunta es de cajón, ¿es siquiera concebible que a un paciente así le administren un Ibuprofeno, por más que se crea en las propiedades milagrosas del preparado? Son pocas las contraindicaciones de los recursos tradicionales de herbolario, pero el Ibuprofeno es incompatible con los extractos de hierbas del Ginkgo Biloba y algún antidepresivo con la Hierba de San Juan (Hypericum perforatum), usada para curar depresiones suaves. En el caso de los antiinflamatorios, sin embargo, nada puede tomarse a la ligera, porque cualquier exageración, incluso en el rango de los raros estremece al lector como antaño debieron hacerlo los relatos de Poe y las películas de Corman sobre ellos. No anima mucho, en efecto, leer tan tétrica advertencia como que durante el tratamiento con Celecoxib se han comunicado algunos casos de reacciones hepáticas graves que incluyeron inflamación hepática grave, daño hepático, insuficiencia hepática (algunas on desenlace mortal o que requirieron trasplante hepático). De los casos en los que se especificó cuándo había ocurrido el evento, la mayoría de las reacciones hepáticas graves ocurrieron en el primes mes de tratamiento. A los que se suman los "raros": Hemorragia en el cerebro que causa la muerte y reacciones alérgicas graves (incluyendo shock anafiláctico potencialmente mortal).  Se comprenderá el alto listón que un lector de prospectos farmacéuticos exige a la literatura y al cine de terror, porque ni siquiera los silbidos de "despiste" para esquivar el pavor a que hace frente dicho lector suelen salir de su boca mientras lee material tan estremecedor, aun a fuer de estilísticamente descuidado, por supuesto.