jueves, 12 de abril de 2018

Dos días de distancia y sosiego: Valencia como salida...


Las comparaciones son odiosas; viajar a Valencia, escapando del odio secesionista, un oasis incomparable...

Uno viaja poco y cuando puede hacerlo escoge destinos que, por su cercanía al lugar de residencia, Barcelona, no parecen, a priori, tener muchos alicientes para los "verdaderos" viajeros, esos que necesitan leguas al cuadrado para sentir la experiencia del viaje. Reconozco que para quienes viajamos como Xavier de Maistre por nuestra celda/habitación día tras día, un discreto viaje a Valencia es una aventura tan exótica -en su planteamiento- como para otros un viaje a Papúa Nueva Guinea. Un viaje familiar, además, tiene algunos alicientes que reformulan el concepto de "aventura", porque concertar los intereses de tres personas distintas y un solo presupuesto verdadero para dos días y medio de actividades, no es tarea fácil, que conste. El objetivo era Valencia, cercana y compleja, distinta y muy próxima, una Comunidad en la que hemos pasado muchos veranos familiares junto al Peñón de Ifach, con gloriosas ascensiones al mismo con las criaturas en los hombros..., y en la que están los orígenes paternos de mi Conjunta. Cuando han pasado más de 30 años sin visitar de nuevo una ciudad, nada puede estar más claro que esa ciudad va a ser tan distinta que, salvo los "monumento imperecederos", todo lo demás te parecerá "nou de trinca". La urbanización de las orillas del Turia es el caso paradigmático, con el gran complejo futurista que alberga muy cerca ya de la desembocadura y que atrae a los turistas tanto o más que el Modernismo arquitectónico barcelonés. Ni siquiera se nos había pasado por la imaginación que Valencia fuera capaz de atraer un turismo masivo, al estilo del de Barcelona, de ahí nuestra sorpresa cuando nos vimos inmersos en la  marabunta de visitantes que lo ocupábamos todo, a todas horas y con una tenacidad visitante a prueba de bombas. Comparar ciudades es absurdo. Cada una tiene su personalidad, y a veces la de no tener ninguna, que ya sucede. Instalarse en la capital valenciana en un hotel cómodo y funcional, bien comunicado por el metro, permite al turista saber de inmediato que está en "otro" lugar muy distinto del "agitado" por los demonios nacionalistas con tendencia golpista. En Valencia -tópica ciudad de las flores...- se disfrutan todos los colores, frente al amarillo canario con que se han empeñado en vestir Cataluña los supremacistas, para mortificación de quienes asociamos dicho color con lo que se asocia tradicionalmente: los celos, la traición y los esquiroles, en el lado de los sentidos negativos, claro.
Desde la estación y la plaza de toros, hasta la maravilla de su incomparable Mercado Central de Abastos o la Lonja de la seda, pasear por la ciudad de Valencia, a pesar de la masificación turística, tiene un punto de relajación que se ha vuelto casi imposible en Barcelona, una ciudad no sé si ya definitivamente crispada, por mor de la intolerancia supremacista de los xenófobos nacionalistas aldeanos.
Sufrimos durante los dos días un viento con aire justiciero que, por las noches, en un decimocuarto piso, envolvía la habitación, pegándose a los cristales de la fachada, a medio camino entre el sudario y el cobertor de sofá. Alejarse de ciertos conflictos aunque sea durante breve tiempo, como en este viaje, permite oxigenarse, liberarse de la sutil presión ambiente que intenta hegemonizar la vida ciudadana a todos los niveles, políticos, sociales, deportivos, lúdicos, artísticos... Nada quieren que se escape del chapapote amarillo/amarillista que pretende, en vano, ¡por suerte!, inundarlo todo y se queda, ¡y cómo no!, a medias, e incluso diría yo, a ojo de buen cubero, que a una cuarta parte... Pasear por Valencia, por lo tanto, ha sido un placer, una recompensa, un premio extraordinario en la lotería del sosiego anímico y en la del placer estético. Nos hubiera vustado coger el tranvia para ir a la Malvarrosa, pero una inoportuna huelga nos privó del placer literario, pero no de disfrutar, gracias al autobús, de las playas a las que abría las ventanas de su palacete Blasco Ibáñez cuando en él se alojaba. Decimos que Barcelona ha recuperado la playa. En Valencia, puede decirse que la playa ha conquistado una ciudad... Como siempre, un creador pega la oreja a las conversaciones para coger el pulso de la calle. Y en esa encuesta de urgencia, y en unos espacios poco propensos, todo se ha de decir, advierte, no sin sorpresa, el restringidísimo uso del valenciano en la vida cotidiana, algo que ya recuerda de los veranos en Calpe. En cualquier caso, lo que se nota, a pesar de las posibles luchas políticas que pueda haber de fondo, que haylas, una distensión ciudadana que no se ve alterada por los ramalazos de intolerancia con que en Barcelona sufrimos el delirio del prusés en pos de la quimera. Nos hemos sentido, los tres viajeros, cada uno de forma diferente, muy libres y relajados en nuestra efímera estancia. España es un país en el que se come bien en cualquier parte, y en la playa de la Malvarrosa hubiera sido un delito de lesa majestad no hacerlo. Aunque costó, por la fiesta y por la hora, encontrar un sitio sin reserva previa, lo logramos y triunfamos, gastronómicamente, aunque con un clásico modesto: el arroz negro y fritura de calamares, de unos calamares que se deshacían en la boca de puro tiernos. A mi Conjunta y a mí nos supo mal no tener tiempo para ir al IVAM, porque somos amigos de los cementerios, como diría Ramón Gómez de la Serna, y también hubiéramos añadido con gusto algún espectáculo de ópera en la Ciudad de las Artes, pero entendimos que eso requiere ulteriores visitas aún más rápidas y concretas. Visitamos, sí, la Catedral, y mereció la pena, siquiera fuera por contemplar la escultura del mal ladrón, ese del que todo el mundo ignora su nombre de pila, frente al recordado Dimas del buen ladrón: Gestas, se llamaba el orgulloso desgraciado. Como buenos turistas -siempre despierto a quien conmigo vaya diciendo que el turismo es un trabajo duro y que, donde quiera que estemos, hemos ido a trabajar...- no pudimos dejar de tomarnos la sacrosanta horchata en la horchatería a la que contemplan casi tres siglos de existencia, aunque de poco fue, porque el buen tiempo fresco amenazaba con impedírselo a mi Conjunta -un delicado sistema térmico complejísimo...-, aunque yo -un basto aguantar carros y carretas térmicas- me la hubiera tomado. Viajar sin lujo pero con comodidad es una recompensa que nos merecemos todos.  Los amantes de la lectura, además, lo agradecemos.  Aparcado Galdós durante esos días, en los tiempos muertos de las esperas solía avanzar en el segundo volumen de Antonio de Torquemada: Jardín de flores curiosas, que contrastaba, con sus ficciones geográficas, con la verdad de tomo y lomo de una ciudad llena de Historia por todos sus rincones.  Tuvimos a suerte de ser jornada de puertas abiertas del Palau de la Generalitat y pudimos ver una espectacular y poderosa escultura/chimenea de Benlliure sobre el Infierno de la Divina Comedia que he colgado al final de esta evocación. El hecho de que la avenida por la que circunvalamos la ciudad para llegar al hotel -gracias al exacto gps de nuestra hija- se llamara De los Hermanos Machado nos trajo inmediatamente a la memoria el paso del poeta republicano por la ciudad, y a mi Conjunta y a mí no nos pareció mal que ambos hermanos estuvieran unidos en el homenaje, como ellos lo estuvieron emocionalmente en vida, aunque no políticamente, pero esta distancia jamás menguó aquella cercanía íntima. Valencia está comenzando a comerle el terreno a nuestra hermosa ciudad Condal, y, poco a poco, la amabilidad de la ciudad levantina se va convirtiendo en un destino turístico que permite esquivar el desagradable brote nacionalista de unos jóvenes agitadores que amenazan con hacer imposible la vida tranquila en la ciudad, y que tienen al turista como enemigo, y a quienes no son de su secta como potenciales objetivos de sus represalias. Poco a poco vamos volviendo  a donde parece que las autoridades de nuestro Ayuntamiento se sienten cómodas: las barricadas y la agitación pseudorevolucionaria. Esperemos que no acaben trayéndonos el pistolerismo de los años 30 del pasado siglo... Son muchas, pues, las razones que nos han permitido disfrutar durante dos días de la vida de una ciudad hermosa, limpia, dinámica y sosegada: un más que posible destino en caso de que la demagogia populista del nacionalismo ultraconservador catalanista nos empujara a abandonar nuestra ciudad, desde luego. La conclusión es que no tardaremos otros 30 años en volver, seguro. Sé que nunca iría en Fallas, eso sí, pero, fuera de ellas, me imagino que cualquier época del año es buena para dejarse caer y callejear y leer y empaparse de un ritmo de vida humano, muy humano, y cordial, muy cordial. Y, finalmente, para un par de filólogos enamorados del cantar de Mio Cid, Valencia es parte de ese recorrido que  incluyó nuestra visita, en su tiempo, a Santa Gadea o al monasterio de Cardeña.




jueves, 15 de marzo de 2018

El matadero como templo expiatorio en homenaje a una de nuestras fuentes de vida.



La arquitectura del agradecimiento: los mataderos, obras de arte.

Desde que me detuve ante la fachada del matadero de Tortosa, enamorado de la arquitectura modernista que había alojado el cruento sacrificio de los animales que nos han facilitado durante tantos siglos la salud, no he dejado de preguntarme sobre el porqué de esa tendencia arquitectónica a revestir el acto sacrificial con  un  continente artístico tan exquisito.
Es evidente, me parece, que se trata de un homenaje merecido a una de nuestras principales fuentes de vida, un cordial agradecimiento erigido con la delicadeza compasiva con que el verdugo suele ahorrar sufrimiento  a las víctimas, aunque los métodos sacrificiales solo hayan mejorado en cuanto al ahorro de sufrimiento en las víctimas desde hace relativamente poco. La exquisitez del diseño de tales edificios, a medio camino entre lo industrial y lo ornamental tiene que ver, imagino, con la necesidad de plasmar el insólito contraste entre el acto sanguinario y la concepción artística del edificio que lo alberga, de modo que se viera a través de él una suerte de celebración solemne del último trance, acogido entre muros que no lo celebran, sino que lo acogen, con respeto e incluso con devoción.
Es un rito, no hay duda. Y no se busca un lugar apartado y oscuro, donde perpetrar una profanación, sino un edificio estilizado y hermoso donde se verifique la ceremonia de la necesidad y de donde salga, con todas las garantías de salubridad, el producto hacia los mercados -¡ágoras selectos de la socialización!- para acabar, posteriormente, en los estómagos de la población agradecida. Contraste, esa es la ley humana básica que opera desde los albores de la humanidad. Y cuando se acentúa de la manera que lo hace en los mataderos, hemos de reconocer en tal realidad una muestra exquisita de nuestra más noble condición.
Arropar arquitectónicamente el sacrificio de las reses y otros animales con tantas galas airosas, en las que predomina el uso del ladrillo, ¡la arcilla!, elemental y metáfora de nosotros mismos…, dice mucho de nuestra condición y de los progresos morales e la especie. Prueba de la intencionalidad reverencial de esos templos de diseños humanistas es que, cumplida su labor y superado su espacio por las exigencias  higiénicas del proceso de las carnes, es que han sido destinados, en buen número de casos, a templos de la cultura, a albergue acogedor de la expresión artística en sus muy variadas facetas, cuando no se han reconvertido en hiperalmacenes del saber escrito y audiovisual, bibliotecas y mediatecas que acogen la doble sed de conocimiento y de diversión que nos aqueja a los humanos.
Si repasamos lentamente las arquitecturas de esos templos, advertimos enseguida el mimo exquisito con que los arquitectos que los diseñaron se preocuparon por  que la luz tuviera matices de catedral en el interior de las naves, o la profusión de arcos, con la solemnidad clásica de los mismos. A mí me impresiona, sin embargo, la imagen de la ruina de ese matadero argentino erguido en la nada y desafiando con su desvencijado cuerpo, atravesado de las inmisericordes heridas del tiempo y del olvido, la memoria de quienes lo animaron: animales y humanos.
Si hoy son bibliotecas, ese solemne edificio impresiona como las ruinas de las grandes salas de cine en el Detroit fantasmal de la poscrisis, los restos varados en tierra de nadie de lo que fue una pujante ciudad industrial. Sí, los mataderos han sido templos y lo siguen siendo: cambian los materiales de construcción; permanece la devoción, la compasión y el agradecimiento.





martes, 27 de febrero de 2018

Presentación de “Empantanados”, de Joan Coscubiela.



 La política desde la profunda convicción humana íntima: Empantanados, de Joan Coscubiela, o la bandera de la ética frente al incivismo de la barbarie.

Fui a la presentación un cuarto de hora antes “para coger sitio”, pensé, infeliz de mí…Llegué y la gente necesitada de rendir homenaje emocionado a Coscubiela no solo llenaba la sala, sino que se agolpaba en los laterales y en el fondo y comenzaba a arracimarse fuera del local, junto a la puerta de acceso. No diré que había un lleno “hasta la bandera”, pero debería, aunque allí no hubo ni una, ¡y ni un puñetero lacito supremacista! El autor ya estaba metido en la agradable faena de dedicar ejemplares, pero la organización funcionó como debe y comenzó el acto a la hora prevista. El editor de Península recuerda que fue el vibrante discurso de Coscubiela el 7 de setiembre del 17 lo que le decidió a encargarle un libro que recogiera la experiencia parlamentaria que había vivido él, que habíamos padecido todos. Y enseguida  cedió la palabra a una de las dos personas que presentaban el acto (“evento” solo lo dicen los menores de 50, y el público superábamos de largo esa media de edad…), el periodista Javier Pérez Andújar, premio Ciudad de Barcelona y polémico pregonero de las Fiestas de la Mercè. Andújar, en su estilo de supuesta retórica menor, por los referentes cotidianos y el encantador sello individual de quien parece haberse colado en la fiesta de los poderosos sin saber muy bien por qué, fue desgranando un repertorio de intuiciones, descripciones y pullas políticas que no solo colocaron en su contexto el libro sino que trazaron una aproximación crítica a su contenido con fina perspicacia y clara intuición. Andújar, que siempre habla y escribe desde la realidad más próxima, divirtió a la audiencia al calificar a Joan Coscubiela de auténtico Youtuber, más que sindicalista, a juzgar por el eco hallado por su libro, impropio tanto del sindicalismo como de la política. De hecho, dijo Andújar, tuvo tanto éxito con su discurso del 7 de setiembre, “que hasta dejó la política”.  Andújar trazó un paralelismo entre la película Objetivo Birmania, pasada por la televisión la noche de la muerte de Franco, y calificó a Coscubiela y al jefe de filas de CSQEP (unas siglas, por cierto, que pasarán a la historia de las antisiglas políticas por excelencia…) Lluís Franco Rabell,  como “la patrulla nipona”, esa unidad desesperada que lucha contra el potente invasor y que no ignora su terrible destino: desaparecer en la jungla, y todo ello sin tener nunca la certeza de que los suyos estén con ellos. En ese momento de la presentación, las relaciones entre la actual CeC y los dirigentes de la extinta CSQEP acapararon las referencias, porque mientras la patrulla nipona reconocía a los CeCs, estos se desentendían de ellos y los dejaban en una dura orfandad política, como se constató en la fractura (¡otra más!) del grupo en el Parlamento. Andújar pasó revista sucintamente a la biografía de un luchador cuyo padre la policía se lo llevo de casa detenido cuando tenía 10 años, que se hizo abogado laboralista y defendió a los marineros de la Barceloneta y del Puerto de Barcelona, que fue diputado en Madrid, y el primero, según las actas, en llamar “corrupto” a Rajoy, Secretario General de CCOO y, finalmente, diputado en el Parlamento, donde ha acabado encontrando su momento de gloria política cuando, como destacó Andújar, Coscubiela se olvidó de las tácticas y las estrategias y liberó su profundo sentimiento humano de lo que para él es la vivencia de la democracia, por encima de las banderías de partido y dichas tácticas y estrategias. Si hubo una adhesión de cierta parte de la cámara a sus palabras, no surgía de las ideologías de los adherentes, sino de la intimidad individual que empatizaba hasta la cachas con lo que Coscubiela desgranó desde el atril de los oradores como el abecé del sistema democrático, algo que, en situaciones difíciles como la que vivimos, conviene recordar desde la emoción íntima de la convicción individual profunda. Andújar, quien nombró comandante en jefe de la patrulla nipona a Rabell, dijo de ambos que pertenecían a especies en peligro de extinción: el sindicalismo y el activismo vecinal. Ahora, al decir de Andújar, la calle no alimenta a la política, sino los platós y una profesionalidad sin contacto con la sociedad, una casta con leyes de supervivencia y reproducción que poco o nada tiene que ver con los fenómenos naturales propios de cualesquiera sociedades. Para caricaturizar, con lengua bífida, esa situación, elogio Andújar que en el libro de Coscubiela no se mencionara ni una vez Juego de tronos, pero sí a Rosa Luxemburg, Maquiavelo y otros. La segunda parte del “entrañable” acto, porque el clima de cordialidad amistosa que se respiraba iba mucho más allá de la curiosidad que a veces atrae a la gente a este tipo de actos (allí todos estábamos en sintonía con la valentía que demostró Coscubiela en su famoso discurso y con la ironía dulce pero demoledora de Andújar), consistió en una entrevista no preparada que le hizo Neus Tomás y que le permitió al autor, además de defender esa visión humanista de la acción política por encima de las perversas tácticas y estrategias, pasarle factura a lo que él ha denominado soviet carlista del prusés. De hecho, cuando la periodista le preguntó si alguien del mundo secesionista, después de su discurso y del referéndum fallido del 1 de octubre, se le había acercado a decirle que tenía razón, Coscubiela se limitó a responder que lo están haciendo a diario, muchos de ellos, y públicamente: Mas, Munté, Forn, Forcadell.., aunque aún les falte, como sugirió, dar el paso de dirigirse sinceramente a sus votantes y decirles que aquello que les habían prometido son incapaces de conseguirlo. Coscubiela distinguió entre las bases de la “izquierda” ecosocialista (la herencia del viejo PSUC) y el “estado mayor” actual de los CeCs: han recibido el apoyo caluroso, afectuoso, de las primeras y la indiferencia y distancia del segundo. E incluso llegó a decir lo que es vox pópuli, por otro lado, que la ambigüedad de Immaculada Colau ante el prusés y su decantación política por favorecer el referéndum le había dado las alas que este necesitaba para poder mantenerse en movimiento incluso sin aire… A lo que sí renunció Coscubiela fue a ejercer de profeta, aun con todo el bagaje de su experiencia, porque, como buen izquierdista utópico, ha visto que sus profecías sobre la consecución del socialismo en nuestra sociedad habían fallado estrepitosamente. Las reflexiones de Coscubiela se movieron siempre dentro de un análisis sereno de los hechos, sin ceder a sentimentalismos ni a optimismos o pesimismos extremos, pero sí hubo un punto de desolación en su discurso cuando reconoció que lo que habíamos conocido hasta la eclosión del prusés, y que el denominó catalanisme inclusiu, sí que había desaparecido, y mucho se temía que definitivamente. Cerró el acto, Coscubiela, con una encendida defensa de los lazos fraternos y de clase que unen a los españoles de cualquier región y nacionalidad de España, así como una defensa de la visión del resto de España como un territorio donde anida mucho más sentido común del que se estila por “casa nostra” entre los “nostrats”. ¿Su deseo para el futuro? Que la izquierda se construya mirando hacia él y a Europa, en vez de hacerlo mirando hacia el pasado. Se le veía emocionado y un punto superado por una circunstancia que tiene su punto de gesto casi heroico: oponerse a la corriente dominante -cada vez menos, eso sí…- del discurso secesionista desde una convicción democrática que, ¡gracias, Coscu!, y aunque tarden en reconocerlo, fue el auténtico momento en que se le recordó al Reigdemont que iba democráticamente desnudo, como lo sigue estando, para su vergüenza y la de todos nosotros.




martes, 20 de febrero de 2018

Gobierno de los niños (Els nens al govern), con Golding al fondo...


Ritos de paso

[A modo de complacencia en la perspicacia con que puedo haber intuido el "desenvolupament" de la "entremaliadura" de los políticos más inmaduros y absurdos que haya conocido nunca, parangonables, en todo caso, con todos aquellos del resto de España con los que puedan asemejarse, que haylos, rescato estas impresiones formuladas en 2012 cuando el Nada Honorable Artur Mas -Ártur en el resto de España para los acomplejados...- botó el tren que había de llevarles a la soñada Ítaca de la independencia -tren gobernado, por cierto, con el timón que le regalo su padre, lo que acaso explique buena parte de lo sucedido de entonces acá- en una operación tan astuta que la astucia anda por ahí avergonzada de la bastarda utilización de su concepto, hecho añicos, ya, para, ahora sí que sí, imposibles usos futuros. El corpus lingüístico tiene eso, es muy sensible a los abusos... ]


Ayer los niños nacionalistas catalanes llevaron a cabo la solemne ceremonia de elección del jefe de la pandilla, delante de las autoridades venidas de un cercano país cuya autoridad medio acatan y siempre discuten. El niño alfa de la panda se llenó los pantalones de solemnidad, para que le pesara la gravedad del en-cargo y apretó la generosa mandíbula para mejor expresar la trascendencia náutica del momento, porque el niño alfa ha escogido como emblema de su mandato el de Gran Timonel, que para eso guarda en su casa un timón que le regaló su papá y que instalará, en breve, en su despacho del Palau. La pandilla invitó al jefe de la pandilla del lejano país, quien delegó en un lugarteniente, pero también invitó a los jefes de otras pandillas del barrio con  las que anda siempre a la greña, aunque ahora anda pidiendo su apoyo para una travesía que dice que es la Gran Travesía, la definitiva, la que hará que el mar emerja y se separe del resto de la península el rincón noreste donde juegan los niños nacionalistas. Hubo caritas solemnes, alguna lagrimilla sosona y para que no se viera al jefe de la pandilla del cercano país, lo escondieron detrás de una tela negra, porque todos los niños saben que si se tapan la cara la realidad deja de existir, o si tapan el símbolo de la misma, claro. Ninguna de las autoridades del cercano país presentes en el acto entendió el fundido en negro del monarca como un desprecio al Jefe del Estado y asistieron a la ceremonia de principio a fin, en vez de coger las de Villadiego y provocar el primer conflicto diplomático de la legislatura por venir. Al final, cantaron la canción de la banda y se salió al patio a presumir de mandato. Tot plegat, llastimós.

viernes, 9 de febrero de 2018

La "revolución" de los guásaps...homiléticos.



La involución de las renuncias a favor de la grey...

Desde que comenzó a gestarse allá por 2012 lo que se ha llamado de muchas maneras y no ha cuajado más que en daños judiciales y huidas de opereta a reinos extranjeros, la clase política catalana, por miedo, precisamente, a esos reveses judiciales que ahora sufren, delegó en dos asociaciones bien regadas con dineros públicos la agitación social imprescindible para crear un caldo de cultivo que permitiera, andando el tiempo, lo que han voceado como "plantar cara al Estado español" o "declarar la República Catalana". En lo primero, aún perseveran; en lo segundo, están viendo por sí mismos  a dónde conducen ciertos actos políticos contrarios a Derecho. Me refiero a la ANC, dominada políticamente por DRC y Òmnium Cultural, oxímoron  feroz donde los haya. De todos es conocida la obra de agitación que ha ido conformando una mentalidad parafascista en amplias capas de la población, siguiendo el modelo de deformación nacionalista propio de regímenes como el nacionalsocialismo en la Alemania de finales de los 20 y los 30 del pasado siglo. A nadie se le escapa la labor de divulgación del supremacismo nacionalista que ha calado en un terreno más que abonado al mismo, porque siempre "ha estado ahí" y solo ha necesitado que los dineros públicos regaran abundantemente el parterre para que medrara la flor hedionda del odio. Nos avergüenza a todos los catalanes de buena fe que movimientos de esa perversa naturaleza, como el de Le Pen en Francia, el de Bossi en Italia o el de los "auténticos finlandeses" en Finlandia se hayan convertido en la imagen exterior de Cataluña durante tanto tiempo y con tan onerosa inversión de dinero para conseguirlo. Va cambiando, afortunadamente, la percepción internacional de ese movimiento y ya nadie se equivoca sobre la verdadera raíz filofascista del mismo, es decir, el peligro que supone la extensión de movimientos xenófobos y supremacistas como este para la propia supervivencia de Europa como proyecto político de integración que supere la rémora de los nacionalismos atávicos, de los particularismos identitarios contrarios a los derechos individuales. Atendiendo al requerimiento que hacía Unamuno de que se estudiara lo que él llamaba la "intrahistoria" para determinar la verdadera naturaleza de los fenómenos históricos, he querido fijar mi atención en un fenómeno al que no sé si se le ha dado la importancia real que tiene en la gestación de este endriago disparatado en que se ha convertido el movimiento secesionista catalán: me refiero a las sólidas cadenas de guásaps que han atravesado la geografía catalana sembrando el odio exacerbado y configurando, en forma de homilías laicas, el culto a la nación y a sus representantes en la tierra. Yo conozco el fenómeno no directamente, porque mi alergia a figurar en grupos de guásaps, con la única excepción de la "Sociedad Limitada" que formamos mi Conjunta y yo con nuestros dos hijos, me lo impide. Ella, mi Conjunta, sí que forma parte de dos grupos, uno ultracombativo a favor de la secesión y el otro solo en parte. Gracias a la lectura -y a los indignados comentarios que le seguían, por parte de mi Conjunta- de esos mensajes alienados he podido entender, creo que con razonable fundamento, la mentalidad retrógrada, alienada, religiosa y supremacista que ha caracterizado lo que personajes de la pseudoizquierda como Domènech,  por ejemplo, consideran un fenómeno "progresista". De hecho, la tónica general de esos guásaps no era la de la reflexión política o el comentario personal sobre la situación, sino la mera transmisión de las consignas que los "adeptos al Régimen en proceso de formación" habían de seguir acríticamente. Si la palabra no estuviera ya demasiado deformada, ¡y tan grotescamente!, esos mensajes constituían poco menos que el "argumentario secesionista" para hacer frente a posibles interpelaciones de los "españolistas, unionistas o colonos" en la vida corriente, aunque, dada la virulencia de los mensajes, no era fácil concluir que quienes los recibían y seguían difícilmente podrían "interactuar" con personas que no practicaran su "adhesión inquebrantable a los principios del Movimiento Nacional secesionista". No solo se ordenaba qué televisión se había de ver o qué periódicos leer y  que emisoras de radio escuchar, sino que se pasaban las citas ara caceroladas, manifestaciones o usos de signos combativos, fueran los desdichados lazos amarillos o el merchandising de la ANC, así como a qué horas habían de hacer según qué y qué días habían de hacer cualquier otro disparate que se les ocurriera. A través de esas cadenas de guásaps que habrán creado una red de araña lisérgica en toda Cataluña, se ha ido tejiendo una complicidad en el supremacismo capaz de dar sentido a tantas vidas como las que alimentan, en su último tramo vital, la loca esperanza de ver triunfar un golpe de Estado que, ¡por fin!, las libere de su dependencia de España y de su condición de ciudadanos españoles. Sí, sin la complicidad entusiasta de la tercera edad, y aun de la cuarta y de la quinta -si nos atenemos a San Isidoro de Sevilla- esta demencia social no hubiera prosperado. Las cadenas de guásaps de mi Conjunta son de jubiladas,  personas que en otro tiempo  incluso llegaron a tener un pensamiento propio, o lo más parecido a él que quepa imaginar en una sociedad democrática moderna, y no pocas de las participantes son universitarias, pero se ve que el veneno del nacionalismo no respeta ni la formación ni la sindéresis. Día a día, sobre todo en el ultimo año, me he desayunado, comido y cenado con la lectura de esos disparates que sacaban de quicio a mi Conjunta y la ponían al borde del ataque de nervios, como a mí mismo, aunque siempre defendí que no dejaba de ser una muestra de chochez presenil, porque el formato de catequesis de los mensajes no dejaba lugar a dudas. Bien mirado, es lo único bueno que ha tenido el prusés, potenciar el activismo de tantos viejos, a quienes deseo que el desengaño final no les cause un estrago de salud que los balde, porque todo apunta en esa dirección de la renuncia a la demencia colectiva que ha supuesto el objetivo de crear una República catalana independizada del Reino de España. Sumirse en la masa de forma acrítica y con espíritu tan marcial y obediente como el que hemos visto a lo largo de estos años no podría haber sido posible sin esa red de guásaps que ha reforzado la fe milenarista en la Cataluña ahistórica e inventada con que tantos catecúmenos del nacionalismo han hecho sus pinitos en el mundo de la revolución con red. Las divisiones del secesionismo y la huida de Puigdemont, sin embargo, parecen haber puesto en sordina esa potente red de alienación que poco a poco irá dejando paso a mensajes menos apocalípticos e inmoladores, como las reuniones de antiguas compañeras de trabajo, la celebración de algunas bodas de oro o la recomendación de la lectura de algún artículo que ponga los puntos sobre las íes del infinito desvarío de este prusés que poco a poco está incluso matando a los mensajeros.

lunes, 5 de febrero de 2018

Salarioscurantismo...

Las opacas fuentes de los ingresos, el inviolable santuario del patrimonio...


Hablar de dinero, y más concretamente del salario y del patrimonio es algo que va más allá de lo que solemos entender por privacidad o propiedad privada: cae de lleno en el ámbito de lo sólo equiparable a los "secretos de estado", esto es, a las "cloacas del poder", de las que tan gráfica como maquiavélicamente hablara F.G. en su día. Popularmente suele repatear que el Fisco haya de saberlo todo y quienes pueden, como es público y notorio, se inventan mil artimañas pseudolegales, por personas y/o empresas interpuestas, para volver opaco lo que acaso debiera ser de dominio público. Ni siquiera entre los autodenominados progresistas está bien visto eso de que se sepa "cuánto gana" uno o cuál sea el patrimonio que ha ido acumulando. Nos cruzamos unos con otros por la calle, vecinos, amigos, familiares y desconocidos, y si supiéramos la verdad de esos ingresos nos llevaríamos un chasco tremebundo. Aún recuerdo la estupefacción de un amigo que aprobó las oposiciones a profesor de Secundaria y pasó de ganar 40.000 pesetas a 70.000 cuando se enteró de que la tía de una amiga suya ganaba 75.000 ¡despachando billetes en el metro!  Ya entonces el "misterio de los salarios patrios" era para mí motivo de reflexión, sobre todo porque en la casa familiar el "sobre" con el salario del padre, que se guardaba en el armario de su dormitorio, junto a la pistola, por cierto…,  jamás en una entidad bancaria, nunca llegaba con sobrante a final de mes, y si había por medio alguna compra imprescindible, de esas que antes eran "de primera necesidad" y que ahora parecen "de último capricho" (los de tantos y tantas consumistas que llenan su ocio con actividad tan deleznable), no había más remedio que pedir un anticipo. En la era de la hiperinformación, de la glasnost, de la transparencia, de las "nóminas de los políticos sobre la mesa", el misterio del salario de los amigos y vecinos, y hasta de los familiares, constituye un enigma que no lleva trazas de ser resuelto. Socialmente se considera una impertinencia y una grave falta de educación hacer una pregunta como: "¿Y tú cuánto ganas al mes?" Y si alguien se atreve a formularla, no es extraño que se encuentre con un: "¿Y a ti qué te importa?" que aborta la conversación de forma expeditiva, seca, malencarada y definitiva. Hay personas para quienes la violencia de una respuesta así les resulta imposible de ejercer y, delatándose con una sonrisa conejil, se escabullen con un "mucho menos de lo que tú te imaginas", que nos fuerza a multiplicar por 2 o por 3 lo imaginado.
          Ignoro si en todos los países sucede lo mismo, pero tengo la impresión -corroborada por años y años de reflexión y conocimiento de datos al respecto- de que la anárquica estructura de sueldos o ingresos de nuestro país refleja una realidad social en la que la formación apenas cuenta para establecer expectativas razonables sobre lo que un trabajador puede llegar a cobrar según sea su formación. De hecho, no deja de ser una de las grandes ironías de nuestra organización social que un buen número de nuestros investigadores, de cuyo trabajo depende en buena medida el desarrollo económico del país, formen parte del ejército de mileuristas, si es que llegan. Todos solemos ser muy reacios a confesar nuestros ingresos: nos parece un acto de nudismo exhibicionista. Si cobramos poco, porque no queremos airear nuestras miserias; si cobramos mucho, porque no queremos ofender a los que cobran menos y están cerca de nosotros. Pero lo objetivo es que en ningún otro país como el nuestro dista tanto lo que se cobra de lo que se merece cobrar en función de la formación y de la dificultad intrínseca (tecnológica o intelectual) del trabajo en sí. Por otro lado, y no es el menos importante, hemos de considerar el nivel de las retribuciones en función de la responsabilidad que se asume. Un caso paradigmático es el del presidente de gobierno cuyo sueldo, 79.756€ anuales, es amplísimamente inferior a lo que gana el fugado Puigdemont: 145.000€, teniendo en cuenta el muy diferente nivel de responsabilidad de cada uno de ellos. De ese tenor podemos multiplicar los ejemplos y, según el caso Bárcenas, también las corrupciones. Quienes viven del sueldo de funcionarios saben bien el escaso valor  que ha tenido siempre su sueldo, en comparación con la "empresa privada", por más que ahora, en tiempos de crisis, a todos les parecen "un lujo" esos sueldos públicos. Ya nadie parece querer acordarse de cuando un encofrador, en los buenos tiempos del ladrillazo, ganaba su hermoso millón de pesetas mensuales. Sí, necesitamos una revolución copernicana en la estructura laboral de retribuciones. La ley de la oferta y la demanda, tan importante, no puede pasar por encima del mérito, de la formación, de la competencia y de la responsabilidad. ¡Cuantísimo caudal humano no se ha llevado por delante la ceguera de nuestros políticos! ¡Cuantísimos jóvenes, para quienes el estudio ha sido, es y será una auténtica "bicha", acaso por influencia del medio social en que viven, no son ahora ni-nis patéticos que acaso tendrán que ir pasando de subvención en subvención hasta la jubilación final con una paga de miseria. Casi casi es aquella chistosería del vivir de los padres hasta poder vivir de los hijos, que se proclamaba como el ideal de la pigricia patria...   

viernes, 2 de febrero de 2018

Viajar, ver, y meditar.

Distancia, estancia y prestancia...


Desde 600 kilómetros, en la fera ferotge del nacionalismo catalán, aún se ven más minúsculas las totalitarias esperanzas de quienes aspiran a mandar sin otro control que una posible constitución cortada a la medida de las aspiraciones uniformizadoras de quienes limitan sus expectativas políticas con el odio, el afán de imposición y la arrogancia de quienes se creen superiores y poco menos que un pueblo escogido. Madrid es una metrópolis que, comparada con la capital del Principado, impresiona lo suyo. Desde allí, todo lo nuestro de acá se ve como empequeñecido, como si de Villar del Río se tratara. Las soflamas sobre el gobierno de "los mejores", sobre la superioridad innata de "lo catalán" respecto de los pobres "aldeanos" del resto de la península resultan no sólo patéticas, sino propias de un sainete de los que escribía Silvia del Río, referencia ésta que pocos nacionalistas de esos setciències de aldea como el alcalde de San Vicenç dels Horts sabrán descifrar sin mucho apoyo documental de Google. Desde la cutre capital del Reino, con una estética municipal que tira de espaldas, unas calles llenas de socavones, casi como en los años sesenta, prueba magnífica de la tradición secular de la incuria municipal, aún destaca con mayor intensidad la amanerada gesticulación estética de quienes se consideran el ombligo del mundo desde su insignificancia política y su declive económico, alentado por sus políticas de segregación lingüística y política. Desde el Museo del Prado, desde el gigantismo del complejo Ferial Juan Carlos I, desde la cordialidad hospitalaria a la que se han rendido todos los aguerridos emisarios nacionalistas que han pisado sus calles, desde la Rahola hasta el Ridao; desde el Thyssen y el Princesa Sofía, desde Els Joglars, desde el turismo masivo que escoge una de las principales ofertas pluridisciplinares del país, y, sobre todo, desde las torrijas, invento soberbio con el que apenas pueden competir los panellets; desde toda esta distancia y estas realidades, ¡qué insignificantes se ven las arrogancias catalanas separatistas, qué pobre su promesa de futuro independiente, qué sosa su uniformidad al son del flabiol! ¡Deberíamos trasladar Cataluña 600 kilómetros para oxigenarla y devolverla, después, remozada y con nueva savia, a su lugar original!