viernes, 26 de mayo de 2017

“Las personas del verbo. Contra Jaime Gil de Biedma”, de Joan Ollé.



Entre la devoción, la mitomanía y el cabaret poético: Gil de Biedma se parte por tres -yo, tú, él-, en un desnudo integral coreografiado por Joan Ollé.


Después de pasar, sin éxito, por Amposta para despedirnos de Tortosa con un arroz como la zona manda, y encontrárnosla en animado y masificado siglo XIX, seguimos camino para evitar colas en la autopista y llegar a tiempo para el espectáculo de Joan Ollé sobre la vida y la obra de Jaime Gil de Biedma, una suerte de homenaje en el que se quiere pasar revista a la obra humana y literaria del poeta desde sus propios poemas, sus declaraciones y sus Diarios, el último de los cuales se ha publicado recientemente. El “montaje” o la “propuesta escénica” -conceptos que sustituyen el anticuado de “obra teatral”, un género al que, desde el propio mundo teatral, parecen empeñarse en sentenciar a muerte- es simple y no tan efectiva como hubiera sido mejor para el espectáculo, aunque tiene una estructura que será del agrado de cuanto profesorado de literatura vaya a verla, porque se ajusta, como un guante, a esos espectáculos de consumo estudiantil sobre lecturas obligatorias para el bachillerato que han llegado a crear incluso un circuito teatral propio. Este espectáculo, desde esa perspectiva, sería todo un lujo. Hay una suerte de estética cutre, de pobreza de golfería, que, casando bien con algunas facetas humanas del biografiado, no cubren la total complejidad de su persona. Los textos están bien seleccionados, pero la innovación: tres actores encarnando al mismo personaje, sin que ninguno de ellos se adjudique, en principio, a una etapa biográfica, a pesar de las dispares edades de los tres, funciona en ciertos momentos y en otros se revela un obstáculo para el objetivo perseguido: que el público empatice con el poeta y comparta con él su aventura biográfica. Ahí las diferencias de nivel entre unos y otros intérpretes crean cierta disonancia, cierta falta de homogeneidad que afecta a la creación del clímax que se pretende. La exigencia de la impostación elocutiva le quita intimidad a la representación, sobre todo en el impetuoso, aunque escrupuloso Iván Benet; y solo en la voz de Mario Gas se recupera, para desgracia el público mayor que sordea, el tono de confidencia íntima que debería de haber sido la norma en toda la representación. El uso de la filmación, la grabación de voz y el añadido de dos canciones, una de Paco Ibáñez, bien adaptada a su voz por Judit Farrés, aunque se echaba de menos la poderosa voz grave del vasco, sobre un texto de José Agustín Goytisolo, al que le dedicó un álbum realmente imprescindible, y otra de Joan Manuel Serrat, contribuyeron, en algunos momentos, a convertir la escena en una suerte de “cabaret poético” por el que, sin embargo, no se insistió lo que acaso se debería de haber insistido, porque manifestaron no poca gracia los intérpretes en esos momentos y mostraban un lado frívolo del poeta que también existió.  Cada cual, supongo, si lector del poeta, esperaría los poemas que lleva grabados en la memoria. Pensé, durante la representación, que el De vita beata sería el broche de oro de la representación pero  no fue así, y se escogió un apagamiento naturalista en un entorno hospitalario que, francamente, constituyó un anticlímax excesivo. Nada nuevo se aportó, sobre la vida o la obra del autor; ningún poema poco conocido se destacó como olvidada pieza significativa; y se magnificó, a mi entender, la posición política del poeta y su significación ante la represión franquista con un tono excesivamente triunfalista. En conjunto, y a pesar de un movimiento en escena que no siempre respondía a una concepción dramático clara, sino a la necesidad de “mover” a los intérpretes para huir del estatismo parlante, la obra consigue cierta agilidad cinematográfica que permite pasar de unos textos a otros, de unas etapas vitales a otras, con cierto ritmo, sin demorarse ni apresurarse en exceso. Leyendo la nómina del equipo técnico, me ha llamado la atención la presencia en él de un “asesor de dicción en lengua castellana”, tarea para la que, naturalmente…, se ha escogido a un licenciado en Filología Catalana , profesor en la URV. Choca, ¿o no? En fin, supongo que el asesoramiento de un castellanoparlante de soca-rel acaso se hubiera visto como una “intromisión” imperdonable… En todo caso, los tres intérpretes en ningún momento desmerecen fonéticamente del castellano un si es no es aguardentoso de Jaime Gil de Biedma, aunque la impetuosa claridad elocutiva de Ivan Benet marcaba una distancia excesiva con el recuerdo que guardamos del poeta, de su voz y de su recitación. Había algo en la representación de propuesta televisiva, porque en todo momento tuve la impresión de estar viendo una entrega de aquella magnífica L’illa del tresor que Ollé hacía mano a mano con Joan Barril en una televisión catalana que no se si hoy estaría dispuesta a permitírselo.

jueves, 25 de mayo de 2017

Parar en Tortosa: un descubrimiento.


Una ciudad bimilenaria, ceñida al Ebro, o el multiculturalismo de antaño renovado hogaño sin el viejo esplendor.

Si la calle principal está dedicada a Cervantes, y ni se les ha pasado por la imaginación cambiarle el nombre, ello quiere decir que estamos en “territorio amigo”. El Parador, donde nos alojamos, es una antigua fortaleza árabe construida ya sobre una fortificación romana, el castillo de la Suda, que significa pozo. Llegamos tarde y comemos en el Parador, aunque escueza el precio. Yo me echo entre pecho y espalda un potaje de garbanzos, espinacas y bacalao que quita el aliento, y de segundo una lubina al horno, con patatas a la “panadera” que quitado ya el aliento, te hace el vacío…

Un paseo de contacto y nos sale al paso el Museo de Tortosa, instalado en el edificio modernista del antiguo matadero, lo que parece, a primera e intensa vista, increíble, a juzgar por la belleza civil y monumental del edificio, obra de Pau Monguió, como nos explicó el guía de la catedral en la mañana del sábado, un arquitecto que también lo fue de la casa Greco, modernista, situada frente a la Catedral.
Entramos en la oficina de turismo que está abierta y un guía al que cuesta entender lo suyo el cerrado acento tortosí, en parte por alguna pereza enunciativa y acaso también por cierta timidez de carácter, nos marca el único recorrido turístico posible en la ciudad. Seguimos caminando y llegamos a un parque donde se exponen los gigantes y cabezudos de cuya historia no nos enteraremos sino al día siguiente cuando el magnífico guía de la catedral nos cuente la leyenda de la cucafera en que se inspiraron, aunque una de las cabezudas parece haber inspirado el disparate de la Grossa, la lotería independentista catalana.
Atravesamos el parque González y nos acercamos a la orilla del río, junto al que pasear ensancha el espíritu. El antiguo puente del ferrocarril, lleno de rojo colorido, se recorta sobre el río manso, y poco acaudalado, y es, ahora, el inicio de una vía verde para caminantes y ciclistas, por la que al día siguiente nos proponemos pasear un rato. Llama la atención el hecho de que, al margen de la cubanyera gigante instalada en la rotonda de entrada a la ciudad, supongo que por el ayuntamiento, gobernado por la extinta CiU, bajo tolerancia de DRC y con un 40% de abstención, en el largo paseo por la ciudad no he contabilizado sino dos cubanyeres en los balcones, y una de ella bastante “xacrosa”, la verdad. De igual manera, es muy notable la presencia de inmigrantes en la ciudad, tanto árabes como subsaharianos, aunque estos en menor medida. La vocación agrícola de la comarca así debe de justificarlo, me imagino.  Lo curioso es, como pasa en otras ciudades, que la inmigración ocupa el centro de la ciudad donde tantos edificios en mal estado sobreviven a la piqueta que, en zonas aledañas al castillo entró, sin embargo, a saco. Por la noche, en el Parador, después de cenar un poco de fruta y una cuajada, leo en La Vanguardia -que compro de tanto en tanto y exclusivamente por el crucigrama de Fortuny, y por leer la “prensa del régimen”-, que el alcalde de Tortosa, ¡vaya por Maquiavelo, qué coincidencia!, ha mediado entre Gobierno, estibadores, pedecat y el sursum corda para que se aprobara el decreto-ley sobre la reforma del sector de la estiba, por imperativo legal de la UE, aunque en las bambalinas se sospecha un acuerdo para no acusar a CDC en el llamado “cas Palau”, algo así como volver a la vieja política del “peix al cove”. Postre, algo insípido, del día, es el deseo de mi Conjunta de echarle un vistazo en la televisión, como remate de la visita a la Cataluña profunda, que se revela bastante más cosmopolita y pluricultural que el monolitismo supremacista de los defensores de la Catalunya is different, a la película 8 apellidos catalanes, y, aunque engolfado yo en las Elegías de Propercio, y ella en pacífico sueño al cabo de nada, no deja de llenarme de vergüenza ajena un bodrio que hace “aigües” por los cuatro costados y gracia por ninguno.  Habíamos dejado pendiente la visita de la catedral y, camino de ella, reparamos en los Reales Colegios, nos acercamos y volvemos a encontrarnos con el amable guía de la Oficina de Turismo, quien, gentilmente, nos cobra un euro por entrar a visitar el patio del Real Colegio dedicado por los reyes a la integración de moriscos y judíos, un edificio construido por el mismo arquitecto del palacio de Carlos V de la Alhambra de Granada, Pedro Machuca -nos dijo el guía de Turismo, aunque no he encontrado ninguna referencia a ello en internet- y que constituye, con la universidad de los dominicos construida a su lado, el mejor conjunto renacentista de arquitectura civil en Cataluña. El patio, con representación en bajorrelieve de los reyes de la Corona de Aragón y con unos graciosos perfiles moriscos bajo ellos, bien merecía una visita que, por la hora de la mañana, hicimos solos.
Al lado de los Reales Colegios, en una iglesia, ya secularizada, hallamos uno de esos tesoros que no sé si se valora como se debe, me refiero al archivo municipal, un hermosísimo mueble en madera labrada y policromada que parece diseñado para una película sobre el Renacimiento dirigida por Visconti. Quienes hemos sido funcionarios de la Administración, concretamente de Hacienda, estamos en disposición de apreciar como nadie el valor de una obra de arte "funcional" como la que tenemos el privilegio de contemplar. Retiramos con cuidado unas sillas dispuestas para un acto que se celebrará en breve y luego las retornamos a su sitio, de tal modo que la fotografía haga justicia a la belleza de un archivo como no creo haber visto otro igual en mi vida y que, por sí mismo, ya justificaría la visita al recinto.
El guía nos dijo que a las 11 se realizaba una visita guiada a la Catedral y el barrio antiguo que merecía mucho la pena. Y no se equivocó. La hicimos en compañía de un grupo de Castellón curiosamente dividido: las mujeres se apuntaron a la visita guiada, los hombres, salvo dos, prefirieron sentarse en una terraza… Y empezamos una visita llena de explicaciones que el guía iba desgranando con afición y sutil sentido del humor, quizás animado por el hecho de que, al menos uno, mi menda escribenda, tomara notas casi compulsivamente de sus explicaciones prolijas. Muchas, e interesantes, fueron las revelaciones hechas a lo largo de una visita que recomiendo fervientemente a quienes quieran descubrir parte de la historia bimilenaria de Tortosa, antigüedad de la que se ufanaba orgulloso el guía, como si hubiera contribuido poderosamente a ella. Lo importante es que Tortosa fue una ciudad de frontera, un puerto fluvial importantísimo que generó enormes riquezas y que tenía uno de los obispados más deseados de España, que se extendía hasta Valencia. Ramón Berenguer IV la reconquistó a los árabes mediante la estrategia del asedio, que duró seis meses, hasta la capitulación de los moradores. Tengamos en cuenta que la plaza fuerte de Tortosa se distingue por ser la edificación defensiva con más quilómetros de muralla de España, doce, de los cuales aún se pueden visitar no pocos tramos en la parte de atrás del castillo y un tramo que se adentraba hacia el Ebro en los Jardines del Príncipe, que visitamos al día siguiente, el domingo. Mucho tuvieron que ver los judíos, como mediadores para lograr la capitulación de los árabes, pues se inclinaron hacia los cristianos, de lo que sacaron como botín la asignación de un barrio de la ciudad del que hoy no queda más rastro que la estrechez de algunas calles.
Las piedras, traídas de Flix, para la construcción de la catedral incluían también la muy enorme de seis toneladas sobre la que se esculpió la muy hermosa “clau de volta” que cerraba el crucero del altar mayor, una obra tan espectacular como debió de ser la colocación de la misma, tras lo cual ya se consagró al culto esa parte de la catedral. Lo más singular, sin embargo, de la catedral de Tortosa, majestuosa por dentro, es que haya permanecido inacabada, porque, por razones defensivas, los cañones situados por encima en el castillo, cualquier edificación de las torres hubiera sido un obstáculo para la línea de tiro. Así pues, a medias por la falta de fondos, a medias por las exigencias defensivas, la planta de la catedral no está rematada en su fachada por las dos torres diseñadas, con la estatua del Ángel Custodio entre ellas, auténtico patrón de la ciudad, del mismo modo que la Virgen de la Cinta es la patrona. En el interior de la catedral, en el que hay otra capilla que parece otra catedral a escala, nuestras compañeras de visita descubren, en una de las pinturas murales, a un conocido: el párroco de su iglesia que sirvió de modelo, un tan don Salvador, que ejerció, antes de venir a Tortosa, en Alquerías del Niño perdido, un pueblo segregado del de Villarreal tras una larga lucha judicial por su independencia, iniciada en 1929 y acabada en 1985. Todas fotografían al mossén con indudable alegría. La imagen de la titular de la Seo se fabricó en Barcelona, en plata y se duda de si se la representa embarazada o no. Se trata de una capilla que vimos casi de milagro, porque se esperaba a la Consejera portavoz del Gobierno de la Generalidad y a punto estuvimos de tener que dejarlo para otra ocasión, por esa primacía de los cargos políticos a quienes se les abren todas las puertas después de desalojar al “pueblo” de adonde ellos vayan… De salida, volvimos a pasar por la escalera principal de la fachada y, alzando la cabeza, ¡en mala hora!, tropezó la vista indiscreta con los refajos y adiposidades interiores de la mendaz Consejera demagógica, para horror contemplativo donde los haya. A punto estuve de recordarle, con horrísona voz destemplada, y maquillada, una cita de Unamuno, ni venceréis ni convenceréis, pero opté por el piadoso silencio, del que me arrepentí en cuanto, hecha la fotografía de rigor, el grupo del Régimen se adentró en la Catedral. Al fin y al cabo, manifesté el respeto por sus ideas que ellos no tienen a quienes discrepan de su delirio totalitario, aunque mi consuelo sea que, de persistir en él, lo purgarán donde otros delitos, de diferente naturaleza, se purgan: en la cárcel. Un paseo después de comer, el “menjar blanc”, una variante del arroz con leche, nos dejó buen sabor de boca, nos lleva a descubrir una excelente librería, la Viladrich e incluso a poder comprar la prensa del día que acompaño, esta vez, de un semanario de la tierra L’Ebre, porque siempre me gusta leer la prensa local de allá donde voy. Se trata, por lo general, de un periodismo “apegado al terreno” que no desperdicia el espacio para embutir noticias breves que lo convierten en lo más parecido a aquellos antiguos “Diarios de avisos” de los tiempos heroicos de la aparición de los primeros periódicos. Es tal la mezcla de noticias, que resulta difícil distinguir entre lo fundamental y lo anecdótico. Entre las disputas en torno al monumento franquista del río, cuya demolición o traslado evitó el pueblo en un referéndum, y el posible ascenso a “Primera” del equipo local, lo que en páginas interiores uno identifica con la antigua Cuarta División , hoy Primera Regional. Del paseo por la ciudad rescatamos algunos edificios notables y uno, de inspiración egipcia, que nos llama poderosamente la atención.
Se trata de la antigua Clínica Sabaté, obra del maestro de obras Josep Maria Vaquer y construida desde 1914 hasta 1916, aunque algunos la atribuyen a Francesc Escudé, quien no llegó a acabar la carrera de arquitecto. La mañana del domingo la dedicamos a darnos un paseo por los Jardines del Príncipe, así llamados por los que inauguró, su rehabilitación, el entonces príncipe Felipe, acompañado, como reza la placa, por un Molt Honorable Jordi Pujol cuyo título habría de sufrir una rectificación urgente, o sea, un reset que actualice la dimensión histórica del expresidente. Volvemos a encontrarnos en la recepción con el guía “único” y ubicuo, al parecer, de Turismo, con quien cruzamos una sonrisa casi ya de camaradería, aunque nos cobra los tres eurazos de rigor para una visita que propiamente no los vale, pero, bueno, tampoco alegamos la condición de jubilados para reducir el precio a dos, que conste. Los jardines pertenecían al antiguo balneario de Porcar, que tuvo teatro y casino en el siglo XIX y fue lugar de descanso de las élites de toda España. El lugar alberga un museo de esculturas al aire libre del autor abulense Santiago de Santiago sobre las que cualquier juicio estético levantaría polémica. Como son muchas, digamos el piadoso “hay de todo” y, como está dedicada, la exposición, a la aventura del ser humano, destaquemos la primera escultura que he visto de un parto, con motivo de la protesta del autor contra la bomba de Hiroshima.
Acabada la visita, volvimos, no deprisa y corriendo, pero sí con cierta celeridad, porque teníamos entradas para ir a ver el espectáculo de Joan Ollé sobre Jaime Gil de Biedma en el Teatre Lliure de Gràcia. Pero de esto hablaré otro día. Fuimos a Tortosa sin saber nada y volvimos habiendo pasado dos días excelentes en los que si algo destaca, con mucho, de todo lo demás, ello sería la excelente explicación histórica del guía de la catedral. Reiteramos nuestra complacencia y agradecimiento. La ciudad, con todo, ceñida al Ebro y tan reducida, no es extraño que genere una cierta asfixia, si se atiende a la perspectiva de vivir en ella permanentemente, dada, además, la relativamente pobre vida cultural e incluso, y en mi caso particular es algo decisivo, la ausencia de salas de cine. Sí es ciudad, sin embargo, donde pasar una breve temporada con un fin determinado, pongamos una investigación histórica, sociológica o artística, porque el ritmo slow motion de la vida ciudadana lo permite, y, ¡por supuesto, y muy recomendado!, un fin de semana en el que “descubrirla”. Su punto de romanticismo lo puso el escaso caudal del río y la suave ondulación de las algas como si fueran los cabellos de Ofelia:






martes, 16 de mayo de 2017

Un debate de bate y tente tieso...


Un  retrato cruel de la vulgaridad política o la falsación del axioma clásico: "es lo que hay".

Ayer seguí, cuaderno en mano, el debate de los tres aspirantes a ser aupados por los militantes al cargo de Secretario o Secretaria General del PsoE. Se ha de agradecer que la moderadora quedara eclipsada, a lo que contribuyó, además de su buen hacer profesional, que, a pesar de las pullas, los tres debatientes rehuyeran, salvo escasísimas excepciones, el cuerpo a cuerpo, conscientes de que la imagen de contienda callejera que podrían dar redundaría en el desprestigio del partido al que los tres quieren representar como máxima autoridad electa. Un debate es, en principio, una confrontación de ideas, de proyectos, de una visión de la realidad y de sus problemas y de las soluciones que se ofrecen para resolverlos. Nadie puede ignorar que un debate tiene varios contextos y que deriva en una u otra dirección en función de cuál de ellos privilegien los oradores. Sumemos a ello el carácter inequívoco de acto electoralista, que era la razón de ser de la celebración del mismo, y tendremos una visión de la complejidad  del acontecimiento que, sin embargo, ha defraudado las expectativas legítimas de quienes buscábamos en él una explicación razonada de por qué cada uno de los tres "merece" el voto de los militantes socialistas. No me perderé en la digresión de si han de ser solo los militantes quienes elijan al Secretario General, sin la posibilidad de que los "votantes" puedan, con ciertas condiciones, participar también, porque ese debate de si el Partido es de los militantes o de estos y los votantes ni siquiera se planteó ayer en el debate. Tampoco quiero hacer un resumen de las posiciones de los tres candidatos, que hoy están en la prensa o en la grabación del debate que seguro que se encuentra en internet. Lo que pretendo, como viejo seguidor de debates políticos de todo tipo -maratonianas sesiones parlamentarias incluidas-  desde que se instauró la democracia en España, es acercarme a una visión sin prejuicios de las tres intervenciones. Empezaré por decir que me sorprendió la tranquilidad elocutiva de Susana Díaz, cuya versión mitinera siempre me ha parecido degradante y muy lejos de la altura política que se ha de exigir a quien pretende convertirse nada menos que en la primera presidenta de Gobierno de España. Como suele decirse, ganó en la distancia corta, e incluso exhibió un capacidad de crítica despiadada que "tocó" al candidato Sánchez, quien adoptó una estrategia "a la defensiva" y victimista -esto último quizás se le ha contagiado de sus buenas relaciones con las fuerzas nacionalistas- más centrada en la reivindicación de su figura como Secretario General que en la comunicación de las razones por las que se le debería volver a elegir. Díaz llevó el enfrentamiento a un terreno personal que no estaba contraindicado en el debate, porque, como pudo advertirse, ideológicamente -si es que el concepto de idea cabe ser usado para caracterizar sus propuestas sin que se resiente la propiedad lingüistica  en este caso- estaban muy cerca los tres, tanto que son imperceptibles las diferencias de matiz que pudiera haber entre ellos; se trataba, en consecuencia, de marcar las diferencias "personales" a la hora de gestionar el partido. La única diferencia "real", evaluable objetivamente, que apareció en el debate fue la promesa solemne de Díaz de dimitir, si no superaba los resultados electorales de Sánchez, y marcharse a su casa. Ninguno de los otros dos la secundó, curiosamente. También hubo otra diferencia, esta de tipo organizativo, entre los tres candidatos, porque entre el concepto asambleario del PsoE que defendió Sánchez y el concepto tradicional representativo de Díaz, y también de López, hay algo más que un abismo, hay lo que señalaron Díaz y López: convertir el PsoE en un Podemos bis, algo, a todas luces, incongruente, y por ahí flaqueo mucho Sánchez. La otra gran pulla del debate, sobre la que se habla poco, nada en la SER, por ejemplo, y nada en la crónica del debate de Anabel Díaz, en El País, fue la arbitrariedad de Sánchez en la elaboración de las listas y en el abuso de autoridad que supuso la disolución de la ejecutiva de Tomás Gómez. Susana Díaz, con gran habilidad dialéctica, cifró en un nombre: Irene Lozano, antigua diputada de UPyD, quien se significó por haber despreciado pública y notoriamente al PsoE, y a quien Sánchez, obviando la labor de tantas y tantas mujeres socialistas con acreditada solvencia política, escogió para los primeros puestos de la lista de Madrid. El debate era un debate intrapartidario, y quienes viven la vida interna de los partidos saben, perfectamente,  el valor que tiene la denuncia que hizo Díaz de ese comportamiento frívolo de Sánchez en la elaboración de las listas, premiando la política de escaparate por encima de la lógica interna del partido.Por esa vía comenzó el declive político, por cierto de Felipe González, cuando "fichó" a un juez estrella, Garzón, cuyas ambiciones iban bastante más allá de para lo que González lo había fichado. Si añadimos el recuerdo grotesco de la urna tras la cortina para la votación del Comité Federal que acabó votando contra las tesis del Secretario General, lo que provocó su dimisión, el retrato que trazó Díaz de Sánchez por fuerza habrá hecho reflexionar a muchos de los votantes que no han avalado a nadie, que ascienden, al parecer, a 70.000. Sería gracioso que esa masa "indecisa" se decantara por el fiel de la balanza que acabó representando Patxi López, fiel al modelo de Javier Fernández, cuya franqueza y claridad de exposición imitó con notable provecho. López quiso representar al socialista "de toda la vida" -y en eso luchaba contra Díaz, y con alguna ventaja, porque Díaz recurrió al hilo histórico de los barones, mientras que López a los militantes de base de las casas del pueblo- con un espíritu confraternizador que, me imagino, habrá llegado nítidamente a sus destinatarios, porque también nos llegó a los espectadores sin derecho a voto, pero no imparciales. Me llamó la atención que de los tres candidatos el único que sacó información gráfica para corroborar sus posiciones fue Sánchez, mientras que los otros dos confiaron plenamente en el poder de sus razones dichas, sin apoyo visual de ningún tipo. Como las propuestas sociales eran todas de una vaguedad tan descorazonadora como descalificadora, enseguida se advirtió que todo el juego dialéctico se reduciría a una cuestión meritocrática. Y ahí es donde el debate se hundió estrepitosamente, porque la falta de pudor a la hora de destacar los méritos propios y de ningunear los ajenos provoca siempre en cualquier espectador la sensación de las luchas de corral, de vuelo tan corto. Sánchez cometió el error de "anexionarse" a López y dar por hecha una unión "natural" que enfrentaría al PsoE de izquierdas, ellos, con el PsoE de la derecha, ella. Fue un error de mucho bulto y es elocuente para afinar el juicio político que merece un candidato bien intencionado que se ha ido escorando hacia una posición esencialista que, como bien definió mi querido Juan Poz, "pretende convencer a sus votantes de que son la vida que no llevan". Si a eso le añadimos el sesgo victimista de quien no supo "leer" los resultados electorales de dos elecciones consecutivas y estaba dispuesto a que se celebraran las terceras, con la consiguiente pasokización del PsoE, lo que el comité Federal, con oportuno sentido de la realidad, impidió, la imagen resultante de Sánchez en el debate se completa, y no a su favor.  No sé si el alarmismo de López sobre la posible fractura del PsoE tiene suficiente base real para que los votantes del PsoE lo tengan en cuenta antes de emitir su voto, pero quedó claro, esa fue una de las grandes virtudes del debate, que este no giraba en torno a las dos opciones maniqueas de Sánchez: El PsoE de la abstención a Rajoy o el PsoE del "no es no" al mismo Rajoy -maniqueísmo que desmontó Díaz con su apelación a las contundentes derrotas contra el peor PP, lastrado por la corrupción-, sino a la supervivencia del antiguo PSOE, hoy en declive y en viaje a ninguna parte, si no son capaces de encontrar su lugar en estos tiempos políticos de la volatilidad, el capricho, la indignación y la incongruencia. Me extrañó que no hubiera ninguna referencia ni análisis a y de las recientes elecciones francesas, de las que tanto podemos aprender, y sobre las que las posiciones de los candidatos tanto nos hubieran ilustrado sobre su propio pensamiento. De hecho, la "fraternidad" que repitió Díaz hasta cuatro veces, fue lo único "francés" que apareció en el debate. La guinda del debate la puso López, quien, con esa campechanía de imitación "asturiana", detuvo el flujo del mismo con una pregunta incisiva sobre si Sánchez sabía lo que era una nación, y allí fue el buenote de Pedro a caerse con todo el equipo de su superficialidad, de su trivialidad y de su inconsistencia política. La trampa era evidente, y no supo esquivarla. Hoy es trending topic -se dice así, ¿no?- en Twitter y otras plataformas. Quiso desquitarse cuando reprochó a López que no hubiera dimitido como él, cuando la Gestora cambió el no por la abstencion, pero ni en esa oportunidad le salieron bien las cosas, porque López, perro viejo y bregado, le dio una lección de lo que es el comportamiento democrático que permite la existencia misma de los partidos, poniendo de relieve las veleidades egoístas de a quien se acusa de estar casado políticamente con el yo, mi, me, conmigo. Recordemos que la pulla contra la Susana Díaz preferida por la derecha, también se volvió en su contra, cuando esta le recordó que acaso el PP se sienta mucho más cómodo con quien pierde ante ellos elección tras elección. En fin, como se advierte, emplearon todos el bate en el guiñol del debate y, al final, quienes hemos salido perdiendo somos los votantes no militantes, a quienes muchas razones en el futuro se nos habrán de dar para poder volver a confiar en que el PSOE sea una alternativa real al gobierno del PP. De momento, y a pesar de que ninguno de los candidatos estuvo a la altura de lo que debe esperarse de un futuro,o futura, Secretario General del PsoE, me inclino a sugerir que el voto oculto de esos 70.000 militantes expectantes debería ir a Patxi López para que, como quería Platón en El político, tejiera una red de alianzas que permitiera recomponer el partido y, guiados por el principio de realidad, no pierdan de vista los problemas, algunos dramáticos, de sus conciudadanos. Ya veremos.

sábado, 13 de mayo de 2017

Sólfilos o Sólfobos...



El calor o la destrucción: Tiempo de encendido sufrimiento.


                   Las divisiones binarias atraviesan el espectro social como paralelos y meridianos que nos permiten ubicarnos en el mundo. Parece que poco seamos  si no dividimos por dos y nos alistamos en uno de los campos. A veces la propia sociedad lo propicia y no nos queda más remedio que encuadrarnos, aun a riesgo de perder mucho en la cuadratura: de Letras o de Ciencias; de mar o de montaña; del Madrid o del Barça; de derechas o de izquierdas (si a estas alturas de siglo acaso esta división, como muchas otras de las consignadas, sigue teniendo sentido); de ciudad o de campo; de armas o de Letras; de iglesia o del siglo; de bar o de casa; de música clásica o moderna; de novela o de poesía; de verano o de invierno (porque las transiciones de primavera y de otoño le sientan mal a todo el mundo, la primavera a los hipotensos y ambas a los alérgicos), y, la que tiene más sentido de todas: de calor o de frío, o, más al aire de los tiempos; sólfilos sólfobosYo odio el calor, vaya por delante. El frío, sin embargo, me parece la encarnación de la vida plena. No es de extrañar que agostar lo hayamos escogido para la ruina del cuerpo y que los meses del frío contemplen nuestra mayor cota de actividad febril y apasionada (¡febrerillo loco!). El frío nos estimula, nos impulsa, nos arrastra al hacer, al ir, al venir, al atrevimiento, en suma; el calor nos machaca, inmisericorde, como el hombre del mazo pericodelgado y nos deja lastrados de galvana y flaqueza, casi sin respiración e inundados de transpiración, aptos apenas para la raspa tendida o la inmersión en la bañera on the rocks.  Es conversación lacónica y jadeante del hora a hora del moroso pasar agobiante del calor: "In-so-por-ta-ble", nos cruzamos unos con otros, hartos de llevarlo encima; "in-su-fri-ble", constatamos con un hilo de voz sudada; "esto-no-hay-quien-lo-aguante", convenimos de consuno, sabedores de que no es un decir, sino un tenue grito de socorro hacia los fríos septentrionales, que se hacen de rogar.  Hay sólfilos, sin embargo, que se ríen inmisericordes de los sólfobos. Son secta. Se les identifica por la piel de color cuero viejo y arrugada. Aguantan la inclemencia del sol más que los lagartos en invierno y la reciben con el ignorante agradecimiento de quienes desprecian el cáncer futuro por el bronce del presente. Son seres que ríen, aunque se les llenen de sudor las encías, y se burlan de quienes huimos hacia las sombras, las sombrillas y los sombrajos. Son extraños vampiros de los rayos mordientes que parecen quejarse de que algunos sólfobos les robemos, aun sin querer, parte de ellos, simplemente por atrevernos a cruzar la calle, atravesar una plaza dura o, mal de males, esperar un autobús a techo descubierto... Sí, esta división entre sólfilos sólfobos la tengo por la única ajustada al plano de lo real: dos territorios, dos ideologías, dos actitudes vitales, dos lenguas distintas, dos orientaciones: fotofilia y fotofobia, cada una de ellas con sus artes y sus letras, con sus músicas y sus recogimientos, con sus enemistados caracteres y sus opuestas aspiraciones. Anticiclónicos y meridionales, los sólfilos; borrascosos y septentrionales, los sólfobos¡Y, desgraciadamente, no hay justo medio! ¡No tiene la Ilustración poder sobre el clima! ¡Ni la religión! 

miércoles, 10 de mayo de 2017

Aló 3


La voz de sus amos.

         Lo de las televisiones regionales ha sido uno de los grandes escándalos de la política de despilfarro y de nacionalismo de aldea que en algunas regiones aún se mantiene, a costa de políticas de empleo y de bienestar social. A eso se suma, en nuestros días, que desde que el PP ha laminado el loable esfuerzo de conseguir una RTVE pública independiente que levó a cabo el PSOE, y ha vuelto al viejo modelo de partido, que ya les llevó a la derrota, RTVE se ha convertido en una especie de macrotelevisión regional de partido de la que los oyentes y espectadores huyen a cada nueva entrega del Estudio general de medios, porque, aunque los toparcas taiferos crean lo contrario,  no somos tontos y sabemos cuándo hemos de emigrar de esos medios en busca de espacios de mayor libertad, sea en cadenas privadas, sea en medios digitales, sea renunciando a dejarse mediatizar por las informaciones sesgadas e interesadas. Al fin y al cabo, está perfectamente comprobado que el exceso de información no ha generado ciudadanos ni más libres ni mejor informados ni más independientes, sino todo lo contrario. Las televisiones regionales, como es el caso de Aló3 (antigua TV3), la televisión de partido del nacionalismo secesionista y gerracivilista catalán, son un escándalo de intervencionismo y sectarismo al que debería ponerse fin mediante una ley que prohibiera a las instituciones públicas tener medios de alienación  de masas. Para esta propuesta me baso en el modelo inglés de la BBC: quien quiere verla, ha de pagarla, subscribiéndose, lo cual permite una financiación adecuada, además de tener garantizada por ley la independencia total del poder político de turno o de tuno, porque muchos tunantes, como en Tele Madrid o en Aló3, son los que han querido tener un altavoz propagandístico gratuito, sufragado con el dinero de todos. Esta modesta propuesta aclararía no poco el espacio herziano y, sobre todo, le permitiría al contribuyente tener la certeza de que sus impuestos no estaban siendo usados para que ciertos partidos de espíritu totalitario quieran agredirlos, como pasa con Aló3, dedicada en cuerpo y alma a la causa secesionista y a la propagación de la Cataluña independentista contra otras visiones de Catalunya, como la que la considera como parte de España, menospreciándolas, estigmatizándolas y creando un ambiente enrarecido en el que esas otras legítimas opciones políticas se presentan, paranoicamente, como "el enemigo interior", con el consiguiente deterioro de la vida social. Hemos pasado del antiguo "oasis" al "cenagal". Desactivar la subvención política a las televisiones locales (y a los diarios y a las radios y a los grupos de presión ideológicamente afines, etc.) y dejar que la sociedad libremente ofrezca sus iniciativas a los ciudadanos, para que estos escojan -y contribuyan económicamente a su mantenimiento- me parece una necesidad imperiosa. Quien quiera imperios "a lo Berlusconi", que invierta su dinero, no el de los contribuyentes. Aló3 la definió Calviño en su momento, cuando era poco más que una entelequia, como una "televisión antropológica". ¡Menudo chaparrón de descalificaciones sufrió el inefable Calviño! Hoy, sin embargo, es comparable a cualquier televisión de un país dictatorial, pongamos por caso Venezuela o, exagerando, cierta e irónicamente, Corea del Norte. En cualquier caso, el discurso chovinista de la superioridad de todo "lo catalán" y el racista del menosprecio hacia quienes "ellos" deciden que no son catalanes son los ejes de su política comunicativa, como lo puede comprobar cualquiera que la sintonice y tenga la santa paciencia de escuchar el etnicismo soberbio que destila.

viernes, 5 de mayo de 2017

Juan Marsé (e Ignacio Echevarría) on tour: presentación del libro de Juan Marsé “Colección Particular”.



La excepcional oportunidad de celebrar el fino y socarrón humor menestral de Juan Marsé en su propia voz: Colección Particular , la cuentística reunida del autor que debería editarse, en próximas ediciones, con un CD con la grabación del acto de ayer en la biblioteca Jaume Fuster.





Mi Conjunta me dijo que iría a una “conferencia” de Marsé, y me presté enseguida a acompañarla. La biblioteca Jaume Fuster, además, donde se celebraba el acto -un joven hubiera dicho evento…- se ha fusionado con el entorno confuso de la Plaza de Lesseps y se ha convertido en un centro ciudadano de primera magnitud, con una vida exuberante y una cálida sensación de cultura en movimiento, inquietud lectora y sosiego anímico que constituyen una invitación permanente a frecuentarla. Fuimos con mucha antelación, tanta que hasta tuve tiempo de hacerme el carnet de la red de bibliotecas, no tanto por el fondo bibliográfico cuanto por el filmográfico, porque pueden conseguirse películas descatalogadas. Leímos durante un rato, tomamos un café -preceptivamente descafeinado- y a la que nos volvimos hacia la entrada al acto, ya se había formado una cola que, después de añadirnos nosotros a ella, fue creciendo vigorosamente, anuncio de la expectativa que, ¡afortunadamente!, aún es capaz, en estos tiempos desleídos, de levantar Juan Marsé en su propia ciudad. Comenzó el acto, con los habituales problemas de ajustes de sonido y audición, y enseguida Ignacio Echevarría -el gran divo de la crítica, represaliado por el País por su impagable recensión de la novela de Atxaga, El hijo del acordeonista- nos puso al corriente del tipo de acto en el que estábamos: la presentación del libro que Echevarría ha prologado y del que es antólogo, adelantándose a la presentación formal del funcionario de la biblioteca quien precisó que la cola de dedicatorias se hiciera a la izquierda de la sala para favorecer la salida de quienes no buscaran la firma. Echevarría relató su experiencia como “lector de Marsé con una antigüedad de 40 años  y “comprador” de sus libros, concepto en el que hizo varias veces énfasis a lo largo de la presentación, algo impensable en un acto de esta naturaleza veinte años atrás. Detallo el contenido de la obra publicada, sin que en ningún momento se hiciera mención de la coincidencia del título con el de la edición de la poesía completa de Gil de Biedma, lo que no dejó de extrañarme. Se trata de un libro que recoge la cuentística de Marsé, que incluye un inédito, Conócete a ti mismo, Fritz, escrito a petición de Trueba como guion y que ahora se recoge en esta antología como cuento; guion, ha confesado Marsé, que Trueba no llegó a leer porque tras decirle Marsé que no le había gustado nada su película sobre El embrujo de Shanghai, el director dio por rota la amistad con el novelista, tan maltratado siempre cinematográficamente, a pesar de su reconocida cinefilia. La presentación comenzó con la evocación de la anécdota “de mili” que dio pie a la transformación en cuento escrito, Teniente Bravo, que Marsé, antes de escribirlo, contaba casi “a petición”. Cuando lo leí recuerdo que se me saltaron las lágrimas de la risa, ayer, en la presentación , Marsé, con su gracejo socarrón consiguió que volviéramos a reír de la misma manera, por el modo como nos recreó, de nuevo, ¡y como si fuera la primera vez que la contaba!, la anécdota del capitán y el potro, ya inmortal. Echevarría le fue dando pie para que Marsé  marcara, con una gracia fresca y deliciosa, las distancias con el “novelista obrero” que los señoritos catalanes de la revolución creían haber encontrado en él: “les decepcioné mucho, en efecto”. Como añadió: “He sido siempre un apasionado de la ficción”, por más que esta se desarrolle, en sus novelas, en tiempo y circunstancias muy concretos. A medida que avanzaba la presentación, Marsé fue sintiéndose cómodo -hay que agradecerle a Echevarría la parte alícuota que le corresponde- e hizo revelaciones sobre Si te dicen que caí, un “magma de historias”, dijo,  que solo comenzaron a ordenarse para él como un libro orgánico a partir de la inserción de las aventis, aunque la primer versión tenía una estructura tan compleja que , sin hacerla ilegible, complicaba mucho la correcta recepción de la novela, y de ahí la revisión que hizo de ella años más tarde (Mi buen amigo Dimas Mas se tomó la molestia de cotejar ambas versiones en un extenso artículo para el suplemento literario de El Diari de Barcelona, La Il·lustració). Marsé se complace en presentarse como un autor “artesano”, un “orfebre” -él que lo fue, literalmente, al comienzo de su vida laboral- del idioma, con el que lucha a brazo partido para tratar de sacar partido de sus limitaciones. Echevarría, descreído, casi le reprochaba que eso fuera una pose, porque, a su parecer, el de Echevarría, detrás de la obra de Marsé hay un edificio conceptual brillante y exquisito. Marsé, con una cazurrería muy de Josep Pla -a quien me recordó en no pocas ocasiones- se lo rebatía al interlocutor y antólogo. Echevarría le pregunto si no le había tentado nunca escribir en catalán, y Marsé reveló que tenía el título, Sentiments i cèntims, pero que la novela no había manera de que le saliera… Y entonces fue cuando, en uno de esos momentos mágicos que a veces se producen en estos actos, Marsé echó mano de otra anécdota que incluso Echevarría parecía desconocer, a juzgar por cómo la celebró, de cuando lo entrevistaron para Televisa, en México. Una entrevista que discurría dentro de lo habitual  hasta que apareció la pregunta tópica entre las tópicas: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” Después de unos segundos tratando de no defraudar a la joven presentadora, porque una reflexión de ese tipo “no me interesaba lo más mínimo”, dije que el fondo, “porque qué es una novela sin una buena historia, etc.” Cuando Marsé se iba “por uno de esos pasillos interminables de Televisa”, le alcanzó el técnico de sonido y le dijo que  habían tenido un problema al registrar la entrevista y que el audio había fallado por completo, que tenían que volver a repetir la entrevista. Pues nada, “si se ha de repetir, se repite” y volvió Marsé a contestar a las mismas preguntas hasta que llegó la fatídica del fondo y la forma: “¿Y Vd. de qué es más partidario, del fondo o de la forma?” “De la forma, contesté inmediatamente, ante el pasmo de la entrevistadora.  ¿De qué sirve una buena historia si…?” Y ahí ya nuestras risas, la de los asistentes, volvieron inaudible una continuación que Marsé, por su parte, ya había detenido, porque la anécdota se había acabado, no nuestro regocijo.  Como el antólogo iba repasando los cuentos que integraban el volumen, más los textos que escribió en el El País y que dan título al volumen, desembocamos, a propósito de El fantasma del cine Roxy, en su maldita relación con el cine. De ahí salió una afirmación curiosa: “El guion que escribió Erice sobre El embrujo de Shanghai es mejor que mi novela” -Erice fue la primera opción para dirigir la adaptación de la novela, lo que no acabó siendo, para desazón de Marsé, y ya dijimos antes cómo acabó su relación con Trueba… Habló, sin embargo, del único guion que escribió, por encargo, para el cine, para el director Germán Lorente, quien solo les indicó que había de aparecer un piano, un pianista negro y la siguiente frase: Chico Lionel hizo más intensa la nostalgia de Scott Fitzgerald, y aquello sí que fue un devanarse los sesos sobre dónde, cómo y cuándo él y un colega con quien escribía el guion -"trabajos alimenticios, bien pagados", dijo-, podían meter la frasecita de marras…, casi como si fuera el famoso “austrohúngaro” que aparece impepinablemente en todas las películas de Luis Berlanga…Cerró la anécdota con el recuerdo de que Lorente abandonaría pronto el cine español, ¡afortunadamente”, para irse a Italia a dirigir pornos…Reveló, así mismo, que existe un corto alemán erótico, o pornográfico, no recordaba, sobre su relato erótico La liga roja en el muslo moreno, pero que él no lo había visto (yo lo he buscado en internet, pero me ha sido imposible dar con él, y supongo que la traducción del traductor de Google Rote Strumpfband auf den Oberschenkel moreno tampoco me ha ayudado mucho…). Por razones de horario y cuando se nos pasó al público la oportunidad de hacer preguntas, el turno quedó reducido a una pregunta intrascendente que cerró anodinamente un acto tan magnífico y divertido. Reconozco que me quedé con las ganas de coger el micrófono y decirle: Señor Marsé, muchísimas gracias por haber escrito Teniente Bravo, mis costillas flotantes no piensan lo mismo.

martes, 2 de mayo de 2017

La cubanyera de mi vecino


Del tiempo y sus símbolos...

Va para dos años que uno de mis vecinos del edificio de enfrente, sobre la calle S., colgó con un entusiasmo sin límites una bandera estelada que lucía con la arrogancia propia del dueño. Sus vivos colores alegraban un balcón hasta entonces tirando a siniestro y casposo, sin plantas ni casi vida doméstica que sugiriera que en esa casa la higiene es un valor reputado. Cada mañana, al airear mi dormitorio mis ojos chocaban con la bandera del secesionismo catalán que ha arrasado con la bandera institucional propia de las franjas rojigualdas sin adherencias cubanas, que ese es el origen de la estrella, azul para los carcas conservadores, roja para los carcas pseudoprogresistas: la lucha de Cuba contra el imperialismo español, con resultados tan deprimentes, a largo plazo, que mejor nos ahorramos la crónica de la derrota eterna. El caso es que durante todo este tiempo, además de estudiar con calma los signos distintivos que nos separan a mi vecino y a mí, morfológicos, claro está, porque no he cruzado con él ni una palabra, para entender la predicada supremacía nacional catalana frente a mi evidente charneguismo, de lo que he levantado acta minuciosa es del deterioro constante e irreparable del símbolo atado a los barrotes de hierro oxidado del balcón. Como si fuera una alegoría, el paño de origen chino (los bazares orientales han hecho su agosto vendiendo a los nativos cualquier cacharro con la cubanyera -pongámosle ya su verdadero nombre-, desde fundas para móviles hasta zapatillas de dormir, balones -sin reglamento-, tazas para el zumo de tomate -sin pan-, boinas, camisetas -sin algodón-, bragas, bufandas, mecheros..., cualquier baratija como las que Colón usó para engatusar a aquellos sufridos indianos que no intuyeron la que se les venía encima...) ha ido destiñéndose progresivamente hacia un triste sepia fotográfico, o mejor, hacia una pátina sucísima, que lo ha envejecido como si todos los ideales que representa hubieran caído al fondo del olvido y la bandera fuera, realmente, una bandera de las guerras -perdidas- de nuestros antepasados... La cuerda tensa que la mantenía tersa también se ha aflojado y ahora, como un viejo cargado de años, la cubanyera se ha llenado de arrugas que incluso ocultan la estrella que hace casi dos años orientaba la entusiasta navegación hacia el nuevo estado independiente de la Comunidad Europea y alineable con Andorra, Kosovo y Kirguizistán, entre otras grandes naciones y principados. Hoy  he sentido como una herida incicatrizable el paso del tiempo. Hoy he asistido a la muerte por decrepitud de un estado antes de que nazca. En el fondo, la vida es puro romanticismo: todos acabamos siendo ruinas...